miércoles 21.08.2019

La esclavitud del móvil

Este bichito que se ha metido en nuestra vida diaria, y se ha pegado como una lapa a nuestra piel, que ya no nos deja en paz

Así nombramos en España, que no en castellano, a ese mecanismo diminuto para hablar con uno u otros a cualquier distancia -hablar y muchas más cosas, denominadas ahora “aplicaciones”-, que no sé si por gracia o por desgracia, casi todos llevamos en el bolsillo. El móvil. Tenía ganas de escribir sobre este invento. Nunca lo hice porque es tanto lo que se ha dicho y escrito, que no me sentía con ánimos de contradecir ni de añadir algo más a lo afirmado por otros intelectuales, filósofos, técnicos en materia  de comunicación, ingenieros, sociólogos, psicólogos, y toda una caterva de comentarios en Internet sobre este bichito que se ha metido en nuestra vida diaria, y se ha pegado como una lapa a nuestra piel, que ya no nos deja en paz. Ha cambiado nuestra vida. Todo el mundo lo ha dicho. Hasta el castizo de mi barrio que lleva dos por falta de uno: “El móvil ha cambiado la vida de to quisque. La mía el doble porque llevo dos, uno mío, y otro que m'han regalao”. En confidencia, debo decir que este es robado, a él no le gusta robar, pero se lo han regalado, y pasa de complicarse; “lo uso para la  intimidad, colega”. También debo añadir que me confesó que desde que le dieron ese móvil, tiene algo de miedo. En su agenda figuraban teléfonos de gente conocida e importante... Debía ser de alguien con poder que se lo dejó en la barra de un bar mientras iba al baño; había otros con él, pero nadie se enteró de la sustracción. Tiene miedo el chaval por si es de algún policía, guardaespaldas o algún gerifalte, que si se enteran, por eso del GPS, de quién lo tiene, le “empuran”. Por eso vive apurado. Nueva preocupación, pues, para alguien que pasaba de todo... Más de una vez se planteó venderlo, me dijo un día, pa' quitarse de problemas...

Bien cierto es que el móvil constituye una nueva preocupación que sin llegar al extremo del colega, no deja de ser una nueva esclavitud que nos tiene atados con un hilo invisible y un sonido audible día y noche; sonido que, por muy agradable que lo hayamos “programado” (un fragmento clásico o música romántica), acaba convirtiéndose en un reclamo psicológico que nos provoca una reacción instintiva, como los ratones del experimento de la caja de Skinner. Me explico. Nuestras reacciones a ese estímulo son una esclavitud inconsciente, propias de esclavos de su sonido, de sus mensajes, de su utilidad que no deja de ser una falacia más en este sistema absurdo del consumo, la contaminación y las relaciones sociales “virtuales”, que ni son relaciones, ni na de na, emulando al castizo. Claro que no deja de ser una esclavitud aceptada, pero hasta en esta creencia, podemos andar errados, sin hache. O quizá sea mejor con hache, cual animales de una manada que debiéramos caer en la cuenta de que estamos controlados, continuamente localizados para lo que convenga y a disposición de quien convenga. Tener un móvil es estar atado a algo que está tan alto que somos incapaces de dilucidar si nos hará bien o mal. Y peor todavía, somos inconscientes de su emisión a la atmósfera de CO2. Si cayéramos en la cuenta de que en lugar de ser beneficioso para nosotros -para la naturaleza se ha demostrado que no es sino un factor muy contaminante-, y para nuestras relaciones, como nos dicen, es un perjuicio personal y mundial, trataríamos de evitarlo. Pero no. Nos han vendido que el móvil es imprescindible, que sin él no nos podríamos mover en esta sociedad tecnificada; que si no tienes móvil no existes, que nadie se plantea nada. Todo el mundo piensa que está más comunicado que antes, que ha progresado mucho la sociedad al mantenernos totalmente informados al instante... Cuando es lo contrario, aumenta la incomunicación, su individualidad y su insolidaridad, y aumenta también la desinformación, o información interesada, y la contaminación. Y por si fuera poco, su obsolescencia programada para dos o tres años. Al tener que cambiarlo, por mor del consumo y el negocio, cada corto tiempo, porque se han inventado otras aplicaciones más potentes que no caben en el viejo, nos obligan a seguir comprando y contaminando... Pocos artículos hay más obsoletos que los móviles, y pocos contaminan tanto como algunos de sus componentes. Y lo que es peor, esclavizan no sólo al individuo que lo utiliza sino a niños y pueblos del Tercer Mundo que andan buscando minas de donde extraer alguno de los principales elementos indestructibles, imposible de ser reciclados por la naturaleza.

Millones y millones de aparatitos se desechan a diario en el mundo. Si antes era el plástico, que según algunos datos daría de sobra para envolver con dos vueltas toda Tierra, y en el mar ya hay islas de este pernicioso material, por el que mueren ballenas y otros animales, cabría augurar el mismo y terrible futuro con el desecho de los móviles. Quizá sea tarde cuando caigamos en la cuenta, como lo va siendo ya con el reciclaje y el rescate de tanto plástico como hay vertido en las aguas de ríos y mares.

40 materiales tóxicos componen un móvil

Hasta 40 materiales tóxicos, la mayoría por la composición de su batería, componen este artilugio: arsénico, antimonio, berilio, plomo, níquel, zinc, y otros metales pesados como el cadmio y el mercurio. Si a eso añadimos la esclavitud a que están sometidos poblaciones enteras de África central, sobre todo países donde abunda el conocido como “oro negro” por las empresas de electrónica, es decir, el coltán, habría que plantearse qué progreso y qué beneficios nos reporta dicho aparato. Como botón de muestra, voy a dar un dato relacionado, no ya con la esclavitud personal del usuario, sino con la esclavitud de niños menores de doce años, alrededor de 40.000, que se ven obligados a trabajar doce horas diarias en los estrechos y profundos pozos de las minas de la República del Congo, a cambio de un euro diario. Niños vigilados por soldados armados -también sirve su extracción para financiar comercios de armas y montar guerrillas-, repartidos en 120 grupos que trafican con humanos, armas, recursos, y bañan a diario sus países en sangre. No me invento datos, están extraídos de organizaciones internacionales, como UNICEF.

No pensamos en esta cruda y cruenta realidad, quizá porque nos pilla lejana. Pero no es así. Somos los usuarios presa ya de una industria, que voy a calificar de macabra, porque visto lo visto, y lo que falta por ver, así es. Una industria que esclaviza a terceros países, que contamina la naturaleza irremediablemente, y atonta, con otra forma de droga y esclaviza de manera sutil y engañosa a quienes habitamos los países ricos.  

Aunque más del 85% se puede reciclar, no suele hacerse, bien por el alto coste, bien porque la técnica es cara y todavía no todas las naciones la poseen en su totalidad, o bien porque el usuario en cuanto se estropea o no sirve, lo tira a la basura. Y si fuera basura, sería beneficiosa, pero es escoria, y la escoria nunca se puede aprovechar. Quizá el teléfono móvil sea una de las causas de la destrucción de la humanidad. Casi acabó con ella una pulga hace siglos. También era pequeña. Casi invisible. Pero lo invadió todo.

La esclavitud del móvil