viernes 23/10/20

Libertad y responsabilidad en tiempos de pandemia. Tensión entre lo público y lo privado

No es ninguna novedad. Todas las pestes que ha habido, y las hubo desde que existe el ser humano, han generado conflictos, enfrentamientos y tensiones entre los individuos y los poderes establecidos. La mayoría de las esferas dependientes de la supervivencia del ser humano, en especial las relacionadas con la economía, entraron en crisis.

Por si alguien tiene interés en ver de qué forma literaria se describe esa tensión inevitable, revisen sus lecturas de D. Defoe, Diario de una peste; Los novios, de Manzoni y, por supuesto, La Peste, de A. Camus. Los parecidos entre la pandemia actual y las pestes descritas en esas páginas son de una clonicidad deslumbrante.

Limitando esta evocación a la obra de Camus, en ella su autor reivindica la libertad individual frente a la indiferencia y poder absoluto de la autoridad. Cuestiona las restricciones de las actividades habituales de ocio y de trabajo del ser humano, prohibidas por decreto en beneficio de un “espejismo de un bien superior”, a la par que defiende la solidaridad del ser humano por encima de cualquier contingencia sin negar la rapacería de unos en momentos de un caos incontrolable, o solo controlable encarcelando y disparando a los transgresores.

La pregunta es inevitable. ¿Por culpa de qué “espejismo de un bien superior” se sacrificaba la liberad individual en la ciudad de Orán asediada por la peste? Pues es evidente que por la salud colectiva y la economía de la sociedad. Estos bienes, salud y renta per cápita, son, al parecer, inferiores comparados con el ejercicio de la libertad humana para divertirse, trabajar y hacer lo que a uno le apetezca. Pues la libertad es el bien supremo que ¿nos garantiza un buen sistema linfático y una renta per cápita apetecible? Yo no estaría tan seguro, forastero.

Prescindiendo ahora del autor de Los justos y, teniendo delante la devastación actual de la pandemia, cabría preguntarse: ¿para qué quiero ser libre si tal posibilidad solo me sirve para exponerme a pillar un virus que puede conducirme directamente a la fosa común? Y al revés, ¿de qué me sirve tener una salud de roble si debo permanecer encerrado entre cuatro paredes de mierda, muriéndome de asco? El teólogo, sea cual sea su adscripción, lo preguntaría a su manera: “¿De qué me sirve ese bien supremo, sea la libertad o una buena salud de hierro, económica y sexual, si pierdo el alma?” Y cada cual que lleve a su terreno el quid animoso de la cuestión.

Un quid que parece adquirir la naturaleza esquiva de una aporía, palabra griega que significa, entre otros matices, callejón sin salida -sin puerta- o situación embarazosa de la que es prácticamente imposible salir. Caso de que sea posible, no creo que la salida consista en hacer compatibles los conceptos aquí manejados de salud, libertad e intervención del Estado. No, porque el planteamiento está viciado si se repara en que la libertad, con pandemia o sin pandemia, es una quimera. Es un concepto abstracto. Y bien sabemos lo que sucede con estos conceptos. Si, como decía Lewis Carroll, las palabras de andar por casa tienen amo y significan lo que estos amos quieren que signifiquen, ¿qué no sucederá con el significado de los abstractos?

En mi caso, apostaría por la salud, importándome un pepino si es un bien de tipo ínfimo o inferior en relación con la Libertad, Dios, la Patria o el Rey. ¿De qué me sirve ser libre en una pandemia? Y libre, ¿cómo? Para hacer, ¿qué? En una pandemia, ya lo describió Camus, el Estado actúa de forma infame, es decir, como ya dijo Hobbes que actuaría quien posee en exclusiva la legitimidad en el uso de la violencia. ¿Puede el individuo fiarse de la libertad que te proporciona un Estado, ese “monstruo tentcular moderno y que solo subsiste por la violencia?

Las relaciones conflictivas del individuo con el Estado se han solventado siempre mediante el palo y la zanahoria o, como decía el Leviatán hobbesiano, por la violencia legítima del Estado. Y ese es su estado natural. Nada funciona en un Estado si no es por la aplicación de dicha violencia legítima y legitimada, pertrechada por la fuerza de las armas. El Estado de Derecho, querámoslo o no, se mantiene en pie por esa violencia, ejercida de modo latente y patente. El Derecho se inventó con unas leyes en una mano y en la otra con una espada. Los golpistas franquistas en ningún momento dudaron que la fuerza de las armas había creado el Derecho que les daba derecho a gobernar. Desgraciadamente funcionaron así durante cuarenta años.

En una pandemia, el Estado es lo primordial. Al Estado lo primero y último que le interesa es la salvaguarda del Estado y sus instituciones, caiga quien caiga. Y se pasa la libertad de la ciudadanía por donde le plazca.

La libertad que ofrece el Estado al ciudadano es una libertad tutelada. Está siempre bajo sospecha, de ahí la vigilancia absoluta de sus movimientos, máxime en situaciones de riesgos. Sin olvidar que la degradación del Estado, debida a la actuación desordenada de uno o varios de sus miembros violentos, se repara -siguiendo la estela de la filosofía del Derecho de Hegel-, con la represión o la desaparición del gamberro en cuestión.

