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domingo. 26.06.2022

¿Qué pasó el 26J?

Por Mario Regidor | Este pasado domingo se han celebrado elecciones generales en nuestro país y creo que, a pesar de la poca distancia temporal con respecto a los resultados, no cabe duda de que ya podemos ir haciendo algunos análisis sobre la situación en que se han quedado los 4 principales partidos en votos y escaños.

El resultado global arroja un resultado excelente para el Partido Popular (PP), máxime teniendo en cuenta que, aunque todas las encuestas les daban como vencedores, no cabe duda que no se esperaban una victoria en donde su distancia con el PSOE fuera de más de 50 escaños.

No obstante, conviene tener en cuenta que el PP debería iniciar ya una labor importante de regeneración y oxigenación de sus cuadros y de sus prácticas internas cara a próximos comicios y una reformulación total de sus políticas de gobierno, en especial en el terreno económico, laboral, educativo y social si pretenden gobernar y conseguir el apoyo de otras fuerzas políticas, ya no para un acuerdo de investidura sino para un programa de gobierno que abarque la práctica totalidad de la legislatura.

Es notorio, a la par que triste, destacar que los numerosos casos de corrupción, así como, el apelativo judicial referido al PP como “organización mafiosa creada para delinquir” no haya hecho mella en el ánimo del votante lo cual puede significar dos cosas, a expensas de análisis demoscópicos y sociológicos más importantes: lo primero es que el votante del PP es el más fiel a pesar de todo y lo segundo es que la campaña del miedo y en busca de la estabilidad a la hora de gobernar les vino muy bien como estrategia, incentivado por el resultado del referéndum británico que movilizó a su electorado.

En lo que se refiere al PSOE, como dije al principio del artículo, la bajada en 5 escaños marca una diferencia con respecto al PP que supera la cincuentena y, además, establece un nuevo suelo en el número de escaños obtenidos. No cabe duda de que, según las encuestas, se esperaba un varapalo mayor, incluso la pérdida del segundo puesto a favor de Unidos Podemos en votos e, incluso, en escaños.

No obstante, esta sensación de alivio no debe convertirse en el asidero necesario para pensar que no hay que hacer una profunda reflexión acerca de los resultados, el por qué cada vez el PSOE se aleja más de la posibilidad de ser primera fuerza política en España y si las luchas intestinas a nivel orgánico no han mermado el potencial del PSOE para continuar siendo el referente de la izquierda en nuestro país. Pero, sobre todo, dicha reflexión debe ser mesurada, meditada y sin plazo de tiempo concreto fijado para decidir hacia donde debe caminar el partido. Hay que tener en cuenta que el 9 de julio hay un comité federal donde se fijará, con casi total seguridad, la fecha del congreso federal y, en cascada, los congresos regionales. Dichos procesos tendrán que finalizar antes de que acabe el año y la premura de tiempo determinada por las negociaciones derivadas de la formación del gobierno no deben hurtar la posibilidad de un debate sosegado por parte de los militantes para alumbrar un rearme ideológico, no tanto un cambio de personas, necesario para acometer los desafíos que se ciernen sobre España.

En el caso de Unidos Podemos, sobre sus líderes políticos, la mayoría politólogos y sociólogos dicho sea de paso, ha operado el juego de las expectativas confirmadas por unas encuestas y estudios demoscópicos que fallaron de forma clamorosa. Es curioso que, las personas que podían saber más acerca de este funcionamiento electoral, así como de las estrategias que ponía en marcha el PP para alejarles de la posibilidad de ser segunda fuerza política, destronando al PSOE, hayan caído como pardillos en uno de los trucos que se aprende en primero de carrera: si las expectativas son muy buenas para tu formación, trata de desmentirlas porque, de lo contrario, corres el riesgo de que tu formación salga muy perjudicada por una abstención que, en época de mudanza, siempre afecta más a la izquierda que a la derecha. Pero Pablo Iglesias hizo todo lo contrario y se colocó en disposición, incluso, de ser primera fuerza política desbancando al PP. El orgullo manifiesto de su líder no ha ayudado para nada a los intereses de su formación.

Además, la campaña política que, para Unidos Podemos, ha durado 6 meses, no 15 días, no les ha ayudado en absoluto para su objetivo que, por mucho que predicaran lo contrario, no era otro que deshacer al PSOE como referente máximo de la izquierda. Por otro lado, sus vaivenes ideológicos, pasando del comunismo, simbolizado por el pacto con Izquierda Unida (IU) para llegar a loar a Zapatero y convertirse en abanderados de la socialdemocracia ha motivado que muchos electores que habían abandonado el PSOE por Podemos en diciembre, volvieran al original en vez de continuar en la copia o prefirieran quedarse en casa.

Es curioso pero, la cabeza mejor amueblada que tiene Podemos, resulta que tenía razón. Iñigo Errejón ya advirtió que el pacto con IU no iba a sumar, sino a restar y que era necesario fortalecer a Podemos desde la transversalidad. Por ello, había que ver con buenos ojos un gobierno presidido por Pedro Sánchez, con Podemos y Ciudadanos dentro compartiendo responsabilidades, como tantas veces hemos defendido desde Voces Transversales, pero entre Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero la mataron y ella sólo se murió.

Por último, con Ciudadanos, Albert Rivera corre un serio riesgo de quedar reducido a la inanidad más absoluta como le sucedió en su momento al Centro Democrático y Social (CDS) de Adolfo Suárez, una persona muy querida pero a la que la ciudadanía no votaba con idéntico sentimiento, muy similar aunque con muchos matices a Albert Rivera y que, en su momento, en la lucha por conseguir el centro político, se comieron entre Felipe González y Aznar.

Ciudadanos no ha descendido mucho en términos porcentuales pero sí que es cierto que la polarización entre izquierda y derecha le ha perjudicado no sabiendo nadar entre aguas tan procelosas. Se puede achacar esto a su ingenuidad política pero no cabe duda, de que el sistema electoral también ha jugado un papel capital en el perjuicio reflejado en su atribución de escaños.

Pero, dejando de lado esto, Ciudadanos debería darse cuenta de que se encuentra en una encrucijada complicada de resolver. Ya Albert Rivera dijo, en reiteradas ocasiones durante la campaña que, no iba a hacer a Mariano Rajoy presidente pero, si hay algo claro, es que con los resultados en la mano, el presidente ha visto reforzada su posición cara al electorado y cara a la búsqueda de pactos de gobierno. Rivera tendrá que maniobrar con cuidado si no quiere que toda su estrategia se caiga como un castillo de naipes y sufra una desbandada de votantes en los próximos comicios que conduzca a su partido a la irrelevancia política.

¿Hacia donde vamos? Sinceramente, no lo sabemos con certeza. De una cosa, estamos seguros. Unas terceras elecciones no convienen a nadie, ni a la ciudadanía, ni a los partidos políticos. El hartazgo de la sociedad podría ascender a cotas estratosféricas creciendo a la par que la desafección del electorado y su abstención. Ya no hay tiempo ni ganas de más experimentos. Con los mimbres resultantes de las elecciones del 26-J debemos sentarnos, hablar, negociar y llegar a acuerdos. Lo lógico, que no lo deseable, sería que Mariano Rajoy continuara como presidente y se sometiera a una cuestión de confianza pasados dos años, como prometió Pedro Sánchez que haría si fuera él la persona encargada de formar gobierno. Veremos y lo comentaremos.

¿Qué pasó el 26J?
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