miércoles 19.02.2020

Urdangarin: artífice de la III República

De nada valen teorías sobre el poder de la monarquía, indiscutible por venir de Dios. De nada valen las alabanzas que otros filósofos desde la antigüedad han lanzado sobre la República como el mejor estado político para gobernar los pueblos. De nada sirven conjeturas y argumentaciones sobre las ventajas o desventajas de dictaduras, totalitarismos, revoluciones o división de poderes, si no hay nadie que estas disquisiciones las lleve a la práctica, y termine con cualquier régimen, por bueno o malo que éste sea o haya sido con su pueblo. De nada sirve razonamientos sobre bondades y maldades de tal o cual gobernación si no se erige un individuo, que a partir de entonces dejará de serlo, para convertirse en “personaje”, y quizá en historia, gritando el consabido “¡Se acabó la dictadura, ahora mando yo!” Sí, señor, con dos...

Lo digo porque de todo ha habido en esta historia de tribus y sociedades, cual el pan nuestro de cada día, a veces indigesto, como el sufrido por España hace cuarenta años y durante cuarenta años, que ha dejado la cuarentena de ser cantidad simbólica para convertirse en triste y cruda realidad, incluso en cruenta realidad. Personajes de tal calibre suelen ser proclives a dejar tras de sí rastros de sangre y dolor. Otras veces la cuarentena es terapéutica y sirve para meditar y reflexionar sobre determinada situación con el fin de mejorarla, salvo cuando los sujetos son espíritus malignos que la complican. Véanse los avaros banqueros y los locos de atar sociedades y gobiernos que en estos tiempos de globalización se erigen por encima de gobiernos y naciones. Véanse personajes encumbrados por el caprichoso azar, que no saben ubicarse ni acomodarse a su nuevo estado, rebosante de privilegios y fortuna, y tratan de utilizarlo al margen de la ley.

Aparte de estos personajes indeseables, cuyo único objetivo, como digo, es joder la marrana, incapaces de discernir, el resto cree que la meditación concebida como las antiguas filosofías y religiones, trae salud, buenos pensamientos, y favorece la ética y la estética. Grandes hombres como Pitágoras, Jesucristo o Mahoma, ponían en práctica a menudo esta máxima y hacían de los cuarenta días una medicina física, psicológica y moral. Incluso actualmente se emplea como terapia y curación de contagios. Claro que la premisa para poder meditar es pensar, pues sin pensamiento es imposible la meditación. Así va la sociedad; como dijo el gran Einstein, “es más fácil creer que pensar, por eso en el mundo hay más creyentes”. Pensar implica muchos elementos, biológicos, físicos e intelectuales, a los que cada vez se están desacostumbrando más nuestros congéneres. Vivimos y nos movemos actualmente conforme a los dictados que ya profetizaba H.G. Wells, donde “el Gran Hermano” dicta lo que cada individuo debe obrar. Por eso la humanidad está llena de tonterías en su afán por conseguir quimeras y futilidades, dinero, poder, alto estatus de vida, de admiración y respeto.

Eso le ha pasado a quien no era nadie, y de repente se vio entre los oropeles de la Casa Real. Y si malos tiempos se cocían acerca de monarquías y privilegios, peores se han puesto ahora cuando el pueblo descubre que algunos miembros de la familia real no son tan pulcros como se les suponía, y encima de gozar de tan alto standing, proporcionado por los contribuyentes, gozan de privilegios ante los delitos que puedan cometer y cometen. Malos tiempos de monarquía. Quizá eso lo sabía él a tenor de lo que se grita en otros círculos ajenos a ese estamento, considerado de otra época. Quizá lo supiera, y por eso, por el peligro de ver como en otros tiempos se vieron sus antecesores, obligados a salir por pies de su país ante el rechazo del pueblo, abriera el paraguas antes de llover. Y ha pasado lo que le ha pasado. Está en su derecho, y es encomiable, el velar por su numerosa familia, y asegurarse las habichuelas cuando las papas vengan quemando. Pero una cosa es una cosa y otra hacer tonterías como las que ha hecho nuestro buen padre de familia numerosa dejándose guiar por la avaricia sin pensar que la avaricia rompe el saco. Al señor Urdangarin, se la ha roto, y en mala hora.