El Orden del Estado y la libertad individual son incompatibles. Puede que en una pandemia existan muchos agujeros para escaparse del orden dictatorial establecido por el Estado, pero, al final, acaban siendo taponados por la violencia legítima de Leviatán.

Es natural, por tanto, que el control de una pandemia, como la vivida y como la que vivieron nuestros antepasados en siglos pasados, trate de reforzar, mutatis mutandis, ante todo y sobre todo al Estado y sus instituciones, esté quien esté en el poder, sin negar que ese poder del Estado entre en crisis, como ocurrió con el feudalismo por culpa de las pestes bubónicas. Ya veremos, si lo vemos, en qué situación quedan los Estados actuales, después de la covid-19. Tocados, desde luego, pero no creo que su institucional violencia se resienta lo más mínimo.

Cuando el Estado apela a comportarse de una manera responsable, solo muestra la cara cínica de su poder. Los seres humanos no somos libres. No solo, porque ya lo dijera La Boétie - “lo nuestro es servidumbre voluntaria”-, sino porque la libertad implica responsabilidad. Y ya me dirán, ustedes, qué responsabilidad puedo ejercer si no soy libre más que para obedecer la ley del Estado y ello porque, si no lo hago, caerá su peso sobre mis espaldas. La libertad que me ofrece el Estado, ¿qué opciones de actuación permite al individuo en una situación normal? Nulas. Y, si embargo, el individuo, que parece haber olvidado ese dato, pretende disfrutar en una pandemia una libertad que ni siquiera disfruta en una situación que denomina normal.

Parece ignorar que, en esta normalidad su libertad, es una libertad vigilada y organizada en función de que no ponga nunca en cuestión al Estado. En este sentido, ¿con qué cara la ciudadanía podrá exigir libertad al Estado cuando hace ya no sé cuántos siglos atrás que ha vendido dicha primogenitura al Estado por un plato de lentejas llamada seguridad?

Existe una responsabilidad penal, porque existe un Código Penal, que es la responsabilidad a la que hace referencia el Estado cuando exige al ciudadano comportarse de un modo responsable. Y existe, también, una responsabilidad ética, que nace de las convicciones personales, al estilo de los principios categóricos de Kan, y que nada tiene que ver con la responsabilidad del Estado que es puro amedrentamiento civil.

En esta situación, la ciudadanía lo único que debería exigir es una administración democrática y respetuosa de esa seguridad que se le ha prometido, pero en cuyo organigrama vertical no se ha avanzado ni un centímetro. Pues se trata de una seguridad que no responde, ni ha respondido, a las necesidades reales de la ciudadanía, sino a las del Estado.

El Estado ha seguido siendo lo que era, un Saturno que devora a sus hijos, canibalismo que la ciudadanía ha consentido con menoscabo de su libertad. La ciudadanía ha cedido la mayoría de sus derechos al Estado de infinitos tentáculos y, de hecho, es este quien los administra siguiendo unas leyes elaboradas por él mismo. Y, en la época en que vivimos, la cesión al Estado de estos derechos roza ya la obscenidad. Es la propia sociedad la que ha hecho añicos su tan cacareada privacidad.

Es imposible que una sociedad, cada vez más infantil y narcisista, se rebele contra un Estado autoritario y dictatorial. Cuanto más inmadura es una sociedad, más precisa de un Estado autoritario y paternalista. Y, cuando se rebota contra este, sus protestas parecen más bien pataletas dignas de un niño mal criado.

Por todo ello, resulta ridículo que el Estado, en una burda escenificación, apele a la responsabilidad de los individuos cuando sabe que eso es pedir peras al olmo. La sociedad no puede en modo alguno ser responsable. No es que sus ciudadanos no quieran serlo, pero, ¿cómo serlo, si no son libres? Y libres, ¿para qué?

Porque da miedo ver a muchos individuos ejerciendo su derecho inalienable a ser libre convirtiéndolo en un derecho a hacer el ganso.

Desengañémonos. No existe tal derecho. No ha existido jamás. La libertad ha sido siempre un señuelo. Y tiene gracia simbólica que, para una vez que la ejercitó Adán, desobedeciendo al Estado/Dios, la cagó, según el relato bíblico. No existe ninguna actividad humana, no sé si habrá que incluir en ellas las fisiológicas, que sean resultado de una decisión libre. Todas y cada una de ellas están sugeridas por el Estado y sus infinitas sucursales. Y, si no lo hace el Estado, lo hará su potente aliado, el Mercado, que, para el caso, es lo mismo.

