domingo 31.05.2020

Malditas fronteras

No es igual esta migración que la de tiempos pasados, aunque las causas y las situaciones sean semejantes.

freeeLa palabra “frontera” derivada del término “frons-frontis, frente” tiene connotaciones de guerra desde que los romanos empezaron a diferenciarla del término limes-límite. Ambos conceptos hacían referencia a dos partes de un todo que había que separar bien físicamente o bien imaginariamente. En su caso, a medida que el imperio romano se fue extendiendo por las riberas del Mare Nostrum (no tanto “nostrum”, más propiedad de los romanos que de cualquier otro pueblo), tuvieron que ir delimitándolo, y a la vez debilitándose; proporcionalmente lo que ganaban en territorio, lo perdían en fuerza y poderío, tanto defensivo como de conquista. El peligro acechaba en las cercanías de sus límites, por lo que tuvieron que idear físicamente delimitaciones, y así aprovecharon la orografía cuando consideraban que ésta era inexpugnable (craso error demostrado por Aníbal y sus elefantes) o comenzaron a construir muros, como el de Adriano en Inglaterra, para evitar las invasiones de los belicosos pueblos que ellos llamaban “bárbaros”, y que pretendían vivir como los romanos vivían, en el lujo y la opulencia. Dos mil años después la historia sigue siendo la misma. (Pintura sobre rasillón (80x25 cms) Carla Iovanetti. Palestina libre. Siria libre. Mundo libre.)

Y así como no se pueden poner puertas al campo, ni muros al viento, tampoco se pueden poner límites al instinto de supervivencia, salvo los que la naturaleza misma dicta. Como tampoco se puede aislar la contaminación, la pobreza o la enfermedad. Los males, como los bienes  excepcionalmente, se propagan igual que el viento. Con mayor razón en los actuales tiempos de la globalización y la accesible información mundial de esta “aldea global”, donde todo se sabe, como en los pueblos pequeños. No es necesario vivir cerca de una frontera para observar, con envidia y desesperación, las diferencias entre unos y otros, y percatarse de que son muchísimos más  numerosos los pueblos que pasan calamidades, los pueblos que viven en la extrema pobreza, sin recursos, ni agua, ni paz, que los pueblos ricos (si es que los pueblos no tanto pueden considerarse ricos, cuanto algunas personas, las menos, de esos pueblos). El espejismo del bienestar, al menos de la paz, provoca esta masiva movilidad demográfica de todos los continentes y todos los países, incluso entre los considerados del buen vivir. Diferencias, injusticias y desigualdades, externas e internas, que marcan a las gentes buscando su salida, su supervivencia, su huida de la muerte y la indigencia. Buscan su dignidad como seres humanos. Y marchan como sea y a costa de lo que sea, incluso su propia vida, allá donde creen que la encontrarán. Se juegan la vida y la de su familia por evitar precisamente la muerte, y se enfrentan a ella porque esa lucha, al menos durante la ilusión del logro de su fin, les devuelve la esperanza y, con ella, parte de la dignidad humana. Muchos no llegan, y saben que llegar al “paraíso” es tarea poco menos que imposible, pero se arriesgan porque ya no tienen nada que perder. Se arriesgan a perecer de manera monstruosa, a ver morir de forma espeluznante a sus pequeños en el camino, en la vía del tren, ahogados en el mar, en sus brazos exhaustos, a ver agonías lentas y horribles de viejos y jóvenes, madres con bebés, por falta de sangre, de alimentos, de aire, de cansancio... A morir por los miles de peligros que acompañan a todo aquel que huye, una huida a lo desconocido, sin echar la vista atrás, con los ojos perdidos en el futuro incierto, con la ilusión de seguir viviendo... Lo conocido no lo quieren ver. Adelante, siempre adelante, sin fuerzas, en silencio, con dolor, la vista perdida en el suelo y en la cara demacrada de su bebé que llora y se revuelve y no hay nada que pueda calmarle, sólo caminar, siempre caminando desesperado, adelante, adelante, con la esperanza puesta en no se sabe qué, pensando en llegar a ese lugar desconocido, del que saben únicamente que les puede librar de la muerte inmediata. A quién no le estremecen las imágenes que se difunden de tamaña desgracia, de tanta muerte provocada... A todos no, hay quienes hacen negocio con esa aberración, con  esa procesión silenciosa cargada de pesadumbres, rabia e impotencia. 

