Los meses posteriores al nacimiento de mi hijo mayor fueron de un sin dormir noche sí y otra también. Bien por desconocer los ciclos circadianos, por hambruna o condición intrínseca, desde el anochecer hasta bien entrada la luz del día, la criaturita gritaba, reía, gemía o lloraba. En ocasiones todo a un tiempo.

La moda del «todo es TDAH» no estaba en boga. El pediatra, sensato él, aparte de aconsejar paciencia, me animó a entretener la vela estudiando ‘otra carrerita’… tampoco se cursaban másteres en el ayer.

Aprendí métodos y estrategias para entretener las vigilias. Entre ellas la de pensar. Es la que he puesto en práctica la noche pasada para sobrevivir a la calorina.

La estrategia del pensar, en profundidad y analíticamente, no es cuestión baladí ni puede dejarse al albur como, por ejemplo, el psicoanálisis. No. Es preciso elaborar un listado de temas, evaluarlos y decidirse por el de mayor enjundia y/o atractivo. Eso hice listando los asuntos que en este momento más nos preocupan a todos los españoles.

Tras escasas dudas, mi interés se decantó por el tema de mayor relevancia en estos días: la extracción de los restos de Franco de su valle. Y funcionó. Sin ni siquiera tocar fondo, lo del pensar en el asunto fue bajando mi temperatura hasta dejarme frío.

Pero lo que son las cosas de la mente humana y de la asociación de ideas. Cuando comenzó el nirvana a invadir mi cuerpo, y coincidiendo con un espasmo mioclónico, precursor del sueño, levitó en mi mente Santa Teresa. Y me dije, ¿se podría elaborar ungüento de su brazo incorrupto para untar con él a los de la clase política? ¿A toda?

Por aquello de que vacunar es prevenir. ¿O no?

(Esperemos que vaya remitiendo el calor)