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martes. 27.09.2022

Las “felices” vacaciones de los ‘chorizos’

El acertado en estos casos, calificativo de “chorizo” contiene peor carga, mucho más peyorativa que “ladrón”, o que simplemente “caco”.

Si algo nos queda de las secuelas del imperio romano en nuestra idiosincrasia hispana es, entre otras, la concepción de diferente ciudadanía: ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Los primeros, como siempre, los nacidos con el sello de “romanos”, gozaban de todos los privilegios, palacetes en la mejor zona urbana, comilonas, harenes, baños privados, palcos en el senado y en el coliseo, incluso podían tener derecho a gozar de la servidumbre de los esclavos, que si procedían del sometido imperio griego, eran sin lugar a dudas muchos más cultos que sus amos; de ellos aprovechaban no sólo su mano de obra gratis, sino su cultura. Claro que los tiempos han cambiado, y gracias a la evolución del pensamiento humanista y la abolición de la esclavitud -por cierto hasta hace bien poco, aunque sigue disfrazada de otra manera, sutil y tanto o más perversa-, hoy podemos llenarnos la boca con la igualdad y la libertad que pregonaran allá por los finales del XVIII nuestros antepasados revolucionarios franceses (la fraternidad poco se nombra y menos se practica). De la igualdad y libertad nos hablan hasta el hartazgo. A los políticos se les llena la boca cuando quieren presumir de sistema democrático. En todas las constituciones cuando son constituciones y no proclamas, se contempla la misma igualdad y libertad, que luego muchos gobiernos se las saltan por activa y por pasiva. Entre los principios generales sobresale el derecho a una vivienda digna (distinto son oportunidad y medios), derecho a la sanidad, a la educación, a vivir donde nos plazca (o donde podamos). A informarnos y a expresar nuestra opinión. A reunirnos... En fin, que todos somos libres e iguales ante la ley. A la publicidad le encanta jugar con que todos tenemos derecho  al disfrute de la vida y que tal producto es el adecuado para conseguir tal o cual éxito... Que nadie es esclavo de nadie, nos dicen, que todos somos iguales, y la ley es igual para todos; que si los tres poderes del sistema social -legislativo, ejecutivo y judicial- son independientes; que si los jueces no miran el carnet de aquellos a los que juzgan; que si los políticos, sobre todo los dirigentes de partidos y cargos públicos, deben dar ejemplo y rendir cuentas a quienes les han votado... que si patatín que si patatán. Pues eso. Nada de eso. Para muestra basta un botón: las vacaciones de unos y las desgracias de otros por culpa de esos unos, que sin ser bárbaros, por no pertenecer a tal imperio, se han comportado como “hunos”, “bárbaros”, y “chorizos”, término este último acorde con nuestra idiosincrasia, acuñado e implantado por el pueblo, y aceptado, sin excepción que valga, por el mismo pueblo, que de esto nuestro país sabe mucho, con razón, derivación, y argumentos.

