Nuevatribuna

Silencios y reencuentros

Aprovecho la bonanza del día y una terraza bajo arbolado, solitaria, para corregir, repasar y mutilar el primer borrador de mi próxima novela a editar… Dios mediante.

Hay silencios que resuenan como aldaba repicando en puerta de fortaleza. Ignoro el tiempo que hace que una pareja ha ocupado la mesa cercana. No recuerdo haberlos visto llegar. Sin duda la concentración en mi tarea me tuvo protegido hasta el momento en que he sido consciente del silencio. «Su silencio», que ha oficiado de picaporte para abrir la puerta de mi atención hacia ellos.

Él, embebido en un grueso libro, quizás científico. Ella, perdiendo la mirada entre racimos de hojas a quienes llegó su fecha de caducidad. Ella, sin duda apercibida de mi atención, musita a Él un — ¿Qué tal? de tímida aldabilla. Tras pausa interminable, un: «—Bueno…», condescendiente, brota de la boca de Él. Animada por la respuesta, Ella insiste: — ¿Interesante? Y otro « —Bueno…», desganado y de punto final, cercena el diálogo.

La mirada de Ella, de camino a sus hojarascas, se cruza fugazmente con la mía…Y del color de sus ojos, del esbozo de su efímera sonrisa, brota el recuerdo de un perdido amor de adolescente, perdido y reencontrado, que me inunda de dulce melancolía.

Mientras abandono mi mesa una vocecilla interna, la de lo hondo, inquiere a una Ella del pasado sin retorno: « — ¿Qué tal te va con el tío ese?/Espero sea divertido…».

Y con mi novela bajo el brazo me alejo recordando «las risas que nos hacíamos antes».

(Y el verano va atemperando sus calores…menos mal)