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lunes. 27.06.2022

Carta a los Reyes Magos

Sé que vosotros, mis queridos Reyes Magos, nada podéis contra la locura humana y que no está en vuestra mano acabar con los desastres naturales...

Queridos Reyes Magos: Espero que a la llegada de ésta os encontréis bien y cerca de mi tierra, y que no os hayan puesto dificultades las policías de fronteras, que según me han dicho están muy intransigentes con los que quieren pasar por ellas, no os hayan confundido, al venir con tanto paquete, con traficantes o algo por el estilo que cada vez hay más y vienen no sólo en camellos, sino en lanchas y avionetas.

Antes de nada, quiero que sepáis que creo en vosotros desde que era pequeñito, y que a pesar de todo -que luego explicaré para que no me malinterpretéis-, sigo creyendo en vosotros, y os tengo  cada día del año, no sólo en estas fechas, siempre presentes, sobre todo cuando juego al mus, donde puedo disponer de otro rey más. Claro que estos cuatro reyes no sirven nada más que para divertirse o perder dinero; no es mi caso, yo nunca juego por dinero sino por mera diversión, como han hecho los reyes a lo largo de la historia que me han obligado a estudiar, abriéndome los ojos respecto a  instituciones obsoletas salvo la vuestra, que buena falta hace algo de magia en este mundo chabacano, necio y absurdo. Si no fuera porque tengo éstos en el cajón de mi mesilla para cuando vienen los amigos, estoy seguro que os habría olvidado, pues ya de mayor, por eso de los estudios y las lecturas donde uno ve que los reyes sobran en muchas partes -con baraja o sin ella no hacen sino divertirse a costa de los demás-, de seguro que os habría retirado de mi vida. No es una amenaza, sino una realidad que he sufrido en mis carnes, en mi sensibilidad y en mis deseos frustrados; incluso vosotros, los Magos, me la habéis jugado más de un año; puede que en alguna época, esa de la rebeldía y el inconformismo, tuvierais razón, pero ha habido otras en que no he hecho mal a nadie, he sido buen ciudadano, he pagado mis injustos impuestos, y no he utilizado la tarjeta negra para blanquear dinero, ni he desviado mis ahorros a Suiza, porque no tengo ni tarjeta  ni ahorros. Sin embargo, a pesar de mi buen comportamiento, no me habéis traído lo que os había pedido en mis cartas. Por eso empecé a desconfiar de vosotros y de vuestra institución, que a veces se comporta contrariamente a sus fines. No dudo de que tengáis muchas necesidades que solventar y que habrá gente que se merezca mejor que yo esos regalos, como algunos políticos por dádivas en favor de empresas que construyan grandes obras, y se lleven su correspondiente “cesta de navidad”, repleta de talones y jamones, pero tampoco podéis despreciar a gentes humildes como yo por no incluir el IVA en alguna facturita, y menos hacerle el feo de echarle carbón (por cierto en el saco no venía detallada su procedencia ni el peso neto, o si venía sería en chino y yo hasta ahí no llego). Quiero pensar que dado vuestro buen comportamiento con la humanidad, tal regalo del negro carbón no era para recriminarme lo malo que había sido, sino  que se os olvidó acompañarlo de las pastillas para encenderlo, y la carne, la panceta, los chorizos, y esos otros complementos que suelen añadirse a ese carbón para sacarle buen provecho. No me importa, no lo desprecié, se lo regalé a unos moritos que viven al lado de mi casa; lo aceptaron con mucho gusto, son muy agradecidos, lo iban a aprovechar para el brasero, pues les habían cortado la energía eléctrica por falta de pago. Estas gentes saben apreciarlo y no echaron de menos lo comible,  porque, según creen, los asados de ese estilo, como la panceta, tienen prohibido comerlo. Son cosas de su religión, tampoco beben alcohol y confunden a Mahoma con Jesucristo, y se tiran todo un mes de Ramadán, que no sé si es una enfermedad o, según está la vida, lo hacen para ahorrar porque no prueban bocado en todos esos días. Podía seguir hablando de mis vecinos los moros, pero lo dejo a sabiendas de que como vosotros venís de por ahí, sabréis más que yo de sus costumbres y religión. Por cierto, echarles una mano, que andan los pobres peleándose entre sí; no estos, que han llegado a la civilización y se han integrado en ella, él es albañil y buena persona y sus hijos hablan tres idiomas y juegan con los míos... Buena gente, aunque no crean en Jesucristo ni beban alcohol, y en lugar de reyes tengan jeques, que son peores que los reyes -con perdón-. Echarles una mano y ponerles algo de magia en sus países, y echar de ahí a los extranjeros que son los que con sus armas e intereses petrolíferos están llevando a cabo esas masacres de gentes inocentes que, como mis vecinos, no quieren otra cosa que trabajar y educar a sus hijos en una vida mejor.

