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martes. 16.08.2022

Lutero y el valor del diálogo

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Lutero reaccionó contra algo que creía injusto en una época donde la intransigencia de la Iglesia Católica ponía en serio riesgo el hecho de alzar la voz contra la doctrina oficial instaurada durante siglos a través de diferentes concilios, en muchos casos contradictorios

Por Mario Regidor | Este año 2017 se ha celebrado el quinto centenario de la publicación de las 95 tesis de Lutero en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Este sencillo acto formal puso patas arriba al Cristianismo en los albores del Siglo XVI.

Mucho se ha escrito sobre este tema a lo largo del presente año pero creo que conviene hacer un pequeño recorrido histórico porque su importancia en el momento actual está de rabiosa actualidad.

Lutero era un monje agustino muy interesado en el estudio de las Sagradas Escrituras con el fin de llegar a su esencia y contrastar con el momento vigente (1517) su relación con el papel de la Iglesia y su interpretación de dichos documentos.

En aquella época y con el fin de conseguir ingresos para la Iglesia estaban en boga las llamadas indulgencias que se venían practicando, en mayor o menor medida y con las reformas pertinentes para adaptarlas a los tiempos presentes, desde la época del Cristianismo antiguo. Estas indulgencias estaban ligadas al concepto de pecado pero también a su remisión por medio de una aportacion económica o en obras y acciones para redimir dichos pecados y alcanzar la salvación eterna, escapando del Purgatorio.

Lutero llegó a la conclusión de la perversión que encarnaban dichas indulgencias ya que el perdón divino únicamente se podía alcanzar por la Gracia de Dios y fue uno de los detonantes principales de la labor de regeneración que, con la publicación de las 95 tesis, inició y que tenía como principal objetivo una revisión del Cristianismo para alcanzar las esencias que tenían en su origen derivadas de la lectura sin interpretación mediada de las Sagradas Escrituras.

El inicio de este proceso de reforma y las dudas generadas entre las filas del Catolicismo motivó una reacción forzada y tardía que se materializó en la convocatoria del Concilio de Trento en 1545, dos años antes de la muerte de Lutero, y cuando ya habían aparecido graves disensiones y doctrinas religiosas distintas entre sí en las filas del Cristianismo que se concretaron en el Calvinismo, el Anglicanismo etc.

Este pequeño recorrido histórico viene al caso, además de por la efeméride en sí, para recordar el legado que nos dejó Lutero con un acto con el que, seguramente él no pensó en un primer momento, la cola que iba a traer 5 siglos después.

Lutero reaccionó contra algo que creía injusto en una época donde la intransigencia de la Iglesia Católica ponía en serio riesgo el hecho de alzar la voz contra la doctrina oficial instaurada durante siglos a través de diferentes concilios, en muchos casos contradictorios y lo hizo por unos principios morales propios y privativos pero que partían de una profunda reflexión basada en el estudio y un deseo ferviente de alcanzar la verdad o, al menos, su verdad y defenderla hasta sus últimas consecuencias.

Evidentemente, este episodio histórico de notable trascendencia futura puede asimilarse a situaciones políticas y sociales plenamente actuales en nuestro país y allende nuestras fronteras.

Por ejemplo, y perdón de antemano por la brasa, con la cuestión catalana. Lutero infringió las normas de origen divino contenidas en una biblia y acordadas en los diferentes concilios por seres humanos, en teoría representantes únicos de la voluntad de Dios, pero fue la reacción en nombre de la llamada “religión verdadera” lo que enquistó e hizo insoluble el problema. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera dialogado?

Ojo, no es que no se hicieran esfuerzos por el diálogo. Se hicieron pero partiendo siempre de una relación de superioridad por parte del poder legal y “divinamente” establecido y conminando y exhortando a Lutero para que se retractara de sus 95 Tesis bajo pena mínima de excomunión y, quién sabe, si algo peor.

Así, el conflicto moral se fue enquistando y, cuando se quiso poner blanco sobre negro acerca de las tesis de Lutero, habían pasado 30 años. El Concilio de Trento (1547) duró dos años y nada se sacó en claro. No se admitieron siquiera enmiendas a los textos canónicos vigentes en la época y se inició un proceso que se llamó “Contrarreforma” donde se reafirmaron los principios esenciales del catolicismo más recalcitrante y una institución como la Inquisición se revitalizó y se radicalizó persiguiendo cualquier desviación de la doctrina oficial de la Iglesia.

De todo este episodio histórico se pueden sacar enseñanzas muy valiosas para los tiempos que corren y sería objeto de un ensayo el exponerlas pero creo que nos deberíamos quedar con una primordial: el diálogo como base de la solución de cualquier problema.

Es el caso catalán por ejemplo. Ambos gobiernos, el catalán y el español, a los que no podemos situar en pie de igualdad como si ambos fueran estados soberanos reconocidos como tales ante la comunidad internacional, se enquistaron en no dialogar para solventar un problema que, con el paso de los tiempos y con sucesivas afrentas por una y otra parte, no hicieron sino ahondar en una situación que, si se hubiera abordado a tiempo no hubiera conducido a 3 elecciones anticipadas y una declaración unilateral de independencia, ni al arresto de consejeros, ni a la evasión del presidente de la Generalitat.

Ambos tienen mucha culpa de la actual situación. La Generalitat por su enroque en posturas maximalistas y ajenas a la legalidad vigente planteando una situación de máximos que llevaría a un enfrentamiento con el estado y el gobierno estatal con su negativa a dialogar en los primeros inicios del problema confiando en una solución judicial cuando no son jueces, son políticos y debe haber una solución política. La clase política actual dista mucho de aquella, que con sus aciertos y sus fracasos, dio lugar a una Constitución democrática y social que forjó un estado de derecho y realizó una Transición que, con la ayuda de todos, fue modélica en múltiples aspectos. Ahora no tenemos a aquellos estadistas sino a politicuchos de tres al cuarto que no han aprendido nada y que tienen al diálogo como último recurso al que recurrir cuando debería haber sido el primero, aquél al que sus antecesores en una época mucho más crispada a nivel social y compleja a nivel político, no cejaron de tener como faro que les alumbrara en tan complicada singladura.

Una vez más se vuelven a repetir errores como hace 500 años con Lutero. La vida siempre da oportunidades para dialogar, para hablar, para sentarnos y tratar de llegar a un acuerdo poniendo todas las partes implicadas toda la carne en el asador por un bien mayor que es la estabilidad y el bienestar de la sociedad.

Lutero y el valor del diálogo