jueves 26/11/20

Una reflexión personal sobre el apoyo de Bildu a los PGE

Biblioteca de Bidebarrieta
Biblioteca de Bidebarrieta

Desde junio de 2017 soy secretario general de CCOO. Antes, lo fui durante 8 años de las CCOO de Euskadi. Sé por tanto que cuando asumes según qué responsabilidades tus palabras ya no son tuyas, y el margen de expresar opiniones personales está limitado por la responsabilidad que ejerces, y que te ha cedido temporalmente mucha gente. Mucha y buena gente que además tiene un pensamiento diverso porque Comisiones Obreras es una organización confederada y plural. Y hay temas, que obviamente no son cómodos.

También soy vasco. Una contingencia casual en la vida, que ni quita ni pone mérito y es tan destacable como ser de cualquier otro lugar. He vivido en Bilbao hasta hace tres años y medio cuando vine a Madrid, y aún hoy vuelvo regularmente a mi ciudad y a mi casa, en el  barrio en el que viví desde niño, apenas a doscientos metros de “mi cole”.

He convivido con la existencia de la violencia y el terrorismo, la difícil realidad socio-política vasca, toda mi vida. Mi barrio era un barrio obrero, con mucha inmigración sobre todo castellana y gallega. Mi instituto fue un espacio de socialización donde la complejidad sociológica vasca se expresaba en toda su extensión y a veces con toda su crudeza. Posteriores dirigentes de ETA estudiaron allí -al menos uno, muy conocido, coincidió en aquellos años- . No me tiene que explicar nadie el drama del terrorismo, las expresiones de intolerancia, el fanatismo incluso, que profesaron muchos de quienes alimentaron aquella serpiente.

Tampoco lo difícil que fue articular un movimiento de respuesta cívica y ética a lo que sucedía, y los pocos que se atrevían a significarse. Recuerdo las primeras concentraciones de Gesto por la Paz; recuerdo pintura azul arrojada al balcón de alguna impulsora de Gesto en mi barrio, una catequista cuyo nombre no retengo; recuerdo las caras de agresividad en la biblioteca municipal de Bidebarrieta a donde bajaba a estudiar (siempre me he concentrado muy mal en casa) la primera vez que me puse un lazo azul pidiendo la libertad de un empresario secuestrado, lazo que además iba sujeto con una estrella roja; recuerdo la cara de incredulidad de muchos cuando en “el insti” apareció un enorme papel de estraza que condenaba un atentado de ETA (atentado “execrable” decía, y era la primera vez que yo leía esa palabra).

Pese a todo esto, o precisamente por todo esto, contemplo con enojo -me corroe debiera decir- los términos del debate político respecto al apoyo de EH Bildu a los Presupuestos Generales del Estado.

No voy  a entrar en la cuestión táctica (apoyo explícito y rápido que aleja la opción de Ciudadanos, y la pugna de estrategias entre buscar el apoyo en el bloque de la investidura, o la idea de incorporar a Ciudadanos como una opción complementaria o alternativa); esta reflexión prescinde de esa cuestión que sé que no es menor.

ETA ha desaparecido hace diez años. Sin obtener -ni remotamente- ninguno de sus objetivos políticos. Ni uno. Ni remotamente. Solo en un país como España a ese escenario -que en inapropiados términos bélicos se denominaría “derrota sin paliativos”- se le puede dar la vuelta para asemejarlo a algo así como que se está cediendo “no se sabe qué” al mundo de ETA. Pensar que el acercamiento de presos de ETA a cárceles vascas o la aplicación de beneficios penitenciarios tiene que ver con objetivos de ETA es ser un indocumentado en grado superlativo. La pregunta en todo caso sería qué pinta, qué sentido tiene a estas alturas, la estrategia de dispersión y alejamiento de presos de una banda, cuando ésta ya no existe desde hace una década…

Durante años escuchamos mil veces aquello de que la violencia era inadmisible y los objetivos políticos respetables. Que EH Bildu pueda apoyar unos PGE sin renunciar a sus objetivos políticos, es una muestra de normalización política que solo los más optimistas podían prever hace diez años, y ni remotamente podíamos soñar hace 15.

Sin embargo en España se ha hablado de claudicación ante el terrorismo, “venta de Navarra”, catalogado como “albaceas de ETA” a parlamentarios que nunca en la vida militaron en Herri Batasuna, Batasuna o Sortu, y que incluso formaron parte activa del rechazo a los atentados. Da igual. Todo vale, incluso agitar el trampantojo de ETA, cuando no hay ETA, con tal de contaminar la vida política y la convivencia no ya en Euskadi (mi tierra vive en otra, en este terreno, y así les va a algunos) sino en el conjunto de nuestro país.

Todavía alguien me tiene que explicar por qué si EH Bildu vota a favor de unos PGE (es decir, junto al Gobierno) se desatan las plagas de Egipto y se subyuga a la patria, mientras que si votase en contra (es decir, junto a la oposición)… no pasaría nada.

Por si alguien tiene dudas al respecto, creo que el proceso de restitución del daño causado por parte de las personas que vienen del mundo de Herri Batasuna (no de Aralar, Eusko Alkartasuna, Alternatiba o personas independientes que también forman parte de la coalición EH Bildu), siendo relevante porque ha habido iniciativas en ese sentido es mejorable. Creo que los recibimientos públicos (los “ongietorris”) a presos con delitos de sangre son un insulto a las víctimas. Soy de los que cree que sí, que hay que decir que aquello estuvo mal en todas las circunstancias, que no estuvo justificado de ningún modo, que el relato recurrente de las muchas violencias no puede amparar el error histórico de la continuidad de ETA tras la amnistía que desgajó a los poli-milis.

Pero también creo que en el país que hemos hecho de nuestra Transición un mito de virtud política (pensando como pienso que efectivamente, aquel juego de correlación de fuerzas -o de debilidades- fue un proceso que a la vista de la historia ha arrojado muchas mas “luces” que “sombras”), no está de más recordar que entre las últimas ejecuciones del franquismo -27 de septiembre del 75- y las primeras elecciones democráticas tras el franquismo -15 de junio del 77-, transcurrieron 626 días. Menos de dos años. Y en aquellas elecciones concurrieron un tal Manuel Fraga -ministro con Franco y que en octubre de ese mismo año 77 presentaba una conferencia de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI– y un tal Arias Navarro, apodado “Carnicerito de Málaga” por su papel en el castigo y ejecución de miles de partidarios del Gobierno de la II República. Ambos en las filas de Alianza Popular. ¿Les suena, no? Y hoy, en 2020,  hay en España responsables políticos que no “condenan expresamente el franquismo porque ¿qué es eso de condenar una parte de la historia?”. Y sostienen gobiernos en Andalucía o Madrid.

Concluyo por donde empecé. Sé que esta reflexión no obedece al campo de competencia prioritaria del secretario general de la primera organización de España en este momento. Pero parafraseando a Víctor Manuel “¿cómo voy a olvidarme?”.

Una reflexión personal sobre el apoyo de Bildu a los PGE