domingo 31.05.2020

La derrota de la verdad

Tiene retranca cínica que el director de El Mundo haya propuesto la creación de una Comisión para la Verdad y la Regeneración con el fin de abordar la corrupción...

Tiene retranca cínica que el director de El Mundo haya propuesto la creación de una Comisión para la Verdad y la Regeneración con el fin de abordar los problemas de la corrupción y, supone uno, erradicarlos, más que de la vida pública de la vida privada de quienes han hecho de cualquier sistema de poder un mecanismo legal para hacerse ricos.

Y  no es porque desconfíe de la moralidad sin tacha del director de este periódico, sino porque, si alguien debería saber de la inutilidad de dicho intento, ese, sin duda, es el propio director de dicho periódico. O, quizás, no. Quizás, esté yo equivocado y sea verdad que existan personas capaces de regenerar la conducta de los demás aunque no puedan con la propia. Si algo muestra la historia es que quien más vocifera en pro de la ética y de la moralidad, más ayuno anda de ellas. Se dice que cada uno puede hacer lo que le venga en gana en su corral privado, pero no se añade que aquello que hace uno en secreto es lo que le gustaría hacer en la esfera de lo público. Así que, cuando tiene ocasión de montar este espectáculo, no duda un Ere en montarlo.

Entiendo y comprendo muy bien que el director de El Mundo, haya tenido un sueño, imaginándose la resultante de cruzar un Joaquín Costa con el Ortega y Gasset que impulsó la Agrupación al servicio de la República, en 1931, y quiera aparecer ante los españoles como el nuevo Robin Hood de la Moralidad Universal y, de paso, vender más periódicos que la competencia.   

Premisa que no niega que la prensa se dedique a investigar y denunciar el amplio espectro de la corrupción que hoy día acogota el entramado institucional de la vida política y económica española.  Bienvenida sea si lo hace, pero si los jueces de este país no arriman la toga en esa higiénica dirección la tenemos clara, Mikelarena. Mucho me temo que el sistema judicial español al unísono jurídico no esté por la labor, viéndolo como ha entrado en el Barroco más tenebroso de su andadura gracias a magistrados que uno pensaba que se pasaban la vida cortejando a Montesquieu.

El problema del engaño y de la mentira, de la falta de transparencia y la defensa a ultranza de los secretos de Estado, goza de larga y penosa historia que nos obliga a ahogar nuestra esperanza en escepticismo. Una larga historia cuya contundente conclusión es que la mentira, el engaño, el ocultamiento, la falsificación –el lector puede utilizar los sinónimos de la andrómina que mejor le plazcan- han sido consustanciales al poder, a cualquier poder, ya que sin ellos no es nada.

Hace mucho tiempo, pero mucho tiempo, que la verdad hizo agua. Por lo menos, desde el mito de Pandora. Desde entonces, belleza, bondad verdad y libertad dejaron de mantener relaciones íntimas y transparentes. En cuanto al ser humano, hace mucho tiempo que le obligaron a vender su libertad por el magro plato de lentejas de una seguridad ridícula, propia de un Estado totalitario. El metro que rige el sistema actual de valores no es la verdad, sino la necesidad. Y la necesidad es el territorio antinómico de la libertad. Una cosa no se valora en función de la verdad que comporte, sino en función de las necesidades que satisface y, sobre todo, qué y a quién satisface. Si algo cubre mis necesidades, es verdadero. De ahí a mentir de forma sistemática no hay más que un paso. Como diría Kafka en El Proceso, “la mentira se convierte en orden universal”.

Antes se decía que con la verdad se iba a cualquier parte. Ahora, decir la verdad es el principio de una tragedia a punto de estallar. Zapatero negó en su día la crisis económica y acabamos precipitándonos en ella con violencia de geiser. Con el PP, la mentira es el manto, la toca y la peineta con los que se cubre cualquier acción de gobierno, sea en diferido o con carácter retroactivo. Gürtel, Bárcenas, Casa Real y Nóos, y lo que termine por salir  flote de ese iceberg colosal de la mentira que los gobiernos, pero en especial este último, han administrado con tanta desvergüenza como hipocresía.