No es igual esta migración que la de tiempos pasados, aunque las causas y las situaciones sean semejantes. En las pasadas hacia el Nuevo Continente había al menos una mínima reflexión y se buscaba una vida más próspera -salvo la originada por las guerras-. En la actual, no existe reflexión, únicamente les mueve el instinto de conservación. Se ven impelidos de repente a huir. A esta desgracia se suma actualmente otra, un añadido a la miseria humana, el negocio. De esa necesidad instintiva, como fenómeno nuevo para aprovecharse, producto del dios dinero que todo lo puede y que rige nuestras sociedades y estados de bienestar/malestar, hacen su agosto las mafias. El nuevo organigrama de las fronteras: las mafias, más poderosas y mejor organizadas que la misma policía y a veces que el mismo Estado, que se ve impotente para controlarlas y eliminarlas, quizá porque, en algunos casos, se vean controlados y manejados por ellas. Puede que, sin temor a exagerar, sean los mismos Estados con sus falsas políticas y erróneo sentido de nación quien ponga fronteras ficticias, al estilo del antiguo imperio romano, creyéndose falazmente inexpugnable y controlable para evitar invasiones.

DE EMIGRANTE A REFUGIADO

A tenor de lo dicho, me parece lógico cambiar el concepto de emigración-inmigración por las connotaciones que en estos tiempos se dan y que deben llevar a la reflexión a los países considerados del mundo rico. No tanto por el natural sentido humanitario, que parece ausente en nuestra sociedad, cuanto por puro egoísmo. No se pueden poner muros al campo, ni echar la vista a otro lado como hasta ahora han venido haciendo las “naciones unidas” y la Europa “desunida”, pensando que eso era un problema de los países PIGS, cuyas fronteras eran las más afectadas por estas oleadas de gentes que nos invaden a bordo de barcazas, camionetas, y demás artilugios, más propios de desguaces que de viajes, convertidos en la mayoría de los casos en ataúdes móviles. Se han planteado atajar el problema cuando es tarde (aunque ya conocen el refrán, nunca es tarde...), y porque les afecta. Pero lo hacen con la típica verborrea de siempre, siguiendo como siempre, con una política de parches, sin medidas efectivas, echando mano a lo de siempre: el muro, la policía, el palo y tente tieso. Estados degenerados que hacen oídos sordos porque no les rentabiliza económica y electoralmente. Les da miedo adoptar y adaptar medidas eficaces porque temen sus gobernantes que les afecte en su economía y en sus votantes. Por eso se muestran timoratos y piensan que con reuniones y declaraciones rimbombantes lo tiene todo arreglado y dejan contentos a los que vienen y a los que están. Craso error no desfacer este entuerto, querido Sancho. Pero con la economía hemos topado. La que se ve y la que no se ve; la blanca y la negra; la oficial, la oficiosa y la mafiosa, que de todo hay, amigo Sancho. Hay que cambiar la mentalidad. Nuestros antepasados  no huían inesperadamente -salvo por las guerras-, se subían a un barco, premeditaban el abandono de su tierra y su gente... No eran niños, sino adultos, hombres indefensos que para defender a su familia buscaban otros recursos donde los hubiera. Han cambiado las cosas. Huyen para salvar su vida, y piden que les ayudemos. No con palabras o represión policial, ni siquiera con pequeñas partidas de dinero. La mejor ayuda es ir allí, al lugar de origen, que recursos nos sobran si nuestros gobernantes hicieran lo que tienen que hacer. Hay que eliminar gobiernos corruptos, aquí y allí, y promover la justicia y la paz, la igualdad y la sanidad. Con evitar -y una Europa realmente “unida” lo puede hacer- la evasión de capitales y promoviendo una mejor distribución de la riqueza y de los productos del campo, se arreglaba el continente africano, pongo por caso. Con plantearse el desarme total por quienes deben hacerlo, se acabarían las guerras. Si seguimos permitiendo gobiernos corruptos en nuestro continente, manejados por las multinacionales, ¿cómo vamos a impedir que proliferen gobernantes corruptos en otros continentes? Hay que pasar de la Unión Europea “económica” (así se llamaba al principio, y sigue en esos parámetros), a la unión de los pueblos, no tanto unión política cuanto unión social (otro concepto que necesita un cambio). 