“CHORIZO” PEOR QUE LADRÓN 

Cuán acertado, preciso y conciso es nuestro lenguaje y qué propio uso hace del mismo nuestra sabia gente. Bien sabido es que el hombre puso nombre a los animales en el paraíso terrenal, a cada cual según sus pintas les fue nombrando, dándole su identidad. Dejando como ilustración la parábola bíblica, salgamos de ese vergel para ir a otro en la ribera del Tajo, Aranjuez. Era el paraíso de los monarcas Borbones donde gozaban de la feraz natura contemplando el correr del agua, navegando por su cauce al son de arpas y cítaras, mientras sus “validos” -otro concepto para indicar lo que no es y debiera ser si llevara su acento- se dedicaban a gobernar en favor de sí mismos, sus allegados, familia y amigüitos, donde tampoco podían faltar las queridas, meretrices y amantes, aunque fuesen reinas, o porque eran reinas. Es el caso de uno de los personajes más ambiciosos y trepadores de la historia española cuyo único mérito debía ser su presencia en la faz y entre piernas. Se llamaba Godoy, y le nombraron Príncipe de la Paz como hoy podía ser nombrado Nobel de la  misma. Que en esto de nombramientos, por lo que se ve, antes y ahora, cuentan otros méritos no relacionados con el cargo en cuestión. El tal Godoy, amante de lo ajeno y de la reina -había que tener eso para  complacer a esa- procedía de una familia de porqueros, es decir criadores de cerdos, con todos mis respetos para los extremeños que se dedican a tal menester, que sabroso y digno lo es en esta tierra como en ninguna otra, y gracias a su graciosa majestad y sus chanchullos reales, llegó a ser el mayor mangante del reino, gobernando para él y sus queridas a las que regaló, repartidos por los pueblos de alrededor de Madrid palacetes y jardines al modo y manera de sus protectores, pues todo se pega, excepto la belleza (por eso la reina siguió siendo como era). Y todo gracias a la hacienda popular que alimentaba la hacienda real y la suya propia. Hasta que un buen día en Aranjuez, el pueblo, harto de que ese mal bicho le siguiera chupando la sangre, el sudor y las lágrimas, sustituyó los cánticos de los pajaritos y el sonido armonioso de las cítaras, por el crujir de horcas y cacerolas y el griterío de una multitud indignada bajo el simple lema de “¡chorizo, chorizo”! Fue la primera cacerolada y el primer “escrache”. El todopoderoso valido, que quería seguir haciendo -nunca mejor dicho por el motín- de su capa un sayo, tuvo que dejar el cargo y salir por pies para evitar su linchamiento. Y es que cuando el pueblo se une, al ser infinitamente más numerosos los buenos que los malos, no hay ministros, ni reyes, ni ejércitos -véase Napoleón-, ni banqueros que les venzan.

El acertado en estos casos, calificativo de “chorizo” contiene peor carga, mucho más peyorativa que “ladrón”, o que simplemente “caco”. El ladrón sabe que corre el riesgo de que le pillen in fraganti y sea condenado, y a pesar de todo, movido en la mayoría de las veces por la necesidad y la desigualdad social, cree que le merece la pena correr ese riesgo, pero el “chorizo” se cree que debido a su posición social, a su poder económico, puede delinquir a sabiendas de que o no le van a descubrir, o cuenta con recursos y relaciones para burlar la ley si es descubierto. En uno es necesidad, en el otro, en el “chorizo”, es mero vicio y afán desmesurado de riqueza. En uno es un atentado contra la propiedad privada individual y suele hacer su labor en lugares de por sí privilegiados; en el otro, significa un claro desprecio social, un comportamiento incívico, antisocial y desalmado, porque roba a los más desfavorecidos y necesitados, los que sostienen esa sociedad. Es, pues, un claro delito de “lesa sociedad”, y como tal debe ser juzgado, casi como un criminal por las consecuencias que acarrea su acción.

