martes 20/10/20

Coronavirus, ciencia y religión

El olvido de Dios
Defensor Pacis. Patavinus, Marsilius
Defensor Pacis. Patavinus, Marsilius

No hace falta ser un fundamentalista religioso, tipo Munilla, obispo de San Sebastián o Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, para interpretar la pandemia como un castigo de Dios. O acordarse del pecado original, uno de los más ingeniosos comodines teocráticos para explicar las desigualdades sociales y el mal del mundo.

Como dijo el converso Chesterton, “gracias al pecado original todas las edades quedaron fracturadas”. Menos mal que Jesucristo vino al mundo para redimirnos de semejante mierda raigal.

Tampoco es necesario un integrista religioso para caer de bruces en este tipo de explicaciones providencialistas. Rara vez el creyente, sea fundamentalista o progresista -si tal cosa es posible en materia religiosa-, se libra de utilizarlas. Los representantes de Dios y su familia en la tierra, a los que Marsilio de Padua llamaba usurpadores, caso de los papas y de los obispos, jamás han logrado eludir dicho principio de causalidad, convirtiendo el mal a secas en un mal moral o religioso.

En definitiva, el olvido de Dios es el origen de toda desdicha humana.

Parece lógico que el creyente sea incapaz de desentenderse de esta perspectiva y que acepte que una pandemia sea un mal a secas. Para él seguirá siendo un mal moral advenido por la nula fe en Dios. Pero las relaciones de Dios con el mal en el mundo siguen dando muchos quebraderos de cabeza a los buenos creyentes. Algunos aceptarán tímidamente que El poco o nada tiene que ver en la irrupción de esta pandemia, pero, congruentes con su fe, terminarán confesando que “ello forma parte de sus planes inescrutables” y como son inescrutables, a ver, quién los “desinescruta”. Y lo que a ningún creyente de buena fe le quitará nadie de su mollera es que, en su relación con esta Inescrutabilidad,encuentra un placebo mucho dulce que el paracetamol o la penicilina, sea para frenar el dolor o la muerte de un familiar: “Dios nos lo dio; Dios nos lo quitó. Alabado sea su santo Nombre”.

¿Debate entre ciencia y religión?

J. J. Tamayo, teólogo de la liberación (sic) -que no militante de la liberación de la teología-, afirmaba que, al igual que los fundamentalistas creyentes, los denominados “materialistas científicos”, caen de igual modo en idénticas perspectivas de interpretación, alardeando de “pretensiones filosóficas”.

En cuanto a su afirmación de que la actual pandemia ha abierto un debate entre ciencia y religión, es posible que se haya dado en Inglaterra o en EE.UU, pero no en España. En parte, porque no está el horno mental de la gente -menos aún el de los científicos -, para dedicarse a tales lucubraciones inútiles y emular así las innumerables fantasías de los teólogos cuando hablan de lo mucho que nos quiere Dios, como las que se han extendido en las redes sociales gracias a las pastorales de los obispos.

Hace tiempo que la ciencia va por Antequera y la religión por Navas de Tolosa. Ni son tendencias complementarias, ni contradictorias. La religión no es ningún freno, ni ningún obstáculo para que la ciencia avance. No debería serlo, desde luego. Es verdad que a la Jerarquía Eclesial le gustaría que la religión fuese esa barricada contra los embates de la ciencia. Le encantaría detener la ciencia en seco y someterla al Derecho Natural, dejándolo todo en manos de Dios, es decir, en la de los obispos, que esa fue la trípili de Reig Pla y de Rouco Varela.

¡Con lo que ha costado a la ciencia librarse de la soga asfixiante y oscurantista de la Iglesia en materia científica para que vengan algunos teólogos a clamar que la Ciencia y Religión son compatibles…! ¡Que no, hombre! Aquí, como en el aforismo de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, vendría como anillo al dedo decir: “dar a Esculapio lo que es de Hipócrates, y a Isaías lo que es de san Lucas”.

La ciencia ha seguido su evolución a costa de mucho sufrimiento y ello por culpa de una Iglesia intolerante e inquisitorial, siempre en oposición absoluta a los descubrimientos de la ciencia. Y, a estas alturas, no será necesario citar los infinitos casos de científicos que las pasaron más canutas que una rata en un laboratorio nazi por culpa de la dogmática eclesial… Paradójicamente, la Iglesia fue siempre partidaria de la pena de muerte hasta hace cuatro días e, incluso, de la eugenesia. ¿Cuándo se le vio condenar la eugenesia que practicaron los nazis de forma abyecta y que algunos prebostes del franquismo, caso de Vallejo Nájera, defendían públicamente en España?

La ciencia ha evolucionado a pesar del poder eclesiástico. En cambio, la Iglesia sigue estancada en su inmovilismo teocrático, a imagen y semejanza de su Dios Inmutable por Esencia. ¡Si hasta censura la publicación de libros escritos por teólogos de la liberación, impidiéndoles, incluso, la docencia!

