Nuevatribuna

La revolución necesaria

Por Gerardo Macías | En cuanto a revoluciones se refiere, es de justicia reconocer que en Francia nos llevan algunos siglos de ventaja. Recordemos que mientras en España se recibía a Fernando VII al grito de “vivan las caenas”, lo cual nos condenaría irremediablemente al retraso, en el país vecino se forjó nada menos que el fin del Antiguo Régimen. No obstante, como se recoge en obras tan geniales como “Historia de Dos Ciudades”, de Charles Dickens, la Revolución Francesa contó con sus luces y con sus sombras. De esta manera, el modelo francés sería contrapuesto al anglosajón, en el que los cambios se producían de una forma pacífica y paulatina. A pesar de todo, es innegable la contribución a la historia política de este acontecimiento.

En estos momentos se fragua otra revolución en Francia, la de los llamados chalecos amarillos (gilets jaunes). Lo más sorprendente del caso es que, a pesar de que llevan desde octubre del año pasado manifestándose, la cobertura mediática ha sido escasa, y considerablemente menor, al menos en España, en comparación con otros temas, como la situación política de Venezuela. Es posible que ello encuentre explicación en los lazos culturales e históricos que mantenemos con el país sudamericano aunque algunos, como el que les escribe, pensamos que existen otros motivos, como la geopolítica y la inercia que poseen los sistemas para conservarse. En todo caso, lo importante es que ha surgido un movimiento reivindicativo, potente y con vocación transformadora, de una magnitud desconocida desde aquél histórico Mayo del 68.

Aunque se les ha relacionado, erróneamente siendo benévolos, sobre todo con el aumento del precio de los combustibles, lo cierto es que sus objetivos van más allá, reclamando la dimisión del presidente Macron, un aumento del salario mínimo, la defensa de los servicios públicos, la recuperación del impuesto a las grandes fortunas y una mejora del sistema democrático. De esta forma, vemos que este movimiento tiene un componente de clase importante.

Volviendo la vista a España, podemos observar que la situación es radicalmente distinta. En nuestro país, que no es conocido por sus revoluciones, y aun cuando ocurren tienden a fracasar, hemos delegado la capacidad transformadora en los partidos políticos. Salvo honrosas excepciones, como las marchas feministas, las reivindicaciones de los pensionistas y estudiantes y aquél glorioso pero infructuoso 15M, la pasividad y el derrotismo se ha instalado en la sociedad española, especialmente en el ámbito laboral, todo ello a pesar de que nuestra situación económica y laboral es notablemente peor. Baste comparar el salario mínimo y la tasa de desempleo de ambos países. Además, cabe destacar que en Francia rige la jornada laboral de 35 horas desde el año 2000. Probablemente podamos explicar (parcialmente, no seamos ingenuos) la situación de ambos países a raíz de la salud de ambos pueblos, y podamos extraer como conclusión que la buena salud de una sociedad civil inconformista sea la base para la consecución de logros sociales.

Por último, y como dato esperanzador, recientemente hemos asistido a una mejora en las pensiones y del salario mínimo, con perspectivas a continuar en esa senda las propuestas presentadas por los principales partidos de izquierda, avivando la llama de esa vía anglosajona de la que hablaba Dickens.