”Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoran (no darán así a sus maridos motivos de celos ni se pondrán ellas en peligro), andando fuera de ellas las destruyen”.
Fray Luis de León


La perfecta casada no es, si quiera, la “perfecta mujer”, ya que no se admite otra mujer que no sea casada o entregada al servicio de Dios; observamos que no tiene una categoría por naturaleza propia, sino como servicio al varón

Por gran poeta se le tiene y sin pretender arrancar el valor de sus versos, es obligado afirmar que sintió el mismo desprecio por las mujeres que sus predecesores. La sensibilidad que tuvo sobre ciertos aspectos de la vida no irradió hacia ellas, no cambió la tradicional visión que sobre las mujeres tuvieron los hombres cultos durante siglos. Hombres creadores de opinión y, por tanto, de influencia en la educación fueron continuistas de una cultura patriarcal; cultura que condena a las mujeres a seguir siendo objetos de consumo y auxilio del varón de todas sus necesidades.

En 1587, Luis de León escribió su carta-prólogo al Libro de la vida, de Teresa de Jesús. Había examinado sus escritos para publicación y aprobado el autógrafo del «libro grande» -como lo llamaba la santa- que ella había redactado en su celda apartada del monasterio de San José de Ávila entre los años 1563 y 1565, después de haber fundado, en 1562, el primer monasterio de la reforma. Fray Luis admiraba la labor de la monja reformadora, pero esa admiración no llegaba al resto de las mujeres. El poeta, en su obra, La perfecta casada, deja muy claro lo que piensa de ellas. La perfecta casada no es, si quiera, la “perfecta mujer”, ya que no se admite otra mujer que no sea casada o entregada al servicio de Dios; observamos que no tiene una categoría por naturaleza propia, sino como servicio al varón. Así, en el matrimonio la esposa debía ser honesta, fiel, estar en casa, atender al marido en todo lo necesario, no darse al ocio, sino más bien al trabajo continuo y cuidar de sus hijos. Esta obra sirvió para educar a la sociedad del siglo de Oro y pretende seguir marcando las pautas de comportamiento de la mujer. 

El Clérigo considera que Dios no dotó a las mujeres del ingenio que piden los negocios ni de las fuerzas para la guerra ni del campo, y además deben sentirse felices con su suerte. Dios las creó para la casa y los hijos y la obra, La perfecta casada, ofrece una fiel imagen de la concepción que los clérigos tenían y siguen teniendo de las mujeres:  

“Porque cosa e tan poco ser como es otro esto que llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor ni de ser, sino es porque la inclina á ello y la despierta y alienta alguna fuerza de increíble virtud que ó el cielo ha puesto en su alma ó algún don de Dios singular” (p.38; Barcelona: Montaner y Simón Editores, 1898).

“…y para decirlo enteramente en una palabra, es como el ser y la substancia de la casada; porque, si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa ramera y vilísimo cieno, y basura lo más hedionda de todas y la más despreciada. Y como en el hombre, ser dotado de entendimiento y razón, no pone en él loa, porque tenerlo es su propia naturaleza, mas si a caso lo falta el faltarle pone en él mengua grandísima, así la mujer no es tan loable por ser honesta, cuanto es torpe y abominable si no lo es. De manera que el Espíritu Santo en este lugar no dice a la mujer que sea honesta, sino presupone que ya lo es, y, a la que así es, enséñale lo que le falta y lo que ha de añadir para ser acabada y perfecta. (…) Y por la misma manera, Dios, en la honestidad de la mujer, que es como la tabla, la cual presupone por hecha y derecha, añade ricas colores de virtud, todas aquellas que para acabar una tan hermosa pintura son necesarias. Y sea esto lo primero.”

Cap. III, 2º párrafo

Que es decir que ha de estudiar la mujer, no en empeñar a su marido y meterle en enojos y cuidados, sino en librarle dellos y en serie perpetua causa de alegría y descanso. Porque, ¿qué vida es la del aquel que ve consumir su patrimonio en los antojos de su mujer, y que sus trabajos todos se los lleva el río, o por mejor decir, al albañar, y que, tomando cada día nuevos censos, y creciendo de continuo sus deudas, vive vil esclavo, aherrojado del joyero y del mercader?

Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo: «Hagámosle un ayudador su semejante» (Gén, 2); de donde se entiende que el oficio natural de la mujer, y el fin para que Dios la crió, es para que sea ayudadora del marido, y no su calamidad y desventura; ayudadora, y no destruidora. Para que la alivie de los trabajos que trae consigo la vida casada, y no para que añadiese nuevas cargas.”

Cap. IV, 1º y 2º párrafo

Quiere decir que, en levantándose, la mujer ha de proveer las cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de agora hacen, que unas, en poniendo los pies en el suelo, o antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se asientan con su espejo a la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres o cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene a comer el marido, y no hay cosa puesta en concierto. […] ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer, y se la dió por compañía al marido, fue para que le guardase la casa, y para que, lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traído a casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave? […] Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice Sant Pablo a su discípulo Tito que enseñe a las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas, y que amen a sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas». […] Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son y conténtense con lo que es de su parte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. […] Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoraran, andando fuera de ellas las destruyen. Y las que con andar por sus rinconea, ganarán las voluntades y edificarán tu consciencias de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo propio de la mala mujer el vaguear por tu calles, como Salomón en los Proverbios lo dice, bien se sigue que ha de ser propiedad de la buena el salir pocas veces en público.”

Cap. XVII, varios párrafos

Los frutos de la virtud, quiénes y cuáles sean, San Pablo los pone en la Epístola que escribió a los gálatas, diciendo: «Los frutos del Espíritu Santo son amor y gozo, y paz y sufrimientos, y largueza y bondad, y larga espera y mansedumbre, y fe y modestia, y templanza y limpieza». (Gál, 5.) Y a esta rica compañía de bienes, que ella por sí sola parecía bastante de sí mesma, se añade o sigue otro fruto mejor, que es gozar en vida eterna de Dios. Pues estos frutos son los que aquí el Espíritu Santo quiere y manda que se den a la buena mujer […]”.

Cap. XXI, 1  párrafo