Pensar que por decir la verdad, investigarla, aclararla, y denunciar la mentira esté donde esté, conseguiremos que quienes nos gobiernan se convertirán en niños buenos y nunca dirán mentiras, es de una ingenuidad absoluta. Y no porque ya el filósofo Heráclito nos aclarara que la naturaleza de las cosas tiene por hábito el ocultamiento, que también, sino porque el ser humano es, esencialmente, un mal bicho, a quien le cuesta muy poco sacar a flote su naturaleza de depredador y caníbal. Sin olvidar que las instituciones sociales que el mismo funda son derivaciones de esa misma naturaleza.

El problema tiene, por tanto, una raíz muy familiar. El Estado cree que tiene el derecho a mentir por razones de seguridad ciudadana. Lo que es el acabose del paternalismo: “Te miento por tu bien”.

Y aquello de que “la verdad os hará libres”,  pasó a mejor gloria. A lo sumo, y esto con mucho esfuerzo, nos haría verdaderos. Pero verdaderos, ¿para qué? Para nada. Como decía Karl Kraus, “todo es verdadero, y también su contrario”. Hoy, al niño del cuento de Andersen que dijo que el rey iba en pelotas, sus propios padres lo hubieran encarcelado o llevado a un centro de menores, y, en el mejor de los casos, al óptico más cercano.

El argumento ya estaba en Platón. Los aparatos del Estado y el Gobierno saben bien de lo que hablan y de lo que se llevan entre manos, así que dejémoslos que actúen, que lo harán mucho mejor que nosotros que somos ignorantes perdidos. Ya sabemos por experiencia que la premisa de la identificación platónica entre conocimiento y virtud no conduce al bien. Lo único que garantiza es el principio autoritario de la legitimidad demócrata y tecnocrática. Si solo actúa bien quien conoce el bien, y solo lo conoce quien tiene el Poder, la ciudadanía tendrá que aceptarlo so pena de sufrir las consecuencias inmediatas de su incredulidad laica. Pero no hay que preocuparse. El gobierno todo lo hace por nuestro bien. Incluso, cuando nos miente de modo tan repugnante.

Antes he insinuado que la historia viene de muy lejos. Desde Platón y reciclado por Maquiavelo, desde luego. Pero recordemos que en 1778. Federico II de Prusia, el gran emperador del Despotismo Ilustrado, amigo de Voltaire y de Condorcet, propuso a la Academia Real de Ciencias y Letras de Berlín la convocatoria de un concurso de ensayo con una proposición bien apetitosa para cualquier filósofo: “¿Es útil para el pueblo ser engañado, bien sea mediante la inducción a nuevos errores, bien manteniéndolos en los que ya tiene?”.

De los treinta y tres trabajos que se aceptaron finalmente, veinte optaron por la respuesta negativa; y trece, por la afirmativa. Sin embargo, a la hora de fallar el concurso, Federico II de Prusia hizo valer su opinión regia para que el premio se dividiera entre el matemático Castillon, que sí era partidario del engaño, y del filósofo Becker, que no lo era bajo ninguna perspectiva.

Aquel fallo fue la consagración de la derrota de la verdad, de la transparencia y de la razón en una época en que la sociedad comenzaba a ser mayor de edad y se atrevía a pensar, como deseaba Kant, en definitiva, a ser ilustrada.

Desde entonces, los argumentos a favor y en contra del engaño para gobernar siguen donde estaban. No se han movido un ápice. Si leen dichos ensayos –publicados por el Centro de Estudios Constitucionales, en 1991-, observarán en ellos las mismas artimañas y falacias de hoy para mantener el status quo de la falsificación y los mismos razonamientos en favor de la transparencia.

Así que como en Alicia en el país de las maravillas, seguiremos en la brecha corriendo a toda prisa si queremos permanecer en el lugar en que estamos.

La derrota de la verdad