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martes. 16.08.2022

Añusgo

Acababa de escribir, de tirón, dos hojas del  cuaderno. No es cuestión baladí cuando se lleva unos días atascado...

Acababa de escribir, de tirón, dos hojas del  cuaderno. No es cuestión baladí cuando se lleva unos días atascado en la novela de tu vida…de la mía, me refiero.

¿El detonante? La temperatura, el sol, el vinillo de la ribera y, quizás, que mi camarero habitual no está hoy y no me ha entretenido con sus interesantes puntos de vista. No ha librado, no. Un esguince parece ser el motivo. En otra ocasión trataré de los esguinces y su relación con el inconsciente.

Hoy mi atención ha sido, y sigue, atrapada, con la imagen en la que se posó mi mirada al levantar mis ojos de la cuadrícula. A escasos metros de mi copa de vino vi llegar a una mujer y un chico. Con precisión de expertos en la tarea, el chaval, de unos diez o doce años escasamente desarrollados, extendió sobre el reborde de la acera un plástico endurecido. Mientras tanto la mujer, en una cuarentena cincelada en granito, desprendió de sus anclajes la papelera cercana y fue a verter su contenido cuidadosamente, como cosecha de fresas, encima de la improvisada alfombra grisácea.

Cada cual por su extremo fue seleccionando lo que le parecía y lo echaba en sendos carros de los que se utilizan para la compra…

Apenas tuve valor para mirarlos a la cara. No soy antropólogo ni tenía a mano el teléfono de la doctora Temperance  Brennan para preguntar. Por sus rasgos, y, en especial, por su mirar de orgullo no vencido, supe que eran españoles, seguramente madrileños, quizás casi vecinos…  No sé si la escena, o la aceituna que estaba en mi boca, me produjo un añusgo que aún no se me ha deshecho cuando esto escribo. Y una lágrima contenida. O más…

Añusgo