domingo 31.05.2020

La charca de Aguirre

El idioma finés tiene 40 palabras para designar la palabra “nieve”. Cada una de ellas define el estado de la misma. La nieve no siempre es igual, eso lo saben los meteorólogos, y también los montañeros y esquiadores. La nieve rodea casi continuamente a los habitantes del país europeo más septentrional, de ahí la multitud de conceptos aplicados a su estado. En nuestra lengua no existen tantas palabras para designar una cosa, porque la de mayor difusión, generalmente la más usada en el habla popular, define por sí el concepto sin recurrir a parábolas, metáforas, u otras expresiones parecidas. Si algo caracteriza a nuestra lengua es la sencillez que trataron de infundirla nuestros antepasados gramáticos, con el famoso Nebrija a la cabeza, por orden de la reina Isabel la Católica. Conseguir un idioma claro que uniera todo el imperio, como mil años atrás acaeciera con los romanos, lo más sencillo posible, homologando el escrito y el hablado, entendible por todos y capaz a la vez de originar arte, fue su afán. Y así quedó. Desde sus orígenes, el castellano, por su cadencia, sencillez y propiedad, fue imponiéndose en las Españas y en otras partes del mundo. Un rico y variado sustrato le impregnó de tal exactitud que si no posee cien conceptos para designar una cosa o una situación, contiene los suficientes para dar a entender el significado de lo referido. Si sucede con la nieve entre los finlandeses, de semejante manera ocurre con el habla de los españoles, sobre todo los impregnados de la cultura rural que, afortunadamente, emplean el concepto apropiado a la situación; el ejemplo claro, semejante al finés, es el agua (en su estado líquido). Un elemento fundamental, cuidado y apreciado como el bien más querido y a menudo esperado por la gente del campo. Por eso el agua, para la cultura rural, no tenía, ni tiene precio, pese a su valor. Decía el insigne poeta, don Antonio Machado, que “es de necios, confundir valor y precio”.

Y necios deben ser nuestros políticos de la Comunidad de Madrid cuando han puesto tan alto precio al agua del Canal de Isabel II. Un bien designado con diferentes palabras según su estado, situación, y utilidad.

En mi libro, donde hace seis años hice referencia, con nombres y apellidos, a esta trama corrupta que trata de aprovecharse del bien común, para conseguir bienes privados, añadía las añagazas que vienen utilizando estos individuos para apropiarse de lo ajeno. Menos mal que algunos de ellos ya están durmiendo en chirona (y les seguimos alimentando, que no lo olviden, respetando su derecho a la vida). A pesar de haberlo publicado y haber sacado referencias del mismo en algunos medios, han seguido haciendo de las suyas, pensando que eran inmunes, que debido a su poder, nadie se atrevería a investigar sus chanchullos y a juzgarlos... Consideran estos amantes del fango que los periodistas no somos más que los mensajeros de sus acciones, que unas veces alabamos y otras denunciamos, cuando nos lo permiten, porque si quitan y ponen fiscales y jueces a su conveniencia, también se arrogan el poder de quitar y poner informadores o comprar y vender medios. Pero ahora, con esto de Internet, aunque no lo permitan, estos mensajeros realizan su trabajo sin importarles otro interés que desvelar corrupciones y exponer la verdad, aun a riesgo de su vida, objetivo de las mafias, o del sutil impedimento del ejercicio de su profesión, como hacen quienes conciben el poder, la administración, y la ley, a su servicio. Eso apunté en mi libro.

También denota la desidia por la lectura de nuestros políticos, que ni siquiera leen los libros en los que son protagonistas. Así nos va. Y así les va. Necios y ciegos sin enterarse de nada, sumidos y absortos en la codicia. Tratando de darnos gato por liebre cuando hablan del “interés general”, para justificar un campo de golf en el centro de Madrid, como si todos los madrileños fueran aficionados y practicantes cotidianos de ese deporte. Y nada mejor que un campo de “golferos” donde hay agua.

