jueves 19.09.2019

'Yanquizar' Venezuela

Todo imperio, para expandirse y para sobrevivir con mayor tranquilidad, procura alejar, bien por la fuerza, cuando no queda otra, o bien utilizando otras maneras más sibilinas y sutiles, cualquier peligro o rebeldía que en su torno pueda surgir

Todos los imperios que han maltratado a la humanidad, porque todos la han maltratado de una u otra manera, han caído víctimas de sí mismos, y han sucumbido aplastados por su propio peso, y el del vecino. Todo imperio se ha forjado en sangre. Por eso han sido odiados. Mientras existían, despertaban envidias y originaban luchas. Ningún imperio se salva de esa mala prensa aunque tenga tras de sí un historial benefactor y heroico. Llegó a ser imperio a costa de diezmar, cuando no aniquilar, otras culturas y otros pueblos. Los ha habido más o menos dañinos, pero todos, sin excepción, han resultados más perjudiciales que benefactores. Que su legado, cuando han desaparecido, como el romano, resulte beneficioso a las postreras generaciones, es otro cantar que nada tiene que ver con su primigenia naturaleza. Su existencia implicaba sometimiento, desigualdad y luchas constantes, y eso jamás lo olvidan los pueblos sometidos. Incluidos aquellos de cuya riqueza no queden más que escombros, y los restos del imperio hayan desaparecido como la cultura que sometieran quedando apenas sus huellas, cual fósiles de la historia. Porque todos los imperios, sirva como conclusión, nacen, crecen y desaparecen; el espacio y el tiempo son elementos connaturales al ser humano, ni el poder mas absoluto es capaz de resistir estos dos condicionantes.

Todo imperio, para expandirse y para sobrevivir con mayor tranquilidad, procura alejar, bien por la fuerza, cuando no queda otra, o bien utilizando otras maneras más sibilinas y sutiles, cualquier peligro o rebeldía que en su torno pueda surgir, o cualquier actitud que no vaya en consonancia con sus intereses. Es lo que actualmente se conoce como intervención, la manera suave, o invasión, la forma agresiva. Además, puede revestir, repito, otras maneras, desde la fuerza social, a la presión económica o cultural, que apenas se nota y que puede interpretarse como consecuencias de lo mal que iba el país en cuestión con sus administradores, a los que, paralelamente, se suele degradar para hacer más fácil el viaje al fardo yanqui. En este caso, propio del comentario, la nación de Venezuela, nuestra prima hermana.

Otra característica de todo imperio, para que sus acciones no parezcan lo que son, y se disfracen de legalidad y consenso mundial, es buscar, tanto justificaciones, ya apuntadas, como aliados, que aplaudan su actitud y no le critiquen ni pongan en tela de juicio su proceder. Así han obligado los EE UU a inclinar la balanza de apoyos internacionales, incluida la timorata y sometida UE en favor del usurpador del poder, que no es otro que el elegido por los mismos EE UU. ¿No recuerda esto otros escenarios? Las Azores, cuando la guerra de Irak, o el bombardeo de Libia con Reagan ante el peor dictador de la historia, después de Hitler, Ghadafi... No importa que sea uno u otro el inquilino de la Casa Blanca, cuyas paredes deben ser rojas. Así sucesivamente desde que los EE UU imperan en el mundo.

Si para mantenerse como tal, necesitan una guerra, la montan. Se buscan justificaciones, no les importa ni siquiera que mueran sus jóvenes, como sucedió con la provocada explosión del Maine, justificante de la guerra de Cuba contra el imperio español, su vecino, que despertaba ya entonces envidias en los norteamericanos. Ya se sabe que no hay imperio que mil años dure.

Desengáñese, amigo, detrás de todo, están siempre los norteamericanos”, me dijo en cierta ocasión el Viejo Profesor, y el mejor alcalde que ha tenido Madrid, Enrique Tierno Galván, sabio, no sabría decir si por viejo, o por estudios. O por ambas cosas a la vez. Seguro. Siempre metiendo la mano donde no les llaman para llevarse lo mejor de cada país, desde su cultura a su riqueza. Así desde la Guerra de Cuba contra los pobres españoles, que siguió con la Guerra Civil entre españoles, al dar el petróleo a Franco*, y acabó con todo el Oriente, el Próximo, el Medio y el Lejano, pasando por el sur y el centro de su mismo continente, que por adueñarse, se han adueñado hasta del nombre: América. Ellos, los yanquis, parecen ser los únicos “americanos”. Y no es verdad, por mucho que exterminaran a los aborígenes (más que los españoles, para que luego digan).

Igual que España les estorbaba en la rica isla de Cuba, tan cerca de ellos, y ta alejada de la madre patria, Venezuela, con sus presidentes elegidos democráticamente, pero insumisos a su dictámenes, tampoco les convenía. Si con Chaves y su carisma lo tenían crudo, con Maduro, más maduro, lo tenían también crudo, contradicción apropiada para la situación de tira y afloja que han vivido ambos países, un ratón frente a un león. Ya cansado el león, ha tenido que buscar otro medio más razonable y menos agresivo, para llevar las ovejas descarriadas a su redil. Y se han buscado el pastor adecuado, manejable, mediocre, fácil, y con buena planta, Eso sí, imagen que no falte. La marioneta se llama Guaidó. Político desconocido hasta ayer.

Juan Guaidó, 35 años, el golpista puesto por los EE UU. Hasta hace un mes, sólo uno de cada 20 venezolanos sabía quién era este individuo, personaje oscuro en un grupo de extrema derecha políticamente marginal, uno de los principales promotores de actos de violencia callejera. Incluso en su propio partido, Guaidó había sido una figura de nivel medio en la Asamblea Nacional, dominada por la oposición, que ahora se encuentra bajo desacato según la Constitución venezolana. Un  personaje al que ya ha venido preparando para este golpe desde hace varios años el imperio yanqui, y al que después de una llamada telefónica del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, el pasado 22 de enero, animándole a dar el golpe, Guaidó se proclamó a sí mismo como presidente de Venezuela. Este nuevo político, cuya figura recuerda a otros -incluso europeos y españoles- cortados por el mismo patrón, ha sido, durante varios años, preparado en las fábricas de élite dedicadas al cambio de regímenes de gobierno que no fueran acordes con los intereses de los Estados Unidos. Junto a un grupo de activistas estudiantiles de derecha, Guaidó fue entrenado para socavar el gobierno de orientación socialista de Venezuela, para desestabilizar el país y, algún día, tomar el poder. Ungido como el líder, un político desconocido y mediocre, ha saltado al escenario internacional como el líder seleccionado por Estados Unidos para la nación con las reservas de petróleo más grandes del mundo. ¿No es significativo? Con esta maniobra los EE UU se libran de ese moscardón que es Maduro, dictador, sanguinario, que tanto hoy, como ayer, con Chaves, han llevado al país a la ruina -dicen- por no seguir los dictámenes yanquis. Ellos, los yanquis, libran al país de malos gobernantes y de su dictadura, para traer la libertad y el progreso a Venezuela. Mientras tanto, salvan sus intereses, con la anuencia del mundo mundial; manejan a su antojo su nuevo gobierno, y se llevan, a precio de saldo, su petróleo, que es lo que desean desde hace tiempo. Hasta ahora se lo han impedido. Por eso están al acecho, como el león por su presa.


*En próximos artículos tocaré este tema de la intervención antes de la guerra y su apoyo a Franco mientras la guerra. Desvelaré sus razones y motivos, tema poco analizado por los historiadores, y que fue una de las causas por las que cayó la II República.

'Yanquizar' Venezuela