#TEMP
sábado. 13.08.2022

El gran debate

Debatir es la esencia de la democracia; sin intervenciones en los medios, donde cada aspirante al gobierno exponga sus intenciones y programas, no se pueden conocer a los candidatos.

Acaba de empezar la lucha electoral para ser elegido nuevo gobierno el próximo día 20 de diciembre. El arranque actual de esta campaña ya no es tanto pegar carteles convocando a los fotógrafos de los medios escritos, porque hoy casi nadie lee, y la fotografía ya no es inmóvil, lo que manda es la imagen móvil de la TV, que reúne además la brevedad del titular a manera de tuiter, a semejanza de los eslogan de la publicidad, pues la campaña no deja de ser eso, publicidad, aunque se le llame propaganda. Y de titulares estaba hecho el debate porque en la tele el mensaje es el tiempo, está condicionado por el minuto cuando no por el segundo. Por una vez el medio se presta a ser apoyo de la democracia organizando un debate donde nada estaba pactado excepto los tiempos de intervención, para evitar que unos se extendieran en su oratoria más que otros, y todos dispusieran de la misma cantidad de tiempo. Se respetó por los líderes políticos, y eso es de alabar, como también la ausencia de crispación y el respeto a las intervenciones del otro, aunque a veces se escapara el interrumpir, quizá se deba a la falta de costumbre. Un reproche a los atriles, faltan otros partidos que habría que tener en cuenta, porque aunque no sean relevantes, están ahí. Pero bueno...

Debatir es la esencia de la democracia; sin intervenciones en los medios, donde cada aspirante al gobierno exponga sus intenciones y programas, no se pueden conocer a los candidatos. Por eso hay que reprochar que el actual presidente de gobierno, el Sr. Rajoy, que espera repetir, haya estado ausente de un debate tan importante. No debatir y apuntarse, por el contrario, a programas con intervenciones maquilladas, enlatadas o pactadas, no es sino un manejo del medio para cantar sus loas, y para ocultar lo que debe salir a la luz, sea bueno o malo. La ausencia significa que tiene mucho que ocultar y por eso delega en otros para que se batan el cobre por él.

En más de una ocasión he oído decir que evitar una batalla es ganarla, en este caso no, y el PP ha sido el gran perdedor simplemente por el debate en sí (no digamos por lo que lleva detrás en sus años de mal gobierno), porque los frentes estaban tan abiertos que era imposible cerrarlos, a no ser que su líder y principal responsable de la estrategia en el campo de batalla sepa reconocer su error y dé muestras de enmiendas con pruebas fehacientes. Eso le ha faltado al líder del PP y a su sustituta en el debate, que para más fracaso pregonaba otro eslogan a imitación de aquel famoso y de triste recuerdo de su otrora líder Aznar, “España va bien”, cambiándolo por “España está creciendo” , cuando dicho crecimiento no se nota, y quien, se supone es el artífice de esa mejoría, como para presumir de ella y aminorar los efectos negativos de su gestión, brilla por su ausencia.

Ateniéndome al debate, hecha esta aclaración, me gustaría ofrecer mis primeros aplausos a la valentía de la señora vicepresidente de gobierno que ha tenido la encomiable voluntad de enfrentarse a sus rivales, consciente de que le podían atizar donde más le dolía. Y así fue. Una valentía que pagó personalmente con una notable pérdida de credibilidad al no reconocer el lastre de la corrupción, y a la vez con el fracaso de una intervención que lejos de favorecer a su partido, le ha perjudicado situándola en cuanto al éxito de sus intervenciones en los últimos puestos, junto al líder del PSOE. Los dos perdedores. (Si es que en un debate se puede usar este calificativo que me veo obligado a anotar al no encontrar otro más apropiado. En un debate democrático, todos ganan, incluso los menos notables. Al contrario del día posterior al recuento de votos, donde si la elección ha sido libre y consciente, el que gana es el pueblo, no cada partido por mucho que suban sus votos). 

LA PUJANZA DE LOS EMERGENTES

El mensaje de ambos partidos tradicionales sonaba a lección aprendida, aunque el nuevo líder del PSOE tratara de recobrar con sus intervenciones el prestigio que los socialistas tuvieran en los primeros años de democracia y tratara al tiempo de desprestigiar a su eterno rival, el PP. Hizo sus propuestas que quedaron difuminadas por su afán de mostrar el alejamiento de su partido de los dos partidos emergentes. Su mensaje no llegó tan profundo como el de los nuevos candidatos quizá por abusar de cantidades y tecnicismos, y no lanzar ese mensaje corto capaz de captar la atención del pueblo llano. Estuvo digno, y con muestras de preparación, pero le faltaba cierta calidez en sus expresiones y mayores muestras de persuasión. Se mantuvo, desde mi humilde opinión, no tanto como periodista sino como un televidente más, hasta un poco frío y distante con respecto a los demás, producto quizá de saberse líder de un gran partido con historia y un bagaje político que sacaba a relucir en cuanto le daban ocasión, en un afán de demostrar estar por encima del resto de partidos, como si les reprochara a unos su inexperiencia de gobierno, y al otro, el PP, sus errores.

Por su parte, aunque los dos partidos emergentes, Ciudadanos y Podemos, pueden considerarse como los vencedores en el debate, el nuevo líder Pablo Iglesias, que no empezó bien, acabaría siendo el indiscutible ganador.

A Rivera e Iglesias se les nota, primero que están muy preparados, y segundo, que están acostumbrados a debatir, tanto por sus mensajes como por sus actitudes respecto al resto, y ante el manejo del discurso frente a los temas; cuando hay que mostrar acritud o crítica cambian de tonalidad o enseñan pruebas que desarman al contrario. En líneas generales su mensaje aparecia distinto al de los dos partidos tradicionales, aunque el de Rivera en muchos casos sonara a lección aprendida y en otros se mostrara ambiguo y poco claro, divagando sin definirse o perdiéndose en cantidades, que como les reprochó, a él y a Pedro Sánchez, echando mano de una cita de W. Churchill, Pablo Iglesias, las cantidades se pueden manejar según convenga.

Albert Rivera iba siendo el ganador hasta la mitad del debate, pero poco a poco se fue desdibujando en su mensaje por querer distanciarse tanto del PSOE como del PP, algo parecido a Pedro Sánchez. Se salvó de esa decadencia en cierta medida cuando mostró a Soraya Saénz de Santamaría la página del diario donde se daba cuenta de la corrupción del PP. A partir de ahí el debate subió en intensidad y empezó a ascender la figura de Pablo Iglesias, con un mensaje claro en temas tan controvertidos como la actitud ante los intentos de secesión de Cataluña, la corrupción, el terrorismo islámico o las “puertas giratorias”, donde Albert Rivera no acabó de aclararse.

Si a ese avance en la batalla dialéctica unimos el final con el que acabó la misma, habría que dar como triunfador al líder de Podemos. Iglesias lanzó el mejor mensaje: el mensaje de la emoción y el convencimiento. No pudo concluir mejor el debate dejando atrás programas, cantidades y promesas, para, dirigiéndose a la gente, acabar con eso de “no olviden corrupciones, no olviden recortes...” y “sonrían al 15-M... sonrían a la madre... sonrían al padre que trabaja quince horas... Sonrían que sí se puede”. No olviden y sonrían... Distinto mensaje para una política distinta.

El gran debate