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martes. 16.08.2022

El odio de 'El País', ¿tiene cura?

elpaisEl País es ese periódico que, a lo largo de su andadura, ha presumido, además de ser el papel más vendido, el de mayor influencia en el pensamiento y en la conducta de la sociedad española. Si la gente pensaba y actuaba al modo constitucional, era debido a su lectura. Y, recíprocamente, quienes no lo leían, se privaban de guiar sus pasos en este mundo por las sendas auténticas de la democracia. Porque lo que decía El País era LA verdad, incluso cuando se equivocaba. Savater dixit.

He dicho bien: democracia. En un momento de su periplo, su director Cebrián y varios de sus colaboradores, entre ellos el escritor mexicano Carlos Fuentes, creyeron como dogma de fe que la democracia española era fruto exclusivo y excluyente de su periódico. Fuentes llegaría a comparar a Polanco, como con un nuevo Prometeo, que había conseguido arrancar a los dioses el fuego de la democracia para dársela al pueblo español. Como lo leen.

En las efemérides destinadas a glosar su nacimiento, lo hacía cada década, su chulesco director repetiría una y otra vez que el fracaso del golpe de Estado de Tejero y su cuadrilla se debió a su periódico. Fue el único que se atrevió a sacar el periódico a la calle a pesar del golpe. No aclararía que su presidente Polanco, cagado de miedo aquella noche, se negó a editarlo, como contó a los años el malvado Martín Prieto. Y menos mal que Polanco era el nuevo Prometeo de la democracia. Le cuadraba mejor el papel de Sísifo, pero…

Es probable que la relación conductista entre democracia y El País sea cierta. Para corroborarlo, basta mirar a nuestro alrededor para concluir que, en efecto, el periódico, dada su influencia universal, ha contribuido como nadie a que la democracia actual sea lo que es: una democracia varada en el puerto de la corrupción.

El País es ese periódico que más bandazos ideológicos ha dado, pues en lo único interesado que se mantuvo despierto su director Cebrián fue en llevarse bien con el poder político que le garantizase su caja de dividendos

El País es ese periódico que más bandazos ideológicos ha dado, pues en lo único interesado que se mantuvo despierto su director Cebrián fue en llevarse bien con el poder político que le garantizase su caja de dividendos. Apoyó a los socialistas en el poder hasta que estos se pringaron de mierda. Así que, dados sus pocos escrúpulos éticos, Cebrián y Polanco se echaron a los brazos del pulpo Aznar. ¿A quién puede extrañar que, ahora, defienda las tesis del PP con más ardor guerrero que lo hace el artículo 155, digo Abc y La Razón, al menos en lo referido al procés catalán?

El periódico del extinto Polanco ha defendido la unidad de España y sus colonias de un modo en el que las gónadas patrióticas han sustituido las cisuras del cerebro. Sus editoriales y sus colaboradores han fustigado el nacionalismo de los demás con verdadera saña, olvidando que la fuente donde ellos se abrevan políticamente es el nacionalismo español. Ver en los demás la paja y no reparar la viga en la propia retina suele ser muy habitual en quienes se consideran estar en posesión de LA verdad.

En un editorial reciente de El País, con motivo de la manifestación de independentistas catalanes en Bélgica, se leía que “el separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas”. Sustituir el deseo político de cuarenta mil personas por el odio solo cabe en un cerebro mohoso y torticero. ¿Cuarenta mil personas odiando al unísono?

Después, publicaría un artículo, titulado Radiografía del odio, de Ignacio Morgado, donde se describía el origen, desarrollo y toxicidad del odio en general y su cura particular. El País no lo dudó. Era el mismo odio que adorna a la turba de los catalanes independentistas. El lead del artículo lo delataba: “La situación política en Cataluña está dejando muchas secuelas de odio. En las redes sociales ese odio se manifiesta con virulencia y hasta con nombres y apellidos. Pero, ¿qué es el odio? ¿Acaso tiene cura?”.

Curiosamente, en esa Radiografía del odio no se hablaba para nada de Cataluña. No parece muy ajustado con la historia de un periódico tan democrático como El País utilizar esta técnica de extrapolación textual, propia del hampa periodística. Al parecer, la ha hecho marca de la casa. Dos ejemplos.

Hace días publicó unos comentarios del nobel Ramón y Cajal, copiados de su Autobiografía, dedicados a las consideraciones racistas sobre el cráneo de los catalanes del doctor Robert. Poco importaba que los comentarios sarcásticos de Cajal sobre el que fuera alcalde de Barcelona se ¡¡¡escribieran en 1901!!! Y la misma actitud adoptaría con una publicación de Pla, rescatando de ella unos comentarios sarcásticos de in illo tempore sobre sus coterráneos.

No hay duda de que esta instrumentación textual se debe a una intencionalidad política. Está al mismo nivel de perversidad si, para descalificar a Cebrián, estampásemos aquí su genealogía política, que no lo haré porque todos la conocen.

Dicho lo cual, preguntaría: ¿tiene cura el odio de los independentistas catalanes hacia España? Por supuesto. ¿Cómo? Dejándolos ser lo que, diantres, quieran ser por vías democráticas. ¿Y el odio de El País hacia los independentistas catalanes? No sé, pero su obsesión por el tema catalán raya en fanatismo. ¿Quieres decir, fanatismo español? Para nada. El español jamás odia y nunca es fanático.

Menos todavía si lee El País.

El odio de 'El País', ¿tiene cura?