Cuando el Estado aconseja a la ciudadanía “ejercer su libertad con responsabilidad”, no puede mostrar mejor su cinismo, pues nadie sabe mejor que él que dicha libertad no existe

No tiene ningún sentido incriminar a la juventud, por comportarse como un colectivo “irresponsable” -atontado, dicen algunos-, en la pandemia. La responsabilidad a la que se apela es una responsabilidad penal. Una responsabilidad a medida de las exigencias del Estado ante las que se ve obligado a doblar el espinazo so pena de sufrir la fuerza bruta de la ley, ejercida por unos policías que, en ocasiones, desbordados por la situación, parecen trols escapados de la novela El señor de los anillos, al servicio del malvado Sauron (Estado). Situación lógica, porque al Estado nunca le ha preocupado la responsabilidad ética de los ciudadanos.

No creo que exista una determinada juventud que, por acudir a un botellón o a una discoteca o a un recibimiento en manada del club de fútbol de sus amores, piense que está poniendo patas arriba la autoridad y el poder del Estado. Tampoco que dicho conductismo interpretativo esté a su alcance cognitivo, pero sí es posible que expresen que, de este modo, están ejerciendo su derecho inalienable a ejercer su libertad de reunión y de asamblea, algo que algunos jueces lo reconocen, pero que el Estado, en tiempos de pandemia no está dispuesto a reconocer bajo ningún concepto, pues ejercer ese derecho lo único que consigue es poner en peligro la salud de los demás.

En consecuencia, muchos hablarán de la colisión entre el bien supremo de la libertad y el derecho de los demás a no ser perjudicados seriamente en su salud por ese ejercicio inalienable. ¿Existe tal colisión? En los hechos, sí, pero no en los conceptos utilizados. No puede haber colisión entre libertad y responsabilidad, porque la libertad a la que se alude no existe, ni en tiempos de normalidad, ni, menos todavía, en tiempos de pandemia, donde queda en evidencia escandalosa la fragilidad absoluta de la aplicación de tales conceptos por parte del ser humano.

Por ejemplo, la juventud no es irresponsable, porque no puede serlo. Para serlo tendría que ser libre, pero no lo es. Puede que a los ojos del Estado sean responsables penales de un delito contra la salud pública, pero, en realidad, el único delito de esta juventud es comportarse como perfectos inconscientes; jamás de ser responsables de un delito.

Cuando el Estado aconseja a la ciudadanía “ejercer su libertad con responsabilidad”, no puede mostrar mejor su cinismo, pues nadie sabe mejor que él que dicha libertad no existe. El binomio libertad y responsabilidad solo es posible en una sociedad utópica, al estilo de la de Tomás Moro. En una pandemia, nunca, pues los resortes autoritarios del Estado se ponen en marcha de un modo dictatorial, impidiendo el ejercicio de la primera y, automáticamente, de la segunda.

Sin duda, que conceptos como libertad y responsabilidad están sufriendo en estos tiempos de pandemia una devaluación axiológica superior a la sufrida en tiempos de normalidad ambulante. Durante la normalidad, aun habiendo el mismo conflicto de intereses entre la libertad de la ciudadanía y los del Estado, se visualiza de un modo menor ese conflicto que en tiempos de pandemia, pero el fondo de la situación es idéntico. No hay libertad ni en tiempos normales como tampoco la hay en tiempos de epidemia.

El hecho de que exista una juventud -que reclama esa supuesta libertad para montárselo así de guay-, revelaría muy bien, no solo el engaño en que la juventud está instalado, al creer que está ejerciendo su libertad, cuando lo único que hace es el idiota etimológico. Se entiende que el deseo de asistir a una discoteca o a un botellón es irreprimible y fundamental para el desarrollo de su personalidad, pero ¿tanto?

En modo alguno pongo en cuestión el nivel piagetiano de pensamiento formal del ciudadano, menos aún el del lector. Este conocerá sin duda el significado etimológico de idiota que los griegos aplicaban al individuo que se negaba a participar en la construcción de la res pública, máxime en tiempos de una epidemia global.

No es cuestión de libertad, ni de responsabilidad penales, sino de consciencia o de responsabilidad éticas, de saber con exactitud en qué medida lo que yo hago o dejo de hacer repercute en la vida de los demás. Y ello en tiempos de peste como en época de vacas gordas de felicidad individual y colectiva… gracias al Estado, que, ahora, se pone a caldo, porque prohíbe las aglomeraciones y demás cortafuegos, olvidando que el Estado, antes, durante y después de la pandemia es, y será, el de siempre: un padre cabrón.

Claro que, si uno lee a Cioran, quizás, llegue a la conclusión contraria, a aceptar que los héroes han sido precisamente estos idiotas, pues ninguna de las catástrofes de la historia se les podrá achacar. Sobre todo, las guerras, que siguen siendo la peor peste de las conocidas, creadas y desarrolladas por el hombre y no por un virus que pasaba por ahí.

¿Cabe mayor idiotez, ahora sí en su sentido coloquial, que matarse entre sí? Repasemos las pandemias y guerras habidas en la historia. Si no se nos cae la cara de vergüenza, es porque la tenemos de cartón piedra. ¿Para esto quiere el Estado que seamos libres y responsables? No merece la pena semejante viaje.

Libertad y responsabilidad en tiempos de pandemia. Tensión entre lo público y lo privado