Es mucho mejor, más higiénico, sobre todo para la ciencia, que se mantengan alejadas, sin rozarse lo más mínimo. Ni siquiera es un matrimonio mal avenido, porque jamás lo fue, ni siquiera disfrutaron de un feliz noviazgo. Curioso que, ahora, se reivindique su ayuntamiento.

En la actual pandemia, ¿qué ha ofrecido la Iglesia? Misas, rosarios, vía crucis e invocaciones al Sagrado Corazón de Jesús y de María. Y, sí, es verdad, en ocasiones, ha funcionado como una ONG de Cáritas -con dinero del Estado, es decir, del ciudadano-, ayudando a superar la situación de pobreza en que muchos se han visto abocados y a quienes el Estado no ha llegado a través de sus sucursales laicas. Pero, en sentido estricto, ni Dios, ni la Patria, ni el Rey han sido paliativos recurrentes.

Solo lo ha sido la ciencia y su praxis.

Hoy, como ayer, sin los avances científicos nada se hubiese conseguido en farmacología, ajeno a las supercherías de ojete y ombligo clásicas. En cuanto al placebo de la religión, seguro que algunos lo han experimentado, pero después de ingerir buenas dosis de paracetamol.

¿Conflicto entre ciencia y religión?

No existe ningún conflicto entre ciencia y religión. Solo lo hay cuando los curas intervienen en los hospitales con su bioética teocrática en casos de eutanasia y situaciones extremas de parecido contenido, sea el aborto, reproducción asistida, selección de embriones…

Si existe un conflicto, lo será tan innecesario como falsable, que dijera Popper. De ese conflicto o tensión, caso de darse, no ha de salir nada bueno, menos para la ciencia quien, en modo alguno, debería sentirse aludida por los principios dogmáticos de las sagradas escrituras, que es el vademécum que la Iglesia consulta.

La religión, sea cual sea, siempre ha tenido pretensiones totalitarias; bien distinto al carácter permeable y abierto del conocimiento científico que somete sus descubrimientos a una crítica severa, tras procesos rigurosos de experimentación. El terreno de la ciencia es el de la autonomía; se rige por datos empíricos y verificables: el denominado conocimiento científico. El de la religión es el espacio de la heteronomía, de la servidumbre, regido por leyes y dogmas jamás testados empíricamente; lo que depara no es ni siquiera conocimiento, sino un conjunto de afirmaciones etéreas a cuál de ellas más inverosímiles.

¿Que ciencia y religión deben coexistir? Claro. Como coexiste el agua y el aceite. Cada uno en su esfera. Sin interferencias.

Ciertos teólogos sostienen que ciencia y religión no tienen por qué estar en contradicción? No lo tengo tan claro. Porque, si no es así,¿cómo se sostiene el dogma de la Inmaculada de la Virgen María y lo que dice la ciencia? Si Benedicto XVI afirmaba que “lo que es racional es compatible con la fe revelada por Dios y con las sagradas Escrituras”, ya se dirá, entonces,¿qué porción de racionalidad cabe en el hecho milagroso que acabo de enumerar?

Ni compatibles, ni complementarias

Como argumento a favor de la compatibilidad entre ciencia y de religión suele traerse a colación una vieja distinción que asegura que la ciencia se ocupa del cómo sucede algo, mientras que la religión responde al por qué y para qué de lo sucedido. De este modo, el círculo de la incertidumbre existencial queda, supuestamente, cerrado.

Se olvida que ese estupendo lugar explicativo, atribuido a la religión, también se ha aplicado a la literatura ya la filosofía, las cuales describen en cantidad de novelas y de ensayos el sentido de la vida o la falta de sentido de esta, que también.

En el caso de la pandemia, demos por hecho que la ciencia nos explica y nos describe cómo ha sucedido tal desgracia, y que la religión nos ha dicho por qué y para qué nos ha llegado semejante pedregada, labor catequística que han hecho mayormente, por un lado,  los intérpretes de Dios en la Tierra y, por otro, algunos filósofos, en cuyo campo se dan todo tipo de creencias: desde el creyente más furibundo hasta el ateo, pasando por el agnóstico, el deísta y el panteísta.

La pregunta, aunque impertinente, podría ser esta: ¿en qué medida las respuestas al por qué y al para qué dadas por la religión en el caso de la pandemia, complementan a la ciencia? Aclarar que la pandemia se debe a los pecados de los hombres, ¿en qué perfecciona el saber de la ciencia?De ninguna manera. Y nadie debería alarmarse por ello. Lo ideal es que ni la ciencia, ni la religión, se marquen el camino a seguir, algo que, habitualmente, la Iglesia no respeta, metiendo sus narices, eso sí muy teológicas ellas, en un terreno que no le es afín. No solo eso. Los hay quienes, no solamente lo hacen, meter las narices, sino que afirmarán sin escrúpulo alguno“la ciencia moderna emerge en Occidente gracias al pensamiento cristiano”, que era lo que nos faltaba por escuchar. Pues para ser el cristianismo el alfa y la omega de la ciencia en Occidente, ¡menudas maneras tan delicadas tuvo de enfrentarse a Bruno, a Kepler y a Galileo!

