¿Qué hará este nuevo Gobierno? ¿Establecerá, por fin, línea directa con el papa Bergoglio para decirle, “ché, pibe se acabó lo del Concordato"?

Con relación a los nombramientos de los nuevos ministros, se han disparado las calificaciones a priori por parte de la opinión publicada. En función de ello, gente que se dedica a estas cosas ha dicho que el nuevo gobierno era muy “técnico, político, competente, impactante y sorprendente”.

Adjetivos un tanto sospechosos si quienes los firman proceden de gentes que hasta la fecha se han encargado de joder el sistema público y el régimen de libertades de este país.

Es la repera cómo mueren, no solo los lucios por la boca, sino estas comadrejas del periodismo que, antes de que mueva un dedo el actual gabinete sin estrenar, ya le han augurado su naturaleza y su carácter futuros. Más que analistas de la cosa pública, parecen pitonisas o echadoras de cartas.

Sin embargo, no he visto una alabanza directa a la actitud, esta vez sí impactante y sorprendente -por novedosa- de los nuevos ministros prometiendo sus cargos ante la presencia del Rey, gesto poco edificante, porque el Rey, será lo que sea, pero se trata de una Monarquía impuesta. Le guste o no a la Constitución.

No creo que dicho acto protocolario perdería su esencia formalista y burocrática si el rey, en lugar de vigilarlo, se dedicara a explicar a sus hijas el principio de Arquímedes aplicado a la política y a su caso: “Hay algunos personajes que rompen el principio de Arquímedes: desalojan más de lo que pesan; experimentan un impulso hacia arriba muy superior al valor de su vida o a la densidad de su obra”. Vicent dixit.

¡Quién fuera a pensarlo!

Ni una Biblia, ni un Crucifijo, ni un gesto genuflexo ante un símbolo religioso, como hasta la fecha. Ningún juramento, palabra terrible -sobre todo, desde que el poder religioso se apropió de ella-, y que concita la presencia de un sujeto que nunca ha dado muestras de importarle tres arpegios tan señalado acto del juramento, lo mismo que cuando Willy Toledo se cisca en sus significantes. Dicho de pasada, más que castigar, al artista habría que condecorarlo con un escapulario, toda vez que quien blasfema se acuerda de Dios, lo que en estos tiempos de irreligiosas costumbres es todo un detalle.

Curioso. Lo que era un acto claro -prístino para los puristas- y de fácil comentario no ha tenido un periodista dedicándole cinco líneas. Y mira que puestas así las cosas era fácil, si no aventurar el futuro de lo que nos espera en esta campo, al menos hacer cábalas y manifestar nuestros buenos deseos formulados en interrogaciones para no herir sensibilidades.

Allá van.

¿Qué hará este nuevo gobierno con relación a las clases de religión dentro de las instituciones públicas? ¿Las seguirá manteniendo dentro del currículum escolar? ¿Mandará, por fin, al profesorado de religión católica y musulmana a las sacristías de sus Iglesias y Mezquitas, respectivamente, para que impartan su peculiar catecismo a la infancia y adolescencia? ¿Establecerá, por fin, línea directa con el papa Bergoglio para decirle, “ché, pibe se acabó lo del Concordato"? Las actividades religiosas que todavía se practican en lugares públicos, como Cuarteles, Hospitales y Universidades, y protagonizadas por capellanes nombrados ad hoc y pagados por el Estado, ¿desaparecerán mediante decreto que desarrolle de forma laica como se merece el artículo 16.3 de la Constitución? ¿Se elaborará, por fin, una ley sobre Libertad religiosa, que prometió Zapatero y su cuadrilla?

Esperemos que dicho gesto no se quede en mueca.