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lunes. 26.09.2022

El Obispo Salinas, “con faldas y a lo loco”

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El obispo Javier Salinas y el Papa Francisco

En los ambientes eclesiásticos y mentideros de feligresía y morbo de Mallorca y Valencia no se habla de otra cosa que del lío de faldas del obispo Javier Salinas, titular hasta este mes de septiembre de la diócesis de Mallorca. No es para menos cuando su lío de faldas ha llegado hasta el mismo Vaticano y el Papa Francisco lo ha sacado de su diócesis para enviarlo lejos, al estilo de los maridos maltratadores a los que el juez impide estar cerca de su ex.

Por todo lo que han llegado a averiguar los detectives que han estado siguiendo al señor obispo y su secretaria, entre ellos había algo más que tareas de trabajo. Los frecuentes encuentros a deshoras, con nocturnidad y alevosía, en el mismo palacio arzobispal, abriendo la puerta el mismo prelado en chándal a su secretaria, una vez comprobado que nadie los veía, hizo levantar sospechas al marido. Después de los correspondientes seguimientos fueron pillados y fotografiados. Y es que tantas horas juntos a escondidas, tantas llamadas telefónicas entre sus móviles privados a horas intempestivas, tantas y tan largas conversaciones entre el “te quiero y tú no me quieres como yo te quiero”, el intercambio de anillos, no precisamente pastorales, como ellos han declarado, con sus iniciales, sumado a conversaciones que van más allá de la relación laboral o pastoral, llámese como se quiera,  “te vas de viaje y no me lo dices, Javi”, y un largo etcétera que han descubierto los detectives contratados por su marido que andaba mosqueado y despechado, han obligado al Vaticano a tener en cuenta su denuncia y a retirarlo de la diócesis.

Ante la estrecha y mutua dedicación de la secretaria con el obispo, según los informes detectivescos, el Papa ha llegado a la conclusión de que no debía permanecer ese sujeto en esa diócesis más tiempo, y esta semana lo ha cesado como pastor de Mallorca y lo ha mandado a la península. Actuación inversa a la que se practicaba en épocas pasadas, cuando a los reos de un delito se les desterraba, confinados a una isla perdida. Como ya no hay islas perdidas ni vírgenes, y las que puedan existir se han convertido en paraísos fiscales o en destino vacacional de desmadre sexual, el buen Papa Francisco ha pensado que una nueva fórmula de destierro podía muy bien ser el pasarle de una isla, donde todo se sabe, a una península, que al ser de mayor extensión, resulta más difícil que los escándalos fluyan con tanta rapidez, y dé tiempo a poner tierra y agua por medio, tratando de solucionarlo antes de que la gente, feligreses y ateos, se enteren de las andanzas de su clero. De su clero de la alta jerarquía, como para dar buen ejemplo. Antes de que las maledicencias se extiendan por doquier, ha cortado por los sano el Sumo Pontífice, que para algo es sumo, y “pontífice”, o sea, “hacedor de puentes”, para evitar que por culpa de unas faldas, de donde desde la remota historia (sagrada) surge la tentación y luego el pecado si uno cae en ella, se le rompan dichos puentes y surjan más escándalos, encima de que el quiosco eclesial está cada vez más vacío, con riesgo de cierre por falta de adeptos, y el escaso rebaño acabe yéndosele de las manos al susodicho pastor ante el interés que ese pastor pone en una ovejita en particular. Y es que la carne es débil, advertía San Pablo, misógino entre misóginos, que, quizá por eso, sabía de qué hablaba.

Mucho trabajo le está dando la iglesia española al Papa argentino. Y no precisamente sus feligreses, sino la alta jerarquía. Desde el Rouco-Varela que no quería irse de su palacio madrileño en la calle Sacramento (todo acorde), obligando a su sucesor a vivir en un apartamento de alquiler, hasta las declaraciones estentóreas y ortos abruptos rayanos en la ilegalidad de sus compañeros, opinando y tratando de influir en las actuaciones políticas, con la disculpa de la moral y otros comportamientos y leyes a los que no parecen o no quieren acostumbrarse, junto a lo más grave, los casos de pederastia y homosexualidad que se están investigando, parece que muchos obispos también tienen armario, como personas que son, aunque hasta ahora se mantuviera oculto. De todo hay en la viña del Señor (obispo), y precisamente la iglesia católica española y todavía en mayor grado muchos de sus jerarcas, no se han acomodado a los nuevos tiempos,  siguen más atrás que en los primeros años de la democracia y últimos de la dictadura, retrocediendo hasta más allá del Vaticano II, celebrado hace más de medio siglo.

Porque un prelado como el de Mallorca se enamore de una mujer de la alta sociedad, con la que  estrechos vínculos guarda en sus acciones y oraciones, no es motivo grave de escándalo, como dijo en cierta ocasión un profesor mío; el motivo sería si se enamorase de una vaca, pues el amor es algo que surge cuando menos se espera. Lo peligroso es romper ese vínculo que, según su prédica, no puede separar el hombre porque lo ha unido Dios, y por eso no admite la iglesia el divorcio, ni siquiera el matrimonio entre el mismo sexo. La doble moral está presente incluso dentro de los muros episcopales, precisamente por estar protegida por los infranqueables muros episcopales.

Javier Salinas, hasta ahora obispo titular de Mallorca, de 68 años, tiene ese poder de romper los vínculos matrimoniales, inconsciente por falta de práctica en tales lides, de que no hay peor cosa que un marido despechado o una mujer “sedotta y abbandonata”.  Estaba metido en un lío que se le ha complicado por ir “con faldas y a lo loco”, olvidando los deberes y votos de su traje talar púrpura. Lo dijo San Pablo, la carne es débil. Ni siquiera un prelado está libre de tentación. Claro que es disculpable al estar rodeado de tanta fiesta social de las clases pudientes de una isla donde el pecado nace en la playa y se extiende por hoteles y apartamentos, con sabor a sal y lenguas de babel. No es, pues, extraño que en la diócesis mallorquina haya tanta escasez de vocaciones. La tentación acecha siempre y gusta al paladar como una ensaimada.  

El Obispo Salinas, “con faldas y a lo loco”