DE LOS CHARCOS A LA CHARCA

A eso vamos, al tema del agua y el lenguaje, dada su poca afición por la lectura, con el deseo de que estos políticos aprendan algo y apliquen correctamente la ley y el habla, y no los usen según les convenga. Cuando les interesa y saben de qué va la vaina, aplican correctamente el lenguaje, y cuando no, se enredan en un palabrerío farragoso pasa salir del paso, cuando del paso, enfangados en el lodo hasta el corvejón, no se puede salir; han quedado atrapados en él, como las moscas en la miel. En este caso en los “charcos”, situación que provoca el agua. En esta ocasión la señora condesa ha hablado con propiedad y exactitud. Suele hacerlo, sobre todo en momentos de laconismo furibundo, olvidando su cuna y buena educación.

Todos sabemos a qué llamamos “charco”: recordemos que de niños, el agua nos servía también de juguete, y era divertido chapotear con los zapatos, hasta que llegaba la madre y tiraba de zapatilla. También en el lenguaje coloquial se aplica a alguien que se busca problemas sin causa real: “se mete en unos charcos”... Estas meteduras de pata, y de mano, en charcos y bolsas -de dinero, aunque también pueden ser de agua- acarrean malos resultados, tanto para los sujetos de tales acciones ilícitas e ilegales, cuanto para los afectados por ese comportamiento. Se sabe, además, que una de las principales características del “charco” es su falta de permanencia, no tarda en evaporarse y desaparecer, para volver en cuanto aparezca de nuevo la lluvia.

La aguerrida Aguirre y sus compinches se han venido metiendo en muchos charcos desde aquel famoso e impune “tamayazo” (cuyas consecuencias no han desaparecido), soborno mediante el cual se alzó con la presidencia que luego dejaría a su sucesor, hoy imputado y encarcelado, como otros “consiglieri” y “soldati” de su confianza. Un “tamayazo”, cuya comisión de investigación precisamente presidieron esos dos personajes que hoy están en la cárcel, Granados, y González. Si estas comisiones nunca han llegado a ninguna parte, y lo investigado sigue más oscuro que antes, cuánto peor si en ellas quienes son jueces, son a la vez parte. Como decía el cantautor Atahualpa Yupanqui, “no aclare, que oscurece”. De esos lodos... Pero no desviemos el cauce del agua y sigamos en los charcos.

El lenguaje no es otra cosa que reflejo o expresión del pensamiento. No sé qué tipo de falda usa con mayor frecuencia esta “grande” de España, consorte del Conde de Murillo y nieta del Tercer Conde de Sepúlveda, pero me consta que larga es su lengua, como su título y sus cargos políticos en diferentes gobiernos, desde que en sus inicios anduviera entre la basura (como concejal). Esa lengua le ha perdido y delatado. Ella, que no es ni rubia ni tonta, pese a no haber “vigilado como debía”, ha definido muy bien el lugar donde estaba y con quiénes estaba, al calificarlos de que le han salido “ranas”. Cómo se ve que no ha jugado con charcos ni es de cultura rural. Sabría entonces de las diferentes denominaciones que se aplican a cada tipo de embolsamiento de agua, según las características de la misma. Sabría que no es igual una charca que un estanque, diferenciaría el agua sucia de la limpia. Sería consciente de que las ranas son los principales anfibios pobladores, junto a serpientes, renacuajos y sapos, de aguas sucias, y cuando las aguas sucias se amontonan en un hondo, se las denomina “charcas”, y sirven de bien poco. Hay otras aguas embolsadas, muy beneficiosas, como los humedales, cuna de diversidad biológica, o las utilizadas para beber o regar, cuyas vías conservan todavía su nomenclatura árabe: azarbes, albercas, albuferas... De siempre esas aguas eran limpias, compartidas por toda la comunidad, y quienes se negaban o trataban de aprovecharse sin respetar el turno, eran castigados o separados de la vecindad.

Ha sido, pues, exacta y propia la denominación de sus colaboradores y hombres de confianza al definirlos como “ranas”. ¿Qué esperaba encontrar alguien que asciende desde la basura y se rodea de basura? ¿Que esperaba encontrar en una charca de aguas podridas, que llevan enfangadas desde hace años? Pero no se preocupe, señora condesa, incluso de las ranas se pueden aprovechar las ancas. Quizá, no le convengan a un paladar como el suyo, pero en este trance en que debe tragar sapos y culebras, no le haga ascos. Tampoco llore, que buenas risas le han proporcionado sus elegidos a los que encumbraba, mandaba y repartía cargos.

La charca de Aguirre