viernes. 19.04.2024

Semana de sangre y estupidez

Pasó la Semana Santa. ¡Vaya semanita! Como para llamarla “semana santa”, cuando se supone que lo santo es bueno para todos por hacer referencia a la bondad suprema.

Pasó la Semana Santa. ¡Vaya semanita! Como para llamarla “semana santa”, cuando se supone que lo santo es bueno para todos por hacer referencia a la bondad suprema. Toda semana santa conlleva su correspondiente dosis de sangre, la sangre de la Pasión, una Pasión que sufrió un hombre/dios para salvar a la Humanidad, según enseña la iglesia. Pero en esta pasada semana la sangre se ha extendido a niños y a otros seres inocentes de la capital de Europa. Semana de sangre de inocentes. Hasta ahora solamente se vertía una sangre porque la humanidad era perversa, “había pecado”, y había que remediarlo; los creyentes lo agradecían, y a los nos creyentes una sangre como la divina les pillaba lejos, una pasión a la que la sociedad occidental estaba acostumbrada; cada año la celebraba de una u otra manera, con fiestas, con procesiones o con penitencias. A ella estábamos acostumbrados, y todos la veíamos digna de celebración. Pero este año, la sangre no sólo era divina, sino humana, y como entonces, de inocentes. Una sangre para unos justificada, los terroristas; y para otros, en vano; para nosotros, absurda, y para ellos, los terroristas, tan justa como para inmolarse; ojo por ojo, como en la Biblia, en cuyos tiempos parecen seguir viviendo muchos pueblos pegados a las fronteras de nuestro mundo próspero y civilizado. La creciente y maldita desigualdad entre ambos mundos, unos en el siglo XXI, y otros, en el siglo I a. de C. La gran desigualdad que desemboca en el terror. A un lado, una economía que crece sobre todo por el comercio de armas, y al otro, una vida cuya economía es la guerra. A un lado, todo; paz y pan, agua, y alimentos; a este lado, la vida. Al otro, nada; la muerte que siembra el lado rico y que se extiende entre ellos por ignorancia. Y detrás, el petróleo y la desigualdad, germen del terrorismo.

   Esta semana se ha teñido de sangre como ninguna otra en el mundo occidental. En semana santa siempre ha corrido la sangre, y esta vez nos ha pillado cerca. Desde Jesucristo con su pasión y muerte, de donde proviene esta celebración en la cultura occidental, hasta la sangre de otros inocentes de un punto a otro de nuestro planeta, con las guerras del islam y la respuesta terrorista en el mundo avanzado, como se supone es el de Europa; con los atentados llevados a cabo a sangre y fuego en Bruselas, la capital de una UE que tiene que plantearse muchas cosas si quiere hacer honor a su nombre de Unión Europea, mirándose a sí misma, y dejando de mirar como enemigos a los demás que no son de su círculo, los países del cercano oriente. Sangre de entonces, con Cristo bajo la bota imperial romana, y sangre de ahora, con el imperialismo del gran capital, generado por las armas y el petróleo. Siempre igual, un pueblo sobre otro, un pueblo machacando a otro, sangre en el despoblado monte Gólgota, y sangre en la poblada Bruselas, capital de una unión más desunida que  nunca, que quiere disculparse pregonando ahora la unión contra el terrorismo, como si no estuviera ya unida en ese cometido común de terrorismo de Estado, olvidando otra unión más humana y provechosa. Pregonando la unión ahora, cuando antes ni la ha querido, ni la ha sabido hacer... La unión necesaria para evitar desigualdades dentro de su misma casa, para aminorar los sufrimientos de los oprimidos y desplazados por las guerras y las purgas étnicas de sus vecinos. Por eso corre y seguirá corriendo la sangre. Aquí y allí, en Tierra Santa y más allá de tierra santa.

