miércoles 28/10/20

Los muertos de la guerra

A partir del 18 de julio de 1936, el mundo giró alrededor de los caídos por Dios y por España. Los fascistas los convirtieron en excusa capital para aplicar una política de la infamia y del terror. Fue la demostración más inequívoca de la inmoralidad en que basaron los fines que perseguían. 

El uso y abuso de los muertos para justificar una violencia sin límites en la sociedad de la postguerra fue una macabra versión del falso axioma de que “el fin justifica los medios”. Utilizar los muertos para mostrar la bondad de la barbarie ejecutada fue una obscenidad.

Nunca se aceptó que los muertos del bando vencido y del vencedor eran de todos, de España. Esta fue una de las heridas más profundas que el fascismo asestó a la futura reconciliación imposible entre los españoles. Terminada la guerra, los golpistas se desentendieron de los muertos del bando republicano. Solo los tuvieron en cuenta para despojarlos de sus pertenencias y de su dignidad. De sus vidas, ya lo habían hecho. Ningún nombre de republicano vivo aparecerá en nombrado en la vida pública, excepto para ser señalado y marginado durante la postguerra y toda la Dictadura. El más absoluto silencio recayó sobre su memoria y la más cruel represión sobre quienes heredaron su legado.

Pensar que todavía existan políticos en ejercicio que defiendan una equidistancia simétrica entre el sufrimiento de un bando y de otro. Solo desde la indecencia ética se puede mantener tal procacidad

El franquismo, no solo utilizó sus muertos para justificar la masacre y represión advenida, sino que, también, lo hizo con los muertos del otro bando. Podría hablarse de necrofilia y de necrofagia, respectivamente. El Estado fascista se entregó a esta tarea de modo consciente y caníbal, obligando a los estamentos de la administración del Estado, militar y municipal, a que se tomaran muy en serio dicha obligación. 

Quizás, la palabra administrar sea demasiado benévola o ambigua para explicar su alcance. Y ni la palabra gestionar sería, tampoco, la más apropiada para sugerir lo que quiero decir. Probablemente, si otorgáramos a gestionar el significado de manipular y de explotar, en el más cruel de sus significados, daríamos con la voluntad expresiva de mis intenciones. Y manipular y explotar muertos en su sentido más amplio: personal, ideológico, político, económico, social, cultural, religioso y moral. 

La represión se ejecutó en esos ámbitos y están interrelacionados. Ninguno de ellos se entiende fuera de ese mapa conceptual de la represión, pues tenían la misma finalidad: apuntalar la dictadura franquista.

Utilizar los muertos para justificar una barbarie jamás conocida en España fue, ni más ni menos, lo que los golpistas hicieron con los muertos de su bando. Traficaron con ellos y, en su nombre, no solo justificaron una legislación criminal en su beneficio, sino que, ante todo y sobre todo, maquinaron contra los muertos y los familiares del bando de los vencidos. 

Digo legislación criminal, porque jamás el franquismo actuó en un Estado de Derecho, pues este sin democracia es una quimera. Las veces que los capitostes del franquismo renegaron de la palabra democracia y del sistema parlamentario fueron infinitas. Odiaban la soberanía popular. Pues la única soberanía verdadera era la de Dios y, ya puestos, la que encarnaba el Dictador.

La gestión de esta tarea duró todo el franquismo y alcanzó los primeros años de la llamada transición democrática, ya que en 1978 todavía hubo viudas de guerra que pidieron al Estado una pensión por dicho concepto, sacando del baúl del trágico olvido leyes franquistas que seguían en vigor.

Algunos se vieron obligados a demostrar el nombramiento del empleo o grado desempeñado en el ejército republicano. Para ello, sería necesario, en ocasiones, acudir al Archivo de la Guerra Civil de Salamanca; en otras, a las hemerotecas buscando en la prensa de la época o en los boletines oficiales republicanos un dato que certificara la verdad de lo dicho verbalmente o testificado mediante un papel arrugado y con las letras apenas legibles. Pero lo más patético, es que muchos de ellos se vieron obligados, incluso, a hurgar en las sentencias de condena dictadas por los tribunales de la posguerra y que, ahora, en la actualidad muchos hijos de aquellos jueces fascistas, que habían condenado a muerte a familiares y conocidos, ocupaban su mismo lugar en la democracia. Finalmente, se vieron en la obligación de desempolvar del baúl escondido en el cuarto más secreto del mundo el carné de la UGT o de la CNT de la época o de una nómina firmada y avalada vete a saber por qué gerifalte republicano y distintos documentos expresando el dato requerido para ahuyentar cualquier duda. 

Hubo que esperar muchos años para que, uno de los más destacados dirigentes de los sublevados de 1936, el cuñadísimo de Franco, Suñer Serrano, cuando, encontrándose en el polo opuesto de las posiciones que ayudó a culminar, escribiera: 

“Se estableció que “los rebeldes” eran los frente-populistas, olvidando que la rebeldía contra una situación que se estimaba injusta -rebeldía santa en la idea de muchos-, estaba jurídicamente en el Alzamiento Nacional. Razón de la que resulta que los rebeldes contra el Gobierno del Estado constituido republicano eran, a tener del Código de Justicia Militar, los que se alzaron y todos los que les asistimos y colaboramos, y que no podían ser jurídicamente tales quienes estaban con el Gobierno constituido (…) Sobre esta base de la “justicia al revés” -sistema insólito en la historia de las convulsiones político-sociales, comenzaron a funcionar los Consejos de Guerra” (R. Serrano Suñer. Entre el silencio y la propaganda, la historia como fue. Memorias. Planeta, Barcelona, 1977. Cursiva mía).

¡Y pensar que todavía existan políticos en ejercicio que defiendan una equidistancia simétrica entre el sufrimiento de un bando y de otro! Solo desde la indecencia ética se puede mantener tal procacidad.

Los muertos de la guerra