Si no somos humanitarios, seamos al menos egoístas. Europa es pequeña y está superpoblada. No podemos acoger aquí a tanta gente como las oleadas que in crescendo seguirán arribando a nuestras fronteras. Una evasión/invasión que no podemos evitar ni contener. Tampoco podemos detener esos flujos de poblaciones enteras. Podemos seguir acogiéndolos, pero cada vez será más difícil ofrecerles una vida digna por la masificación. Hay que buscar otros remedios. Hay que partir de clarificación de conceptos para cambiar de políticas.

No pueden ser considerados emigrantes, viejo concepto de antaño, porque no lo son. Hoy hay que hablar de refugiados que encierra diferente aspecto al antiguo porque la razón y el razonamiento es diferente al de antes. Puede ayudarnos a su comprensión y al menos por puro egoísmo, ayudarnos a tomar medidas adecuadas que pasan por la acogida a los que vienen, y por la promoción in situ de los que quieran venir, para evitar la salida de sus países promocionando la paz y su progreso. No es tanto regalarles un pez para que coman ese día, cuanto enseñarles a pescar ofreciéndoles la caña. Allí en su tierra, como ya lo hacen grandes ONGs, desde Médicos del Mundo a Payasos sin Fronteras. Una acción que sin dejar de promocionarla los gobiernos, deben asumirla como cooperación “instructiva” y “constructiva”. Si no por altruismo, que no lo hay, hágase por egoísmo económico y humano, porque esos pueblos, véase África y Suramérica, están como están porque nuestra desarrollada civilización los dejó en tal estado después de haberlos esquilmado cuando las colonizaciones. Ahora nos reclaman esa deuda.

No emigrantes, sino refugiados. Huyen de la barbarie provocada por sus congéneres, en tiempos pasados y aún recientes, y en la actualidad: razias, persecuciones de todo tipo, religiosas, territoriales, guerras, ideologías, conflictos tribales... Huyen de la miseria, de la pobreza y de las diversas opresiones que los humanos se montan. Huyen, en definitiva, de la muerte. Y también ellos, los pobres, los perseguidos, los oprimidos, los enfermos, tienen derecho a la vida, a una casa, a beber agua cuando tengan sed y a tomar alimentos cuando tengan hambre...

FRONTERAS, NEGOCIO MAFIOSO

Las fronteras son, pues, un invento humano. Pueden ser naturales: accidentes geográficos, montes, ríos, de los que echamos mano para delimitar un territorio; líneas divisorias permanentes. También  pueden ser planificadas, como puentes, alambradas con espinos, y muros, fronteras provisionales. Ya no son obstáculos infranqueables. Lo demostró Aníbal con los romanos. Pueden ser fronteras ficticias: de jurisdicción, políticas y económicas. Son inestables y responden al capricho del más poderoso o belicoso. Tampoco son infranqueables, se ha demostrado en estos últimos tiempos en que por fin han caído, como el vergonzoso muro de Berlín, que dividía la misma ciudad. Pero para mayor vergüenza y desgracia, se han vuelto a levantar otros después, en Israel, que divide a palestinos y judíos, el actual en Hungría, por donde sigue pasando gente desesperada. Cuando no existen fronteras naturales el humano se las inventa. Ocurrió, ocurre y y seguirá ocurriendo mientras el sistema siga siendo el que es. A veces no se ven esas fronteras, como la frontera político-económica. Si las anteriores son franqueables, cómo no va a serlo ésta.