Una Europa estúpida que cree mantenerse ajena a lo que ocurre al lado de sus fronteras, que cree arreglarlo con muros y espinos, con gases y con policía. Una Europa estúpida que cuando algo no la interesa mira para el otro lado como si no fuera con ella, y tienen que venir bombas y cuatro fanáticos a meterla el dedo en la llaga para que se espabile, pero Europa, quizá anestesiada todavía por el toro que la llevó a Creta, sigue durmiendo el sueño del Olimpo y se cree invencible, demócrata y solidaria. Y, me duele decirlo, es todo menos eso. Nos debía doler Europa a los europeos, pero no nos duele porque no permiten los estúpidos que nos gobiernan que nos duela; detrás de tanta sangre no quieren que veamos lo que ellos esconden, usura y capital que provoca la desigualdad y el terrorismo como respuesta a su terrorismo.

Yo pensaba, por eso de mirar con benevolencia a los países de nuestro entorno, “unidos por lazos comunes e históricos”, que los únicos dirigentes con cara de estúpidos eran los españoles, a cuya cara les acompaña la estrechez de pensamiento, la incultura y el egoísmo de defender su sillón creyéndose poderosos e importantes. Y no. Lo he visto estos días; he oído lo mismo que he venido viendo y oyendo en muchos años desde hace mucho tiempo, gestos y frases de condena en caras compungidas ante los medios, pero ningún hecho, ninguna iniciativa real. Lo mismo aquí y allí, siempre que un acto terrorista conmueve nuestros cimientos, como ellos pregonan, “democráticos”, y socavan nuestra “unión”, y nuestro sistema, al que no sucumbiremos, ni nos podrán quitar, como repiten ante las alcachofas de los medios. ¿Qué unión? ¿Qué democracia? ¿Qué sistema? Que me lo expliquen, sin frases hechas, sin pensamientos manidos, sin falsas solidaridades, ni rostros compungidos... Nadie les cree, hablan, dicen las mismas frases como loros entrenados, y se les nota que son malos actores. Los de dentro y los de fuera. Pensé que eso solo lo hacían y decían mis mandatarios, pero he comprobado que no, que también los europeos son estúpidos y se mueven al dictado de los estatus poderosos, fabricantes de armas, grandes empresas de blanqueo de dinero, y experimentación tecnológica, etc, etc, que ponen al manejable y quitan a quien no obedece sus dictados, al rebelde que se comporta como un dirigente soberano y capaz, sin afecciones por la corrupción ni aprisionado por el vil servilismo. Quizá por este manejo, esos poderes ocultos eligen o provocan que salgan elegidos los más tontos, los que se dejan manejar, los más sanguinarios, corruptos e incapaces, los acomplejados amantes del poder para sentirse algo. Díganme si no, cómo llegaron al poder, Calígula, Hitler, Stalin, Pinochet, Franquito... por nombrar los más conocidos, y ya pasados, y abstenerme de nombrar a los de hoy, por respeto a su puesto, que no a su autoridad.

Sangre. Sangre de semana santa. Sangre por todas partes. Sangre en los devastados campos, destrozadas aldeas y asoladas ciudades. Sangre en las avenidas y en los aeropuertos, sangre bajo tierra y en las aceras... Por todas partes sangre. ¿¡Hasta cuándo!? Niños sin familia, sin casa, sin escuela, madres sin hijos, padres sin esposa, abuelos y enfermos agonizando en medio de un charco de agua, de barro, y de sangre. Vallas, espinos, muros, fronteras, comandos y ejércitos... Y armas, muchas armas por doquier... ¡Cómo no va a haber sangre!

