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martes. 04.10.2022

Little boy

Ocurrió en agosto.

Yo no quise, me subieron a la fuerza en el Onola Gay. Él estaba preparado para alzar el vuelo; era el portador del gran descubrimiento. Sólo esperaba la orden para  sobrevolar la tierra anunciada. 

El Presidente tenía un mandato divino que le obligaba. Orgulloso de cuantos hombres le precedieron en el cargo, se sabía protector de cielos y tierras. “Dios Salve a América”, rezó y todos repitieron la letanía. Era una cruzada donde la voluntad de poder alimentaba la lucha; un camino que no admitía retorno, un combate que no permitía tregua. Les sobraba convicción; descendientes de hombres que con fusil en mano ocupaban pueblos y segaban vidas, ahora se encontraban ante un nuevo reto. Y se alzó la mano que dio la orden, la voz que impuso el terror. “Dios Salve a América”, repitió el Presidente.

Y Enola Gay alzó el vuelo.

Repito, yo no quise, me subieron a la fuerza. Todo se apartaba ante el vuelo marcial del águila acerada; acotaba espacios, coronaba montañas, atravesaba el aire. El hombre que dirigía la nave no ignoraba que la obediencia era sagrada, más aún era posible un minuto para sembrar la duda, tan sólo un instante que evitara el desastre. Pero si lo hubo, pudo más la figura del héroe alzándose sobre cualquier sentimiento de ternura.

Sentí que activaba el mando que abría la compuerta y yo quedé al descubierto. Sentí el azote del viento, el ronco sonido del vuelo. Quise aferrarme a las frías esquinas del cubículo, desafiar el destino que sobre mí pesaba, pero no pude; las resbaladizas paredes estaban preparadas para mi expulsión. Supe que aún existía un resquicio para evitar la catástrofe, para que el hombre recordase los años vividos con Nora, los primeros balbuceos del hijo. Puede que existiese la duda, pero prevaleció la obediencia debida. Y yo salí de las entrañas del Enola Gay.

Vi el paisaje como decorados superpuestos de una realidad transitoria.

Y la tierra elegida se desgarró entre rugidos de muerte. Una polifonía de gritos se adentró en el mar, se elevó hasta las montañas, se hundió en los abismos. Y el lugar elegido se debatió entre el dolor y el asombro, entre el llanto y el abandono. Después, un intenso silencio se apoderó de Hiroshima.

Y el horror reinó sobre los despojos humanos. Yo, Little Boy, estoy entre ellos; entre el aire, entre las cenizas, entre los muertos. Oigo sus lamentos, los últimos estertores de vida, el llanto de los niños, los gritos de las madres sosteniendo los cuerpos rotos de sus hijos.

Ahora, la negra lluvia empapa la tierra y sobre ella, los ojos de los supervivientes miran espantados la noche anticipada. Los cuerpos marcados de los Hibakushas arrastran el horror. Repito, yo no quise, me subieron a la fuerza, abrieron la compuerta y me tiraron al vacío. Aquel hombre pudo arrepentirse, dudar un instante, dejarme dentro del vientre de Enola Gay, sobrevolar la tierra, abandonarme en cualquier lugar deshabitado, pero pudo más la obediencia debida.

El Presidente no escuchó los gritos. Sentado sobre mullido sillón de cuero, y con una copa de brandy entre sus dedos, escuchaba la quinta sinfonía de Mahler, mientras murmuraba, “Dios Salve a América”.

Little boy