domingo 31.05.2020

El grito de las fronteras

Los países desarrollados siguen blindando fronteras para los hombres, pero no para los capitales...

Los países, llamados desarrollados, siguen blindando las fronteras para los hombres, pero no para los capitales

Las migraciones económicas nos dicen que la suerte de la humanidad se escabulló entre las manos, y que lo que Hobbes anunció hace siglos: “El hombre es un lobo para el hombre”, sigue teniendo plena vigencia. Hoy, los muros siguen levantándose para vergüenza de una política apresada en los brazos de ese “poderoso caballero”, que es el dinero; cruel, indolente, incapaz de resolver los problemas del mundo sin una fuerza motriz que lo dirija hacia el beneficio de los pueblos. De nada sirve la Declaración de Derechos Humanos de 1948; ésta se ha quedado en papel mojado.

Los países, llamados desarrollados, siguen blindando las fronteras para los hombres, pero no para los capitales; el dinero viaja sin toparse con muros de alambres que rasguen su piel, ni guardias que lo apalee y dispare. El dinero viaja libremente y nadie lo detiene, emigra hacia paraísos fiscales; y se muestra sin tapujos ostentando sus atributos más poderosos y despiadados. Los grandes capitales no tienen que saltar vallas de espinos, ni afiladas concertinas; es libre como el viento, pero levanta ciclones y huracanes de alta densidad. La vida se juega en un gran casino donde los jugadores no tienen compasión ni quieren saber nada de la justicia; el horror económico es un corredor de fondo que sigue su carrera arrollando a quienes intenten ponerse en su camino.  

Y frente a ese “poderoso caballero” están los hombres y mujeres que huyen del hambre, de las guerras, de las enfermedades endémicas, de las epidemias antiguas y de las nuevas que nadie espera. Ellos y ellas también son corredores de fondo que se juegan la vida en el intento. Pero no escapan todos, solo lo hacen las personas que todavía pueden huir del corredor de la muerte en que se ha convertido África. El resto está incapacitado para hacerlo, esperan la muerte sin espavientos, la esperan porque no tienen fuerzas para escapar de ella. Los que no se resignan huyen; pagan lo poco que tienen a las mafias que trafican con el dolor humano y se embarcan en la aventura del estrecho o del Mediterráneo sin vislumbrar fronteras. Pero allí están, impasibles les esperan para decirles que sus sueños no existen, que solo pueden aspirar a vivir pesadillas.

Vienen de sur, desde Marruecos, desde los países subsaharianos donde existir se convierte en tragedia. Ceuta y Melilla, esas tierras norteafricanas que se muestran como jirones de un pasado colonial son la antesala de Europa; esa Europa deseada que se ha convertido para ellos en salvación. Pero son muy pocos los que lo consiguen; la mayoría son expulsados a las ardientes arenas del desierto, a errar por caminos inhóspitos a esperar tiempos que no llegan.

“Nos llevaron hasta la frontera y nos dejaron tirados en la parte argelina a las 11 de la noche. La policía argelina apareció con sus armas…y nos llevó a su base. Yo intenté escapar pero uno de ellos gritó ‘¡no corras!’ y disparó. Me agaché y la bala me pasó rozando. Me golpeó hasta cansarse, con sus botas, con sus armas…Cogieron mi ropa y la quemaron. Cogieron nuestro dinero. A las cuatro de la madrugada nos dejaron ir; solo teníamos la ropa interior que llevábamos puesta. Afortunadamente, nos cruzamos con un marroquí de camino a la mezquita, nos preguntó qué nos había ocurrido y nos regaló algo de ropa”, relata  Denis, de 16 años, a Médicos sin Fronteras.

Se alzan las fronteras, pero los hombres y mujeres se rebelan, las desafían. Y desde ellas lanzan sus desesperados gritos. Preguntan: “Dónde quedaron los derechos humanos, los convenios internacionales, las promesas. Son muñecos rotos entre las alambradas o entre las aguas del estrecho.

Los acuerdos de buena vecindad y amistad que suscribieron Marruecos y España en 1991, han pasado por toda suerte de desventuras hasta ser reactivados en el año 2003. España concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica a siniestros personajes marroquíes para sellar el pacto; entre ellos se encontraban los generales, Hamidu Laanigri y Hosni Bensliman, acusados de secuestrar, violar y torturar en la etapa más dura del reinado de Hassan II; todo un ejemplo de buena vecindad.

El gobierno marroquí se ha comprometido a vigilar las fronteras, el gobierno español le ha prometido ayudas económicas y las empresas españolas siempre están dispuestas a emigrar a Marruecos, allí la mano de obra es todavía más barata que en España. El problema es tan profundo que da miedo mirarlo. La Convención sobre refugiados políticos de 1951 establece que no se puede expulsar a personas que corran peligro en sus países de origen por motivos políticos. Habrá que recordar que el hambre y las epidemias también matan, que esas lacras deberían ser motivo de asilo. África es un reto para la Comunidad Internacional; esa comunidad que se pertrecha con buenas palabras, con tratados y convenciones que se quedan en papel mojado; papeles e intenciones que, como las pateras, también naufragan. 

El grito de las fronteras