INDIGNACION Y RABIA

No sé si la historia se repite o sigue, pero no hay duda de que semejante indignación ha producido en la sociedad española este verano las vacaciones de unos cuantos “chorizos” que debían estar en prisión y que gracias al trato de unos jueces afines al gobierno corrupto, ergo... cuanto por el personaje a juzgar que tenían enfrente -infantas y demás raleas reales, presidentes y familias poderosas- no sé si por amenazas, con sobornos o sin ellos, sino simplemente por tratarse de quien se trataba, les conceden privilegios y dádivas que a los demás mortales les están vetadas. Desde permitirles que no declaren y se rebelen, entren y salgan de la cárcel a su antojo, o se compadezcan ante su petición de que les tratan con dureza o les abocan a la pobreza y el desprestigio -que nunca tuvieron, no hay mayor descaro-, se achican los susodichos y se alinean con su comportamiento de manga ancha al lado de esos chorizos, poniéndose al servicio de la corrupción, la evasión de capitales, el mangoneo político, en fin, cómplices de un delito de “lesa sociedad”. Qué otra cosa es que hagan caso a esas peticiones de clemencia, de dureza en el trato al aplicar la ley, de impotencia ante la fianza de millones que les imponen... Y los jueces, magnánimos ellos y compasivos, se echan atrás, y les rebajan la fianza porque no quieren que, pobrecitos, pongo por caso, la familia real irreal se vea abocada a hipotecar su palacete, o el señor Rato se niegue a dar cuentas de sus cuentas, o las administraciones salientes se dediquen a destruir documentos, ya de por sí un delito flagrante... ¿No es la prueba de que hay ciudadanos de segunda y de primera? A qué familia le han consentido que dejando de pagar una hipoteca que llevaba pagando años y años, y de la noche a la mañana, por cualquier grave circunstancia, provocada la mayoría de las veces por un mal gobierno, han consentido que  le echen de su casa... No les importa dejarla en la calle con hijos pequeños o mayores enfermos. No pagas, ¡fuera! Eres moroso, eres delincuente y se te debe aplicar la ley con todas sus consecuencias. ¡Y a callar! El señor Rato es uno de esos inductores al suicidio, por ejemplo... Una responsabilidad de la que no se le acusa, más grave que haber robado o evadido capitales... Bankia, de la que él fue fundador y urdidor, transformándola de Caja de Ahorros y Monte de Piedad (piedad) además de otras cajas, junto a otro delincuente como el señor Blesa y políticos de Madrid, desahució a miles de familias en España, que ha costado vidas, aumentado la exclusión social, la pobreza y el suicidio. Y por ende, su gran estafa, nos ha costado miles de millones a los contribuyentes, y el dinero de su rescate -palabra tan de moda y tan nefasta-, ha ido a parar a tarjetas negras, a paraísos fiscales, a los bolsillos de gentes sin escrúpulos y sin conciencia... que siguen disfrutando de sus vacaciones al lado de sus amantes, cambio familiar que también se ha puesto de moda entre los religiosos y católicos amigos del PP (Quizá crean que el dinero todo lo consigue, incluso el amor del que antes debían estar faltos o les resultaba difícil conseguirlo. Quizá tengan -que todo puede ser y suele ser frecuente- cierto complejo de inferioridad que piensan eliminar con la acumulación de poder y dinero).

Esta situación de diferentes ciudadanías debe se abolida. Todos somos iguales, todos nacimos desnudos, de la tierra salimos y a ella hemos de volver. Y la ley debe ser aplicada a todos por igual, sin distingos de raza, estatus, o demás inventos para que unos estén arriba y otros abajo sosteniendo a los de arriba. No hay que olvidar que la base de esta pirámide social la conforman las mayorías y que, unidas pueden acabar con el mayor poder del mundo, sin armas, solamente con  su razón, que suele ser distinta a la razón de Estado.

Por eso no es una sorpresa que el montaje de la foto del señor Rato con su “novia” -a su edad y por su cartera- disfrutando de sus vacaciones, bien pagadas por todos a costa de sacrificios y muertes, arrojándose al mar donde entre las olas le espera con las fauces abiertas un tiburón, haya levantado tantos comentarios, indignación e insultos en las redes sociales, a sabiendas del resultado de su comparecencia ante el juez. A todos los comentaristas les gustaría que se lo tragara el tiburón. Pero creo que eso sería -es mi comentario ad hoc- hacerle un favor. Pobre tiburón, podía indigestarse con ese mal trago. Pocas veces como en este caso, es acertada la abolición de la pena de muerte. En este y en otros casos, como el de los violadores o asesinos de chicas indefensas...

Produce indignación y rabia que mientras unos, la mayor parte de los españoles, no pueden disfrutar no ya de sus vacaciones sino de su propia casa que le han quitado, otros, culpables de esa desgracia, se paseen impunes e inmunes por la ociosa geografía vacacional. Indignación y rabia ver cómo se han aprovechado de ellos, de su trabajo ahora perdido y sus impuestos hoy evadidos. Indignación y rabia contemplando atónitos cómo precisamente los canallas disfrutan de ocio en los mejores lugares y más caros de España. Cómo se divierten a su costa gastando a manos llenas mientras las suyas permanecen vacías sin poder no digo llegar a fin de mes, sino sin poder alimentar a sus hijos.

Quizá llegue algún día, como ese de Aranjuez, que arremetan unidos contra tanto chorizo y se acaben las corrupciones y los sinvergüenzas. La sociedad se librará así de una lacra, de un cáncer que se va extendiendo y la carcome si no se le pone remedio. La sociedad por fin habrá triunfado.

Las “felices” vacaciones de los ‘chorizos’