lunes 25/1/21

La infamia de Trump: ¿Qué vendrá después?

Por Mario Regidor | El día de Reyes asistimos por televisión, expectantes, a un acontecimiento que yo no recuerdo que tuviera parangón en la historia estadounidense desde la Guerra de Secesión: el asalto de unos energúmenos al poder legislativo, en mitad de la reunión de Cámara de Representantes y Senado (Congreso) que votaba la confirmación de Joe Biden como presidente y, todo ello, auspiciado por el todavía presidente, el republicano Donald Trump. Era un autogolpe, un golpe de estado desde dentro.

El relato de los acontecimientos se pudo seguir en directo por miles de televisiones y medios informativos así que no voy a ahondar mucho más en la imagen que Estados Unidos, por culpa de unos descerebrados, manejados y controlados por un megalómano que hace 4 años, más por deméritos ajenos y por un sistema electoral decimonónico, logró encaramarse a la cúspide del poder ejecutivo de la nación.

Basta decir que, después de un mitin de Trump celebrado a escasos kilómetros del Capitolio, éste exhortó a su cohorte de enanos mentales, creyentes en las conspiraciones de Qanon y faltos de las neuronas necesarias para siquiera mantenerse en pie e hilvanar un par de pensamientos coherentes, a tomar lo que “era suyo” y devolver la “dignidad y honorabilidad” a las instituciones del poder estadounidenses. De resultas de lo anterior, cientos de manifestantes se enfrentaron a las fuerzas de seguridad del Capitolio y consiguieron entrar en el recinto con el balance de 5 personas muertas, además de varios heridos y detenidos. Hasta aquí la crónica. Vamos a elucubrar un poco qué es lo que podría pasar en el futuro…

Conviene recordar que, en una semana escasa, el 20 de enero a mediodía, Joe Biden debe tomar posesión de su cargo como presidente del país. Las comparaciones son odiosas, pero parece claro que lo que viene será mucho mejor que lo que se va, aunque solo permanezca 4 años de mandato. No es un gran revulsivo, ni por edad, ni por espíritu de cambio (para esto último, mejor haber elegido a Bernie Sanders), pero las expectativas son tan bajas después de estos 4 años que lo que se espera es que rebaje tensiones y modere y modele el cambio que dejará a su previsible sucesora y vicepresidenta, Kamala Harris, un país un poco mejor que el que se encontró.

No debemos olvidar que parece que han acabado ya los procesos electorales, pero en dos años se renueva un tercio del senado, la totalidad de la Cámara de Representantes (435) y varias de las gobernaciones de los estados y la situación en el poder legislativo es de extrema precariedad para los demócratas que conservan la mayoría por escasos 10 congresistas en la Cámara de Representantes y se encuentran empatados en el Senado con los republicanos, después de la victoria demócrata en Georgia el 5 de enero (gran trabajo de Stacey Abrams, en este sentido, por cierto).

En resumidas cuentas, los mimbres con los que se cuenta son de complicado encaje: una sociedad en extremo polarizada y un Partido Republicano que ha endiosado a un tipo con fracasos empresariales y pleitos judiciales para dar y tomar y que se ha convertido en el pope máximo de la organización y que aspira a retomar el poder en las elecciones de 2024.

En este punto quería pararme y plantear una pregunta… ¿Creemos sinceramente que el Partido Republicano mantiene sus esencias? Los energúmenos que asaltaron el Capitolio ayer, ¿son republicanos o son trumpistas sin más? ¿Podría ocasionar esta insurrección una escisión en el Partido Republicano?

Son incógnitas realmente importantes que el tiempo discernirá, pero si vale alguna previsión o pronóstico futuro voy a aventurarme a hacerlo. Empezando por el final, el hecho de que los líderes principales del partido no hayan parado los pies a Trump en su momento, les va a pesar, y mucho, en el devenir futuro de los acontecimientos. Prácticamente, este sujeto ha gobernado el país sin apenas oposición interna (Romney ha sido una excepción) y sin que los demócratas hayan dejado escuchar su voz más allá del impeachment auspiciado por la líder demócrata en la Cámara de Representantes Nancy Pelosi.

Esta situación ha convertido al ególatra que, en esencia, ha regido los destinos del país y de su partido durante estos 4 años de manera totalmente omnímoda, en un “líder” que ha logrado galvanizar a una cantidad ingente de la población y que, a pesar de haber perdido en voto popular las elecciones presidenciales (como hace 4 años, por cierto), ha aumentado en más de 10 millones de votos su masa popular de electores de tal manera que no se puede decir que gran parte de dicho electorado sea seguidor del partido republicano, sino que son seguidores del autoerigido y nombrado líder Donald Trump.

¿Hay posibilidades de que Trump gobierne el partido para presentarse en 2024 a las elecciones presidenciales de nuevo? ¿Les dejarán los prebostes actuales, algunos de los cuales, son más viejos que aquel?

En mi opinión, si no logran desembarazarse de él desde ya, las posibilidades del Partido Republicano se podrían desvanecer como espuma en el mar, cara a las próximas legislativas de 2022, máxime si Donald Trump se “huele la pomada” y se adelanta a la jugada creando un partido a su imagen y semejanza con Giulani, sus hijos y toda la caterva de “librepensadores” similares a los que arremetieron ayer contra uno de sus símbolos democráticos, pudiendo recuperar a su “factótum” pasado, Steve Bannon.

Trump podría mantener vivas estas ansias de democracia mal entendidas y capitanear un movimiento independiente ajeno a partidos políticos que podría convertirse en una nueva manera de vehiculizar los intereses ciudadanos en política alejada de la forma tradicional de expresión de los mismos a través de los partidos políticos. Sería un curioso, y no descartable, cambio de paradigma en las relaciones entre ciudadanos e instituciones que podría empezar en Estados Unidos de modo incipiente y consolidarse a medio plazo si la polarización ideológica continúa.

En suma, la situación es dantesca. Lo sucedido el 6 de enero va a tener una trascendencia que apenas alcanzamos a vislumbrar ahora, pero que resonará en las puertas de la democracia prolongando su rugido hasta el infinito y dejando una huella indeleble en una sociedad que se ha ido polarizando a marchas agigantadas de tal manera que no descarto, aunque las posibilidades son escasas a día de hoy, de múltiples conflictos y una previsible escalada violenta que podría desembocar en un remedo de guerra civil si Joe Biden no toma cartas en el asunto a la mayor brevedad.

La infamia de Trump: ¿Qué vendrá después?