El progreso económico está basado principalmente en la industria armamentista y ese negocio provoca las guerras, el maléfico invento humano de unas clases sobre otras para impedir la convivencia. Y de ahí, las fronteras, otro invento adosado a ese negocio de donde deriva precisamente, de sus “frentes” de batalla.

Que las armas y las drogas sean la industria más próspera del mundo desarrollado y su derivación el tráfico de personas, dice muy poco de nuestra civilización. Y las fronteras son su campo de acción. Las personas obligadas repentinamente a huir de su tierra, son estafadas, engañadas y asesinadas al  más puro estilo nazi, por las mafias que dominadoras y expertas en el uso de oscuras vías de introducción de productos ilegales, las aprovechan además para traficar con la desgracia humana, con la desesperación de indefensos seres humanos, desde niños a ancianos y enfermos. Les prometen la vida, y les conducen a la muerte, después de haberles sacado todo lo que tuvieran, desde dinero a casas y otras posesiones, incluso de haberles privado de sus bebés, que sirven para tráfico de órganos, adopciones ilegales, prostitución y otros abyectos comercios y experimentos.

Todo pasa por las fronteras: La pobreza manifiesta, la riqueza oculta y el contrabando solapado. Es el escenario donde mejor se mueven y el más importante de las mafias. Su mayor negocio. El contrabando es la principal actividad: desde traficantes de armas, drogas, alcohol, tabaco, hasta animales y niños, incluso evasión de capitales y obras de arte. Es el mundo clandestino del crimen, los negocios ilegales y la muerte. Y no valen la vigilancia ni muchos y adelantados medios humanos y técnicos para acabar con ellos o impedir que la gente desesperada busque por ellas una salida a su desesperación.

Nos estremecen las imágenes de sirios cruzando la frontera entre Serbia y Hungría, los naufragios de miles de hambrientos, los muertos por asfixia dentro de un camón al estilo de los antiguos hornos crematorios de los nazis... Su invento para matar anterior a los hornos, según ha relatado un compañero en estas lides. Nos estremece ese niño muerto en la playa, y el cadáver cercano de su madre, y la angustia del padre que seguro quiere morir también... Y tantas imágenes como a diario llenan los informativos de uno y otro punto cardinal de nuestra vieja y desunida Europa. De una frontera a otra...  Nos estremece. Pero hay gente que provoca eso, humanos que negocian con humanos. Todos somos víctimas de ese aborrecible negocio, de ese desesperado comportamiento. Hay que poner pronto remedio. Acabar con las armas para acabar con las guerras; acabar con las desigualdades para acabar con las migraciones. Acabar con  las fronteras.


Poema de Inés de María

Adelanto del libro “Hemisferios”. “Tiempos del alma”, cuya publicación tendrá lugar en España en las próximas semanas, dedicado a los “señores de la guerra”.

CUERVOS

Cuervos de negro plumaje,
en fila sobre el alambre,
al caer la tarde contemplan
el correr de la sangre,
el horror de la masacre.

Cuervos de negro plumaje
baten sus alas 
sobre inhóspito paisaje,
otrora florido y amable,
bordado con risas de niños,
y voces de madres amantes.

Cuervos de negro plumaje
caen sobre las vidas sencillas
de niños indefensos,
de madres desprevenidas.

Despedazan la inocencia,
asesinan las risas,
destruyen los juegos
y huyen dejando
su rastro siniestro
de dolor y de miedo.

Cuervos de negro plumaje,
como sepultureros, lucen su traje
negro y brillante.

Su larga sombra agorera
se cierne sobre perfumes y olores,
sobre colores y flores,
y en pleno mediodía
se hace la noche.
Sus picos, como guadañas,
siegan cantares y risas,
abaten ilusiones y almas,
y ensucian de rencor el mañana.

Cuervos de negro plumaje,
armados de rabia y de furia,
de llanto y de hambre,
tenéis la mirada turbia,
y el corazón cobarde.
Dueños de la muerte,
os vencerá el poder 
de una tarde de lluvia;
sucumbiréis algún día,
a la fuerza de una caricia,
¡al nuevo alumbrar de una vida!

Malditas fronteras