En cuanto al hecho de que hayan existido científicos que vestían traje talar, fueran simples sacerdotes de aldea o frailes de convento, como Mendel, el de los guisantes, no significa que la ciencia como tal y la religión como otro tal sean compatibles entre sí. Pero ya puestos, ojalá que todos los obispos ejercieran, además de obispos, como científicos en sus horas libres. Seguro que no serían tan cerriles; decir más científicos, sería demasiado. Vendría bien leer la novela de Carlos Casares, Ilustrísima-, que cuenta “la historia de un Obispo inteligente y bueno” que defiende la llegada del cinematógrafo a “Orense” frente a la intransigencia del resto de la camada de fanáticos creyentes que se oponen a cualquier signo de modernidad y que, como metáfora, el cinematógrafo representaría, grosso modo, la ciencia.

Religión y ciencia deben moverse en su ámbito procedimental. Seguro que Mendel cuando trajinaba con las vainas de los guisantes no interfería sus notas científicas, producto de la paciente observación, con citas del evangelio.

Ni tienen que colaborar, ni competir, ni excluirse. La penicilina va por un lado y el Sagrado Corazón de Jesús por otros cerros.

Ciencia y religión no se oponen, claro que no, pero da pavor -al menos por lo que ha sucedido en este país-, cuando un teólogo o un filosofo, creyentes ambos, enarbolan el valor de “la religión como crítica (ética) de toda praxis científica que pueda implicar daño o ataque al ser humano, basándose en la defensa de su dignidad”.

Lo que son las cosas. No he leído nunca a un científico decir que una de sus actividades como tal científico es vigilar la praxis religiosa de obispos y de sacerdotes que atentan seriamente contra la salud racional de las personas. Y dicha labor no sería de locos y de idiotas, desde luego, pero la discreción obliga. En cambio, quienes ordeñan la religión se arrogan el derecho a convertir su praxis en observatorio crítico de las prácticas científicas, y ello para defender la dignidad del ser humano.

Responsabilidad de la religión

Comparar e igualar la responsabilidad de la ciencia y de la religión ante la sociedad en un caso de pandemia, es un desatino. Es la torpeza pragmática de esos teólogos que piden que “la religión siga teniendo la responsabilidad en la sociedad que siempre tuvo”. Estaría bien que dejara de tenerla, al menos con esa parte de la sociedad que no cree en ella. La influencia de la Iglesia ha sido nefasta para el equilibrio social, porque su religión es exclusiva y excluyente; no invita a la pluralidad, sino a la uniformidad. La Iglesia nunca ha respetado la diferencia. Ni sexual, ni política, ni, muchos menos, religiosa. Tampoco, científica.

La religión no enriquece la ciencia por mucho que se lo proponga. Jamás lo ha hecho. No es su objetivo. Sus códigos son tan dispares que se dan de bruces. Su concepción teocrática de la vida lo que ha hecho ha sido entorpecer el desarrollo de la ciencia y crear conflictos en nombre de Dios, lo que es la manifestación más clara de su incompatibilidad con la praxis científica y con una concepción de la dignidad humana ajena a la fe, pero tan válida como la que requiere para sí el cristianismo. La Iglesia sigue siendo incapaz de aceptar que en esta vida no hace falta creer en Dios para ser una buena persona. Y que la dignidad del ser humano no procede en modo alguno de su relación con ese supuesto Dios, sino del modo en que trata a sus semejantes. Para lo que es más válido leer a Kant que la pastoral de un obispo o de un papa.

Ni de la religión, ni de la ciencia

Que el jesuita Paneloux y el doctor Rieux, en La Peste, de Camus, terminen luchando al alimón contra el mal físico de la peste que asola la ciudad de Orán, no significa que la religión y la ciencia estén destinados a ser hermanos siameses. Conviene recordar que la mentalidad de Paneloux , aun cuando arrime el hombro para luchar contra la peste junto a Rieux, era del club de los defensores de la Pastoral del Miedo y así lo advierte a su feligresía: “Hermanos míos, habéis caído en desgracia, hermanos míos, lo habéis merecido”. Ni Rouco Varela.

Menos mal que el jesuita aprende que, cuando se trata de echar una mano para atajar una pandemia, no es cuestión de perder el tiempo entre ideologías, creencias y política, como han hecho los impresentables políticos de derechas de este país.

La ciencia, dicho de forma irónica, “es lo que hacen los científicos”. Nada que tenga que ver con la pastoral de un obispo, a no ser que citar cien veces a autores del Antiguo Testamento confiera a dichos textos el calificativo de científico.

Nunca un problema científico será resuelto por la religión. La ciencia se mueve en un territorio que es el del conocimiento y se desarrolla y avanza con la evolución de la sociedad. Si se compara esta evolución con la dela religión, el resultado no puede ser más pavoroso: la Iglesia sigue pegada a la roca de san Pedro sin mover una antena, como si se tratara de un amonite del Cretácico.

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