Bien sabe él que la vida de un deportista es efímera; quizá la ha confundido con la vida de una realeza que se prolonga años y años; incluso regresan del exilio para seguir siendo reyes del país de donde salieron. Son casos excepcionales. Los reyes son siempre reyes, aquí y en el exilio.... Otra cosa, y ahí le doy la razón, es la vida de los deportistas, en cuanto pasan varios años o les echan de un equipo, ya no saben qué hacer ni de qué vivir. De aquí que traten de meterse en negocios o asegurar sus dineros en paraísos fiscales para ir echando mano de ellos cuando no puedan del balón. Eso debió creer el hombre que jugaba con las pelotas en la mano, y no en el pie, que estos también son de otra estirpe, al menos, en lo que a salarios y dineros se refiere. Síntoma, esta diferencia, del dictado del “Gran Hermano”. Así se las debía ver venir quien de la noche a la mañana pasó de una clase a la otra. No de las manos a los pies, que le hubiera dado confianza para asegurarse su futuro y el de su prole, sino de la condición de plebeyo al estamento de la misma realeza. No se trata de un príncipe convertido en rana por arte de encantamiento, aunque luego haya dado en salir rana, pues en su caso, ni era príncipe ni nada que se le pareciera, sino simplemente un mangoneador de pelotas envuelto en “blaugrana”, que suena bien pero queda mal a la hora de asumir su identidad con la sangre real. Ni que decir tiene que a veces las sangres al mezclarse pueden correr su correspondiente peligro, pues, como diría un castizo, hay que estar hecho a ello. Vería banderas tricolores que muestra el Gran Hermano en muchas de las manifestaciones callejeras, y quiso ponerse a salvo, por si sucedía lo que tiempo ha sucedió en este mismo país, afectando sobremanera a cuya cúspide de poder y riqueza se veía encumbrado. Sin pensarlo ni meditarlo, que en la cumbre de la sociedad debe resultar difícil detenerse a pensar y meditar, y quizás el músculo del cerebro ahí no llegaba, le dio por meterse en negocios sucios pensando que la corona era intocable y quienes en torno a ella estaban. Y tenía razón, de puertas adentro, palacios, despachos, tribunales, la justicia no es igual para todos; pero de puertas afuera, calles, talleres, plazas, fábricas, y currantes, la justicia se ve de otra manera, y con mayor razón al ver su aplicación cuando de personajes de esa índole y categoría se trata. Y surge la indignación, exteriorizada en manifestaciones con banderas tricolor ondeando sobre cabezas pensantes.

Seguro que a mucha gente no le gustan tales manifestaciones. Faltaría más... A dónde iríamos a parar si las instituciones sagradas fueran violadas por los designios de los hombres, hechas como están por los designios de Dios que les confiere poder y gracia.

Distinta es la opinión de quienes miran con ojos vidriosos y gestos maléficos tales estamentos a sabiendas de que se mantienen gracias al trabajo y trasiego de gentes de la calle que no puede pisar palacios porque sus zapatos están sucios, y no pueden comprarse unos nuevos, para recorrer las estancias de tan altos e insignes personajes. Esos son los que salen a la calle con banderas tricolor... Y sólo falta que salte una chispa como en la Revolución Francesa y otras por el estilo, y los palacios sean habitados por gentes normales, que no roban ni hacen negocios sucios conscientes de que si les pillan van a la cárcel. Por eso no es de extrañar que reclamen la igualdad para todos y nada de privilegios, para unos, sí, y para otros, no.

Nunca se sabe dónde y cuándo va a saltar la chispa de la tormenta, como ésta que ha levantado nuestro gran cuñado real. Habrá quien se levante y diga, no tanto eso de que se acabó la dictadura, cuanto que se acabaron familias reales, porque de reales no tienen nada. Son reales las que gritan en la calle pidiendo justicia, igualdad, fraternidad, libertad... Y puede que surja algún iluminado apropiándose de la bandera, y quiera ponerse por encima de todos, por encima del  bien y del mal... ¿Se repetirá la historia? ¿No será el “eterno retorno” del que hablaba Nietzche? Quizá ahora, al señor Urdangarin esta movida le induzca a la reflexión, aunque sea sólo por cuarenta minutos.

Urdangarin: artífice de la III República