El “Calvario social”

La imaginería del barroco nos lo recuerda en sus “pasos”. Pero luego con la sociedad de consumo, quizá para hacernos olvidar que este mundo es un valle de lágrimas, la semana santa se convirtió en una de las primeras salidas de la ciudad al pueblo, donde poder recobrar el mundo idílico de la arcadia; de la aglomeración urbana al descanso de la playa, donde tampoco había donde descansar porque todo el mundo había aprovechado para salir, a la misma hora y al mismo sitio. Desde el ansia y el atasco de la salida hasta la desesperación por las retenciones de la vuelta, hasta la misma estancia ajetreada en el lugar del destino, imaginado maravilloso con resultado decepcionante, más caro de lo calculado, todo no dejaba de ser un calvario por más que nos hicieran creer lo contrario. Claro que por eso, por acabar en calvario, es semana santa. Una semana que se prolonga en todas las consecuencias negativas posteriores, porque subsiste el calvario agravado con la insoportable cotidianeidad, renegando al día siguiente con la vuelta al trabajo, hartos de niños, de suegra, de cuñado y de mascotas que serán muy bonitas pero más pesadas que el dichoso cuñado, y, para colmo, la tarjeta de plástico vacía, como la cabeza, porque lo único lleno es la angustia del cansancio en el pecho, y la resaca contagiosa de gente que volverá como el susodicho, mirándose con desconfianza, y en el curro pondrán malas caras al susodicho ocultándole que tanto uno como otro, están igual, salvo el que no ha salido que se encuentra descansado, feliz y contento porque va de boda el próximo fin de semana y aprovechará para emborracharse y divertirse con los amigos, quintos e invitados, que nunca son tan desconocidos como la marabunta de la playa y los turistas del hotel, y comerá no el menú del día, sino todos los platos que le pongan en el banquete que para eso   se celebra en un restaurante típico con platos de siempre y raciones de siempre, que engordan pero no matan, y juerga y baile y canciones y se olvidará del curro, la curra y hasta de la vecina que le trae a mal traer con la que le gustaría casarse, y que también estará en el jolgorio, libre de inhibiciones y con ganas de pasárselo bien, como todo el mundo desea en una boda.

Y el viaje. Tres días para visitar lejanas tierras, porque las distancias ya no existen desde el invento de la aviación. Tres días para ver Sudáfrica, y luego Nueva York, pasando por las Bahamas y acabando en Vladisvostok. Una delicia por una ganga. La felicidad al vuelo. Aunque la vuelta sea una resaca de mil narices, como la playa. El calvario social que cada uno es libre de buscar o no. Allá él. Es un problema de conciencia, de consumo, y de publicidad ante el que debe plantarse con cierto criterio, sin influencias ajenas ni espejismos absurdos. El calvario al que nos induce la sociedad de consumo, que, como diría mi amigo Forges, el consumo que a todos consume.

Todo eso, ese mundo idílico que nos pinta la publicidad,  puede volar en un santiamén, con un simple cinturón que como a las granadas le quitas la  anilla y ¡zas!, todo salta por los aires, y el mundo de diversión y gozo se vuelve pozo, cenizas, escombros, sangre y muerte. El terror trastoca la vida.

Eso no lo quiere el pueblo, aunque su vida sea un calvario cotidiano. Ya buscará salidas, ya buscará semanas santas sin sangre; vida con trabajo y paz, sin armas, con fiestas y bodas de amistosa diversión y fraternal comida. Este pueblo y el de más allá. Todos las gentes de todas las razas y latitudes deseamos lo mismo, tenemos los mismos sentimientos; todos queremos que nuestros hijos crezcan rodeados de amor, sin traumas y sin horrores propiciados por seres estúpidos y avaros que manejan gobiernos más estúpidos y avaros. Años llevan en guerra esos pueblos de esa zona del próximo oriente, y años llevan los demás gobiernos apoyando esas guerras, sacando negocio de donde deberían sacar humanidad.

Sobran las condenas por las matanzas indiscriminadas, la condena del terrorismo ajeno, olvidando  el nuestro, el que provocamos. Se olvida y se justifica el del mundo civilizado del siglo XXI, que lo siembra antes en el mundo atrasado del siglo I... Veinte siglos de diferencia, de desigualdad. El mundo de al lado cuya respuesta es del mismo cariz: violencia por violencia. Así nunca acabará la semana santa como semana de sangre. Ni la estupidez.

  

Semana de sangre y estupidez