domingo 31.05.2020

Cataluña: ¿Se pudo hacer más?

“Desgraciados los tiempos en los que los locos llevan de la mano a los ciegos” (El Rey Lear de William Shakespeare)

Por Mario Regidor | Escribo estas breves líneas cuando la aplicación del artículo 155 es ya una realidad y sabiendo de antemano que su desarrollo no va a suponer otra cosa que una fuente inagotable de problemas jurídicos, políticos y sociales que, sinceramente, no permiten vislumbrar una solución, ya no cercana o lejana en el tiempo, sino solución al fin y al cabo…

Todos nos preguntamos lo que nos deparará el futuro pero creo que conviene echar la vista atrás y hacer un pequeño ejercicio de autocrítica para aclarar si, tanto de un lado como del otro, se pudo hacer algo más.

Contestar a esta pregunta es muy fácil. Determinar en qué se equivocó el estado y en qué se equivocó el Govern de la Generalitat es más complicado. Vamos a tratar de desgranar un poco esta increíble madeja en la que la impericia de dos líderes políticos, a los que su pueblo no merecen, ha convertido una cuestión de tensión territorial no exenta de gravedad pero comparable a otras que hayamos podido tener a lo largo de nuestra historia desde la restauración de la democracia a un callejón sin salida donde unos y otros han taponado las posibles salidas dialogadas a una crisis que no tendría que haber desembocado en este increíble dislate.

Diálogo es, quizás, la palabra que más se ha escuchado y que menos se ha practicado en esta crisis. Es curioso porque parece que la crisis comenzó ayer, como aquél que dice, y nada más lejos de la realidad. Es cierto que siempre ha habido entre las llamadas “nacionalidades históricas” tiranteces con el estado y que el problema abarca un período histórico mucho más extenso que el referido desde la aprobación de la Constitución del 78 hasta el momento actual.

Recordemos que España no puede considerarse como una unidad jurídica y política, prácticamente, hasta la aprobación de los Decretos de Nueva Planta por parte del primer rey Borbón Felipe V al término de la Guerra de Sucesión en 1715 después de la toma de posición de Cataluña a favor del otro pretendiente a la corona, el Archiduque Carlos. Pero el problema arranca de antaño… Durante el reinado de Felipe IV su valido, el Conde Duque de Olivares, pretendió afianzar el poder del Reino de Castilla sobre el resto de singularidades políticas presentes en la península ibérica por medio de la instauración de la llamada Unión de Armas, que pretendía que las contiendas militares por las que pasaba España en el Siglo XVII fueran sostenidas en hombres y dinero por todas los reinos de la península ibérica en razón de su riqueza y población. El experimento no salió bien y culminó con la sublevación de Cataluña en 1640 que finalizó en 1652 con su derrota.

Es bueno tener este panorama histórico presente cuando hablamos del tema catalán ya que, desde entonces, se ha visto, en ciertos reductos independentistas, al antiguo Reino de Castilla como adalid de la represión en Cataluña.

No obstante, el problema principal que ha dado lugar a este sinsentido es, ni más ni menos, la estupidez congénita y la huida hacia delante de dos líderes políticos como Mariano Rajoy y Carles Puigdemont que han situado a nuestro país en una de las peores encrucijadas históricas desde hace siglos, en gran parte, por no usar el sentido común y, en especial, por no sentarse a dialogar que es lo mínimo que se les debe exigir a dos líderes políticos con su responsabilidad.

Este sainete arranca cuando era presidente de la Generalitat Artur Mas. Al inicio del mandato de Rajoy, cuando la crisis económica arreciaba, Mas, con un notable “sentido de la oportunidad” (nótese la ironía…) se reunió con el Presidente del Gobierno español para solicitarle un concierto económico similar al que disfrutaba el País Vasco. Evidentemente, el Presidente del Gobierno se negó. A partir de allí, ambos mandatarios cometieron un sin fin de errores mayúsculos.

Primero, en la celebración de la Diada de ese año, gran parte del público asistente coreó proclamas a favor de la independencia de Cataluña. Artur Mas que, hasta entonces, ni él ni su partido habían mostrado esta clase de sentimiento ideológico (de hecho, habían pactado con el PP en numerosas ocasiones tanto a nivel regional como estatal) desarrolló una estrategia política muy hábil de apropiación de ese sentimiento, en primera instancia residual, para con el paso de los años y los sucesivos agravios estatales conseguir convertirlo en una gran marea independentista hasta llegar casi al 50% de la población catalana.

Esta huida hacia delante motivada, en esencia, por un componente de claro contenido económico que redundó en un genérico “España nos roba” muy bien modulado e incentivado por el poder ejecutivo catalán tuvo su correspondencia a nivel estatal con el tradicional “tancredismo” de nuestro presidente del gobierno, siguiendo su máxima de “mejor no hacemos nada que todo pasará”. Pues está claro lo que pasó…

Los constantes desafíos a la legalidad constitucional por parte del Govern de la Generalitat y secundados por el Parlamento no motivaron ninguna respuesta por parte del gobierno central. Ya esperaremos que escampe, parecían decir….

Pues no ha escampado, ha venido un ciclón, un tsunami y un apocalipsis de proporciones bíblicas que acaba de empezar y que no sabemos a donde nos llevará.

La convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre puede ayudar a solventar el problema pero a nadie se le escapa que si se hace un boicot por parte del bloque soberanista a dicha cita electoral, el parlamento resultante  no será fiel reflejo de la complejidad de la sociedad catalana. ¿Qué pasará entonces?

En mi opinión, dicha convocatoria de elecciones en Cataluña debería ir acompañada de otra convocatoria electoral a nivel nacional porque, a la vista está que la gestión de esta crisis les ha venido grande a ambos gobiernos.

En otro artículo posterior convendría escribir acerca del devenir de esta crisis y de los problemas y posibles soluciones que se puedan diagnosticar pero seremos pacientes porque, a buen seguro, no dejaremos de escribir acerca de este tema y no es cuestión de sobrecargar a los lectores.

Cataluña: ¿Se pudo hacer más?