Queridos Reyes Magos, os admiro. No solo por el viaje sino por todo el trabajo que os tomáis en hacer que en esta fecha los niños del mundo sean mas felices y sueñen con que el mundo es un regalo. Ciertamente lo es, pero solamente para algunos, los menos, pues no puedo olvidar que cada cinco segundos muere un niño por falta de alimento o por enfermedades que en el mundo rico están desaparecidas. Es inconcebible que en unos pocos lugares sobren los alimentos y se tiren los productos del campo, y haya gente que muere de atracones, y, en cambio, en la mayoría de las poblaciones y tribus, las personas, sobre todo niños, no tengan nada que llevarse a la boca y mueran cada día lentamente, en un agonía silenciosa, terrible, de inanición y desesperanza por la desidia, ceguedad y estupidez de quienes habitan el mundo rico. Es inconcebible que haya lugares donde  escasea el agua, y la que hay sea foco de infecciones, cuando en otras partes se tira, se desprecia y se malgasta. Es inconcebible, en fin, que unos contaminen el planeta mientras otros nos advierten que esa carestía que se da ahora en el tercer mundo, llegará al primero, al rico, y ni su técnica, ni su ciencia, ni sus poderosos adelantos, podrán poner remedio porque ya será tarde. Nuestros hijos, por muchos regalos que tengan, morirán también de inanición y de contagios. Y el agua de las fuentes será lluvia ácida que quemará las plantas, y los huracanes y terremotos asolarán la tierra si antes no lo hace una de esas bombas repartidas por el mapa.

Sé que vosotros, mis queridos Reyes Magos, nada podéis contra la locura humana y que no está en vuestra mano acabar con los desastres naturales, pero sí lo está el que echéis en el cerebro de cada uno de nosotros y de nuestros dirigentes un poco de cordura para que caigan en la cuenta de que es mejor buscar el entendimiento entre los pueblos, y de estos con la naturaleza, para que se implante la armonía en nuestros comportamientos, en la certeza de que sólo así, todos los pueblos vivirán en paz y en abundancia. Es lo único que os pido para este año que, según el Papa, ha sido declarado como el “Año de la Misericordia”.

La palabra lo dice todo, miser, desdichado, y cor-cordis, corazón, o sea, la capacidad de entregar el corazón, identificado con el amor, a quienes carecen de él, o lo que es lo mismo, sentir no sólo compasión, sino hacerse solidario con el perseguido y oprimido para liberarlo de su estado. No se trata de “practicar la caridad”, como apunta Galdós en su obra de pobres marginados Misericordia, una caridad mal entendida, sino del amor, de la solidaridad y de la lucha con el otro contra el enemigo que explota al hombre y la naturaleza. Muy propio de nuestro tiempo esta dedicación que debería ser no sólo anual sino continua. Si respetamos la naturaleza, también respetaremos al hombre. Inculcarnos este mensaje, queridos Magos. Que sea así, Año de la Misericordia, este nuevo 2016. Y siga siendo así hasta el final de los tiempos.

Carta a los Reyes Magos