En España, con honrosas excepciones, parece que la virgen es el modelo de mujer a seguir. A las otras, a las que claman por sus derechos, a las violadas, y maltratadas se las aparta y se les niega la protección necesaria

Estamos rodeadas…

En un ligero repaso, y a vuela pluma, vemos que la Iglesia Católica conserva los púlpitos, cuenta con una ley que le permite impartir clases de religión en las Escuelas Públicas, controla emisoras de radio y televisiones, todo ello para publicitar los mensajes marianos y evangélicos. A ello sumamos que bastantes alcaldes y personal anexo otorgan medallas y otros honores a las diversas vírgenes de la Iglesia Católica; lo cual demuestra que estamos en un “Estado confesional”, aunque la Constitución no lo diga abiertamente. Unos dirán que no quieren romper las tradiciones del lugar, que no hay por qué molestar a cofradías, votantes y otras parentelas que arropan a la santa madre iglesia, pero otros y otras harán las ofrendas por dar coherencia a sus ideas. Y por ello mantengo que, ”estamos rodeadas”, ya que mantener ciertas costumbres refuerza la figura de la virgen María como modelo de mujer. Otro aspecto nos lo muestra Fray Luis de León en su libro, La perfecta casada, ya que las mujeres, según los doctos hombres de la Iglesia, solo han de servir como madres de humanos, o conviviendo en virginal maridaje como esposas de Dios.

Es viejo relato y ya dura demasiado.

Desde que se impuso la cultura Patriarcal, la mujer es considerada un patrimonio muy valioso para la reproducción y siempre al servicio de hombres y religiones. Miles de años han pasado pero no parece que la evolución del pensamiento reflexivo haya caminado en ruta paralela con la tecnología lograda. O simplemente ha avanzado en base a la “Razón instrumental”, como afirmaban algunos filósofos de la escuela de Frankfurt, seguidores de Marx. Todavía hoy, las mujeres debemos arrancar derechos que deberían estar asumidos en las sociedades, llamadas avanzadas. Las mujeres irlandesas y argentinas, en su lucha por el aborto legal, lo han dejado muy claro, como antes lo dejamos las españolas y otras muchas en diversos países.

En la antigua Grecia, donde una mujer no tenía más derechos políticos o legales que un esclavo, se la llamaba sencillamente gyne, que significaba portadora de hijos. ¡Terrible!; las mujeres reducidas simplemente a vientres. Y es que un mito griego relata que el útero deambula por el cuerpo de la mujer, causando graves enfermedades. Platón fue uno de los primeros filósofos que describió la histeria, afirmando que el útero inactivo se irrita y encoleriza, que anda errante por todo el cuerpo de la mujer, pone al cuerpo en peligros extremos y engendraba enfermedades si permanecía sin producir fruto durante mucho tiempo, y esa era la causa de la histeria femenina. Pero, ¿de qué hablaba Platón. Él, en vez de reflexionar sobre el particular, que para eso era filósofo, no hizo más que seguir al padre de la medicina, Hipócrates, contemporáneo suyo. Pues, sí, el padre de la medicina se refería en su Tratado sobre las enfermedades de las mujeres, a la sofocación histérica, una dolencia que aparecía cuando el útero emigraba hacia la parte superior del abdomen en busca de otros fluidos. Hipócrates y Platón se dieron la mano para hablar de las mujeres y difundir lo que pensaban de ellas.

Y si los griegos concebían a la mujer tan solo como un útero bailarín, una vasija en la que depositar el germen del varón, cuando la Iglesia Católica ocupó el vacío político que generó la caída del Imperio Romano fue todavía más lejos. Los santos varones consideraron el sexo algo sucio y a las mujeres como una amenaza para la salvación masculina, y por ello plasmaron en la virgen la perfección deseaba: María, madre y virgen a la vez. La jerarquía de la Iglesia Católica no se cansaba de predicar que el ser humano estaba lleno de pecado, (especialmente las mujeres). Conclusión; los doctos varones, tanto si hablaban en nombre de los dogmas de fe, de la filosofía o de la ciencia, coincidían en no conceder a la mujer más puesto que el de auxiliar al hombre, y siempre al servicio de Dios. Y esta gran coalición ha irradiando prolijamente su pensamiento a la sociedad; mentalidad que aún perdura.  

Es viejo relato y ya dura demasiado.

Tanto ayer como hoy, las religiones monoteístas quieren seguir reglamentando la vida de las mujeres y dentro de la que nos afecta, la jerarquía de la iglesia Católica lanza soflamas sobre los peligros que entrañan las mujeres a través del Feminismo, y qué decir del Laicismo. Son los dos movimientos que reclaman a la Iglesia que se desprenda del poder omnipresente que sigue manteniendo en todos los ámbitos de la sociedad. No es casual que El Lobby Europeo de Mujeres (LEM) ha manifestado, recientemente, su preocupación porque la religión está teniendo un gran impacto en las políticas europeas y nacionales, socavando la igualdad entre mujeres y hombres.

Y es que iniciado el S.XXI, debemos seguir enfrentando una propuesta racionalista con otra dogmática, cuyo argumento es: “Dios así lo quiere”. Dicho de otro modo, ¿podemos conceder el beneficio de la duda a los opositores al derecho a decidir de las mujeres en el tema del aborto, cuando sus más beligerantes obispos no tienen reparos en equipararlo al holocausto? Bien sabemos que sobre el cuerpo de la mujer recaen todos los males, y que de nuestra capacidad reproductora las religiones han creado todo un corpus y, por tanto, el aborto está fuera de sus  parámetros morales. Los textos religiosos establecen las funciones que hombres y mujeres deben cumplir en la familia y en la sociedad; dichos relatos tienen una misión educadora y en ellos se apoya la jerarquía de la Iglesia Católica para afirmar el gran pecado que ejercen las mujeres cuando reclaman el aborto. ¿Cómo organizar la convivencia entre razón y dogma?

Los mitos sirvieron a la humanidad para intentar comprender el mundo que les envolvía, mitos creados por la imaginación, pero no por la razón. Exigir la separación de Iglesia y Estado, en todas las administraciones públicas, es vital para la educación en igualdad que debe darse entre hombres y mujeres, igualdad que el feminismo reclama. Es necesario defendernos de los dogmas de fe que la Iglesia impone, pero si además  las administraciones públicas, de diverso signo ideológico, otorgan a las vírgenes  medallas y ofrendas de todo tipo, dan una patada al artículo 16 de la Constitución, la cual establece que, “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

En España, con honrosas excepciones, parece que la virgen es el modelo de mujer a seguir. A las otras, a las mujeres que claman por sus derechos, a las que son violadas, maltratadas y vilipendiadas, se las aparta y se les niega la protección necesaria para salir del ostracismo o evitar su muerte. Es por ello imprescindible la separación de Estado e Iglesia y, con ello, la práctica del laicismo en ayuntamientos, comunidades y demás administraciones públicas.