martes. 23.07.2024

El fracaso de los recortes

Ha quedado demostrado que los recortes, la austeridad y las privatizaciones en general no conducen a una mejora social.

Ha quedado demostrado que los recortes en servicios, en salarios, que la disminución del gasto público -que mejor que “gasto” sería llamarlo “inversión”-, que la austeridad en los de siempre, y que las privatizaciones en general no conducen a una mejora social. Así han actuado los políticos y sobre todo los gobiernos de los países más pobres -es un decir- de esta Europa desunida. Así lo han hecho al dictado de esa ideología denominada “neoliberal”, surgida de la escuela americana de Chicago, con la estupidez característica de la sociedad yanqui, que ya desde mediados del siglo pasado ha sido puesta en entredicho por asentar sus bases en parámetros erróneos, por más que alguno de sus “ideólogos” haya sido premiado con el Nobel.  También ha habido otros economistas, premiados con el mismo galardón, como Stiglitz y Krugman, que han contradicho y demostrado la falacia de esas teorías puestas en práctica a mediados del siglo pasado, con sus repercusiones nefastas cuyo resultado se observa en la actualidad. El neoliberalismo con su premisa de que todo debe girar en torno al mercado, incluso la misma persona, como una mercancía más, no es ideología ni nada que se parezca, pues carece de ideas “globales” y sigue manejándose no en tanto a su sabiduría, sino en cuanto a los dictámenes de aquellos a los que sirven y deben halagarles los oídos, el gran capital. Si algún sabio ocupando cargos importantes en organismos importantes, como el Banco Mundial, y el caso del economista jefe Stiglitz, no se atiene a dar la razón a los emporios empresariales, lo despiden. Se dice que las encuestas dan mayor porcentaje a favor de quien las paga o encarga, y así sucede con los altos directivos, que deben comportarse como fieles siervos a quien sirven. Resultado, informes falsos para economías falsas que llevan, como ha sucedido, al desastre, un desastre que pagan no precisamente quien los causa, sino el pueblo llano, sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho en esta época de vacas flacas. Sus expertos, perros fieles, no han sabido ni saben aplicar una correcta economía, ni siquiera en los puestos de responsabilidad en los organismos internacionales donde han estado; ejemplo claro y cercano es uno que para más inri fue ministro de la cosa en España, el sr. Rato, que además de ser inútil e incompetente para tal cometido, encima nos ha salido “chorizo”. 

Los dos últimos premios Nobel de economía, a los que se han sumado otros muchos prestigiosos economistas, han venido abogando en estos últimos años, ante el desastre que imperaba empobreciendo sociedades y países, por una política distinta, una economía global, y a la vez ecológica, la única manera de remediar esta debacle económica que promueve la desigualdad y la contaminación, y priva a las personas  y a las naciones de un derecho fundamental: la libertad, y la soberanía.

El 90% de las familias españolas, también, aunque en menor porcentaje las europeas, así como los países considerados en la UE como “pigs” -se supone que estas naciones del sur están consideradas como las más pobres  de Europa, cuando en realidad son todo lo contrario, por algo fuimos las primeras entroncadas dentro del imperio romano-, se supone que estos países de la cuenca mediterránea, necesitan ser “rescatadas” por las más ricas, con Alemania al frente. Y es verdad, puede ser que se vean en la necesidad de un rescate, que no es otra cosa que liberarlas de un secuestro; a fin de cuentas y con cuentas, eso significa rescate, una liberación de una opresión, sea del tipo que sea. Pero el rescate viene dado por la ruptura del orden anterior, provocado por una acción anterior considerada ilegal, mal hecha, consecuencia siempre en contra de la voluntad del que debe ser rescatado. El rescate es, pues, la respuesta a una provocación (cuando no viene dado por una acción imprevista y desastrosa de la naturaleza). Para que haya rescate, es preciso que antes se haya cometido una acción ilegal, ominosa, indigna, de privación de derechos y libertades. Y si en siglos pasados se consideraba un atentado contra la libertad y la dignidad humanas las agresiones físicas, morales y opresivas revestidas de mil maneras, incluso la ignominia de lo que se llamaba  impropiamente el “derecho de pernada”, pongo por caso, hoy día hay otras formas más sutiles de opresión humana, entre ellas la economía y la contaminación. Dos elementos que, como antiguamente era considerado el derecho de pernada o la patente de corso, como algo normal y admitido -nunca por el oprimido, siempre por el poderoso, aunque debía aceptarlo resignado por su impotencia ante la fuerza del otro-, hoy parece que seguimos pensando lo mismo, lo admitimos como normal. Normal que unos prevalezcan sobre otros, y exploten a los otros; normal que los jóvenes tengan que buscarse la vida lejos de su tierra; normal que unos pasen hambre mientras otros  se hinchan a comer; normal que los niños mueran desnutridos en un mundo donde sobran los alimentos y en algunas partes se tiran a la basura. Normal que se contaminen aguas y aires como resultado irremediable de una economía basada en conceptos erróneos. Normal que se considere a los ancianos un estorbo e inutilidad en esta sociedad que ellos han levantado durante su vida de trabajo, y a la mujer como un florero bonito al que colocar en sitios vistosos y explotarla para placer de otros. Normal, en fin, que no haya trabajo, pan y paz para todos, y se gaste en armamento mil veces más que en servicios sociales en todos los países, o en investigaciones beneficiosas para todos los países. Normal que unos aumenten su riqueza a costa del aumento de la pobreza en otros. Normal esta locura que lleva al fin de la humanidad.

