Nuevatribuna

'Se va el caimán'

Se han descubierto las ranas pero faltan los caimanes, los grandes depredadores que llevaban dinero a las islas Caimán

A finales de los años 50, cuando la música fue la primera víctima, y el inicio de lo que medio siglo después se ha llamado “la globalización” (que empezó con ese arte anulando otras tradicionales), una canción procedente de Colombia llegó a España, cuyo estribillo caló en verbenas, juergas y borracheras. Y eso que estaba prohibida. Muchos enterados decían que era producto del pueblo llano, colombiano o precolombino, pero nada de eso. Distinto es que se hiciera tan popular que el pueblo la asumió como propia en cada lugar, incluso lejos de su cuna. Compuesta en 1945 por el colombiano José María Peñaranda (fallecido en 2006, precisamente en Barranquilla), no pudo grabarse en su país, sino en Argentina, por estar prohibida pensando que iba dedicada a varios presidentes, como el colombiano y el panameño. Triunfó en Argentina, por supuesto, y en Panamá, Venezuela... Francia, Bélgica, donde se grabaron versiones... Era, pues, muy popular y muy conocida antes de llegar a España. Como tantas otras, no pasó la censura. Fue tachada y prohibida en la radio. Pero no fue la única. En la España de Franco, y en esas latitudes del otro lado de mundo, se prohibió su difusión. La tijera no sólo era de metal, para el cine, las fotos, y las novelas, sino también sonora. No se podía radiar. Y eso que no decía nada, que si llega a decir algo expresamente, matan al compositor y a todos los que se atrevieran a cantarla: vamos a media España. Pero no podía ser. La guerra había acabado hacía más de una década, y no se podía seguir matando a la gente que a las cuatro de la mañana, como se hiciera antes, se dedicaba a cantarla en corro. La censura, lógica entonces, era peor, aunque no mucho, como hoy la, ilógica, “ley mordaza” de nuestra democracia. Era normal prohibir el corro (“circulen, disuélvanse”), pero no tanto el corro de la patata, con otra letra que cada cual se inventaba. Rara era la verbena donde no acabara el baile entre la juventud con ganas de diversión cantando “se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla”. Y eso que mucha gente no sabía qué lugar fuera ese de la Barranquilla, que entonces no era lo que hoy es en Madrid. Ni tampoco por qué tenía que irse o se iba el caimán dichoso.

En aquellos años de postguerra mundial, se esperaba que el general Franco dimitiera, o le quitaran, ante la derrota del fascismo en Italia y Alemania, al haber sido favorecido y aliado de Hitler/Mussolini. La dictadura, cuando habían sido liquidadas las dos principales en Europa occidental, se suponía que no tenía cabida. Se pensaba incluso que el Caudillo, triunfador, se iría de España, presionado por los yanquis, vencedores también. Pero como siempre, entonces y ahora, los norteamericanos metieron la zarpa y mantuvieron contra todo pronóstico e ideales, la dictadura de un general golpista que les convenía, como antes hicieran con Hitler, para frenar la amenaza del comunismo. España era un punto geoestratégico bien situado para sus planes. Y qué curioso, de otra América donde su zarpa era visible y más dura si cabe, nos vino esa canción, cuya letra parecía decir lo que no decía: Que se vaya el caimán. Y el caimán no se fue. Se prohibió radiar la canción. Pero gentes toda condición y estado (alegre) en las verbenas la cantaban y bailaban a pecho abierto, porque resultaba casi como una liberación.

Quién fuera el caimán no estaba tan cantado, aunque todo el mundo pensaba en quien pensaba, incluso a medida que fueron pasando los años. No digamos si se anunciaba alguno de sus achaques o sus enfermedades. Pero no se iba. Ni se moría nunca. Ante tal frustración, la gente lo gritaba como si se quitara un peso de encima.

Los caimanes son saurios peligrosos y traicioneros. Sueltan su dentellada cuando menos se espera. Vamos, que están hechos para depredar. Dentro del agua y fuera de ella. Sobre todo en cauces pantanosos, donde es difícil descubrirlos y prevenir el peligro. Lodos, pantanos, y charcas ha habido últimamente en España muchos. Incluso se han desbordado los ríos. Hasta ahora se han encontrado “ranas”, todas con un dueño llamado Esperanza Aguirre, a la que no sé si le gustarán las ancas y por eso las cultiva. Pero hay otras ranas de otros próceres. Caimanes no parecía haber. Al menos hasta hace poco no se habían descubierto. Pero el caimán es más difícil de atrapar. Siempre permanece alguno escondido. Últimamente se han dado a conocer pocos. No crean que han aparecido a causa de tanta lluvia como en este país ha caído, sino que estaban ya, desde hace años. Una larga década en la que han depredado estos caimanes como nunca se había sabido. Han “mordido” lo habido y por haber. Ahí están ahora las consecuencias: cárceles y juicios, que, aunque sean todos los que están, todavía no están todos los que son. Y es que los caimanes, pese a ser más grandes, o por ser más grandes, son más difíciles de detectar que las ranas. Y más peligrosos, incluso para los que sigan escondidos dentro del lodo.

La historia parece repetirse en cierto sentido. Hoy, gratamente, podemos cantarla y radiarla, y celebrar que otro caimán, con sus secuaces depredadores, hayan salido de la charca donde pensábamos que sólo había ranas. No hay que perder de vista el lodo. Se han descubierto las ranas pero faltan los caimanes, los grandes depredadores que llevaban dinero a las islas Caimán -qué traidor es a veces el lenguaje cuando las acciones humanas son oscuras por llevarse a cabo en un lodazal-. Se fue el caimán y los suyos. Eso no basta. No pueden irse así, de rositas, pensando que no han hecho nada malo. Han saqueado un país, les han pillado, y deben pagar por ello, devolver el dinero, e ingresar luego a la cárcel hasta acabar en la tumba. Ahí han acabado muchos españoles por su culpa. No tienen perdón. ¡Fuera caimanes! Islas y reptiles.