miércoles 11.12.2019

Esperanza Aguirre, forever

Ni la Margaret Hilda Thatcher, aquella dama de hierro medieval, enseñaba tanto en sus intervenciones públicas.

Foto: PP de Madrid
Foto: PP de Madrid

Ni la Margaret Hilda Thatcher, aquella dama de hierro medieval, enseñaba tanto en sus intervenciones públicas

Después de estas recientes elecciones, siguen escuchándose voces que piden la extinción radical de Esperanza Aguirre, considerada casi como una garrapata de la política y a la que habría que aplicarle un insecticida de alta composición química para que no siguiera pulgoneando las vigas de la democracia que toca. Eso, u obligarle a que de una vez por todas se reinsertase de verdad en los modales de la democracia formal –aunque solo fueran verbales-, y dejase de dárnosla con queso, engañando a todo el mundo diciendo que es una liberal, porque no lo es. O, si lo es, lo será “a la española”, que no en el liberalismo de Stuart Mill.

¿Qué decir ante este reclamo nada popular, y sí democrático, plural y divergente?

Seamos prudentes. Esperanza Aguirre nos recuerda a la persona que no queremos ser y no nos gustaría parecernos. De ahí nuestro justificado rechazo. Pero seamos pragmáticos. Recapacitemos. Que exista una persona que anda por ahí suelta y que concita en su carácter y temperamento aquellos defectos que nos repugnan, es un lujo que muchas sociedades democráticas no se permiten. Es que nos basta verla para decir: “He aquí una persona a la que jamás me gustaría parecerme”. ¿Quién dispone de este mecanismo autorreferencial a la hora de realizarse como ciudadano democrático? Es que el mayor insulto que se nos podría hacer es que alguien nos dijera: “Joder, tío, ¡te pareces a Esperanza Aguirre!”. Lo peor de lo peor.

Perpetraríamos, por tanto, una grave equivocación, poco premeditada y muy alevosa, al solicitar que Aguirre fuera fumigada del mapa político de este país. Aguirre es un bien común y público, al que hay que cuidar, no necesariamente como una bocazas en proceso de extinción –estas especies lamentablemente no desaparecen nunca-, pero sí como una orquídea de color butano.

Y, sobre todo, como un referente ético y moral.

No lo digo en broma. Aguirre es un referente ético aunque lo sea por vía negativa. Lo explico. ¿Cuántos jóvenes de este país, viendo los modales de esta señora condesa y grande España, no habrán aprendido urbanidad y buena educación, que es, a fin de cuentas, los niveles en los que primero hay que ejercitarse antes de emular los principios categóricos de Kant? Seguro que la máxima aspiración de estos jóvenes será no parecerse jamás a esta señora, aunque sea aristócrata. Una persona con dos dedos de sindéresis en la frente aprende más educación vial viendo a Aguirre dirigiéndose, pongo por caso, a la jueza Carmena, y, si es a Carmona, entonces, ni te cuento, que leyendo el Tratado sobre la tolerancia, de Voltaire o el Código de Circulación, que para el caso que hacemos a ambos daría igual.

Los griegos tuvieron en su haber un rey que, deseando ser muy rico, pidió a los dioses que le diesen el don de convertir todo lo que tocaba en oro. Midas se llamaba. Nosotros disponemos de una consorte condesa que toda inteligencia que toca se convierte en talento corrupto. ¿Quién posee semejante don? Nadie.

Si Zapatero trajo a la democracia la revitalización del término talante, Aguirre ha dado savia nueva a la palabra talento. La política es cosa de talento. No solo descubrió muy precoz y hace tiempo el suyo, sino que aquellos que se arriman a su pollera también lo tienen. Un nuevo mérito que debemos reconocerle. Quizás, sin pretenderlo, Aguirre ha hecho más por la regeneración democrática del país descubriendo talentos, que ejerciendo como ministra de Aznar o como presidenta tamayaza de la Comunidad madrileña. Nadie como ella ha sido capaz de descubrir tanta gente corrupta y talentosa, la cual, una vez puesta en el disparadero, han terminado como imputados, y algunos en la cárcel. El país está en deuda con ella.

Recuerden a Jesús Neira, presidente del Consejo Asesor del Observatorio contra la Violencia de Género, otro talento descubierto por Aguirre, y que fue detenido y condenado por conducir borracho. ¿Acaso piensan que Aguirre hubiese nombrado al citado Neira sin saber de antemano que se trataba de un talento en proceso de ebriedad manifiesta?

Los jueces tendrían que premiar a esta visionaria, excepcional Casandra de la modernidad política, ya que donde pone el ojo señala un talento que a la larga o a la corta ha de poner al descubierto el alma púnica que lleva en los esfínteres.

La cantidad de corruptos que van saliendo a la luz pública gracias a la perspicacia de Aguirre es inestimable. Y reconozcámoslo. No seamos cicateros. Se necesita una capacidad asombrosa para saber que alguien se convertirá en un crápula en cuanto le inviten a una cacería o le regalen una cubertería de la dinastía Ming.

Las instituciones docentes y familiares deberían convertir la figura de esta aristócrata en modelo de cada una de las cualidades que no deseamos para nuestros alumnos y nuestros hijos. No creo que exista un país de la UE que disponga en vivo y en directo de una especie parlante como esta mujer, que basta con escucharle dos intervenciones seguidas para saber cómo no hay que ser jamás. Es que ni la Margaret Hilda Thatcher, aquella dama de hierro medieval, enseñaba tanto en sus intervenciones públicas.

Digamos para terminar que el sentido de la responsabilidad que utiliza Aguirre no es que sea inédito, pero no es el habitual ni de la res publica, ni del evangelio liberal. Lo habitual es que quien la hace, responda por ello. Es asombroso que, después de haberse responsabilizado por la cantidad de chorizos que ha aupado a cargos político, no pague por ello. Otra lección impagable. Si no sabíamos en qué consistía la responsabilidad cínica, ahora ya lo sabemos. Detalle que debemos a su inagotable ejemplaridad pública.

Lo suyo constituye un ejemplo elocuente de irresponsabilidad que jamás deberíamos hacer nuestra si realmente nos consideramos ser la causa eficaz de un corrupto en acción. 

Esperanza Aguirre, forever