En uno de mis libros desarrollo una teoría cuyas premisas he apuntado aquí en otros artículos al hablar de la marcha de la Historia. Una historia que ha sido dirigida y manejada por dos conceptos a lo largo de la vida en la tierra del ser humano, prevaleciendo uno u otro según la época y la mentalidad del poderoso: la religión, en los primeros tiempos, y luego la economía, con sus correspondientes ramificaciones e intereses, todos ellos terrenales y mercantiles. En torno a estos dos ejes han girado las relaciones entre los pueblos, entre naciones y entre las diferentes sociedades de esos pueblos. Y tanto unas como otras, cuando se rompían o no se obtenían los beneficios esperados, se solucionaban con las guerras. La sangre ha sido la tinta con la que se ha escrito, desgraciadamente, la historia de la Humanidad. No hay ser más belicoso y destructivo que el ser humano. Ningún otro ser atenta y aniquila, salvo fuerza o instinto mayor, como el hombre, que, por si fuera poco, se vale  de su inteligencia para inventar útiles que destruyan más en menor tiempo y con menor riesgo para quien lo usa.

NUEVO EJE HISTÓRICO: LA ECOLOGÍA

Pedro sigamos con esta visión de los dos polos que han dominado nuestro devenir social. A veces iban separados, cada cual por su lado, y por ellos se originaban guerras y se siguen originando, pese a voces en contra y a un cambio de mentalidad en algunos dirigentes y pueblos, conscientes de sus irreparables desastres. Se ha dicho y se ha demostrado que es más barata la paz que la guerra, pero siempre hay gente que sigue sacando beneficios de los conflictos, generales y particulares. Las guerras de religión, revestidas de otros argumentos, permanecen con la misma saña y mayor destrucción que ataño, cuando se invocaba descaradamente el nombre de Dios. Las guerras de la economía las sufren todos los países sin excepción, incluso los más desarrollados, quizá precisamente por estar más desarrollados, entendiendo por desarrollo el aspecto económico y técnico. No hay sino que mirar cualquier mapa.

Hemos hablado de la política económica mal aplicada, y con miras estrechas, que los grandes directivos de las grandes compañías y organismos internacionales están imponiendo en todos los países, llevándolos al desastre, empobreciendo a una población impotente, en un principio, ante tales decisiones. ¿Son esos expertos, que toman esas decisiones erróneas, incompetentes para ocupar dicho cargo? ¿No será que, como todo currito, teman perder sus privilegios y se deban al mejor postor? En la actitud del premio Nobel, Stiglitz (cesado como economista-jefe del Banco Mundial), y de otros compañeros en otros lugares, se  puede vislumbrar algo de lo expuesto, su nobleza y valentía, la misma de aquellos que denuncian la corrupción. Pero gente así hay poca, quizá porque todos estamos absorbidos, metidos dentro de un sistema que nos obliga a ir a veces en contra de nuestros principios, por miedo, por evitar quedarnos fuera del sistema al que seguimos haciendo el juego. No deberíamos olvidar que todo pueblo, todo ser humano oprimido tiene derecho a levantarse, a recuperar su dignidad y su libertad, a mantener su idiosincrasia y su manera de hacer las cosas y dirigir su historia según su cultura y sus posibilidades, sin injerencias de terceros.  

No quiero acabar sin ampliar la respuesta a la pregunta sobre los directivos de emporios financieros y empresariales. No les creo tan ignorantes que no supieran de economía sino que, visto el servicio a quien se debían, tergiversaron el contenido de tal asignatura, dándole un sentido distinto a su etimología y terminología. De su irresponsabilidad dan prueba los fracasos en bancos, financieras, empresas multinacionales y todo tipo de mercados, que han dirigido, y siguen dirigiendo, cuya ceguera ha llevado a este desastre mundial, donde las desigualdades son mayores y más graves cada día, y donde frente a la merma en los salarios de los trabajadores, esos directivos y políticos a sus expensas y servicio, se han subido el sueldo un 80 %, según datos publicados en este mismo diario. La voz de su amo prevalece sobre otras disidencias porque la economía sigue mangoneando nuestra historia, dirigiendo nuestras vidas. Hay que cambiar de mentalidad, sobre todo la de esa gente que ciegamente no piensa en otra cosa que en el beneficio a costa de lo que sea, no sólo la explotación del hombre por el hombre, sino la explotación de la misma naturaleza. El petróleo, pongo como ejemplo flagrante, desertiza la tierra; es un veneno, y así es visto desde la más remota antigüedad, mejor era dejarlo enterrado, sin que saliera a la superficie, porque era devastador. Lo sabían los antiguos, incluso los depredadores del imperio romano, y con él nunca se atrevieron.

La economía, pues, debe dejar paso a la ecología. Este debe ser el tercero, único y definitivo eje que marque las decisiones de quienes rigen los destinos del planeta, si no queremos acabar con  éste, y por ende, con toda la humanidad. Las voces que claman en esta dirección ecologista no deben predicar en el desierto. Hay que escucharlas, y desechar falsos conceptos que han perjudicado nuestro mundo y han abierto una brecha por la que se desangra la humanidad entera.  

El fracaso de los recortes