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miércoles. 28.09.2022

Caraduras y llantos en cárceles de lujo

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Este verano, quienes más han añorado sus vacaciones, sobre todo en los paraísos (fiscales) reservados a tal clase, a tenor del aspecto de sus caras y actitudes, han sido esos políticos que están en la cárcel. Y eso que las cárceles ya no son lo que eran desde que se han empezado a poblar de chorizos de guante blanco y cara dura. Junto a la añoranza, la esperanza de salir, antes pronto que tarde, gracias a sus influencias y amenazas de cantar, que nunca cumplen, sabiendo cómo se las gasta la mafia. Por eso prefieren esperar que ser suicidados, conscientes de que muchos de esa mafia siguen fuera de los recintos enrejados. Prefieren mantener la ley del silencio con la misma cara dura, escondiendo la mano larga, que tenían cuando robaban y extorsionaban, y acuden a artimañas y personajes que les puedan aliviar la pena, desde jueces a fiscales o el mismo gobierno, con el que tan buenas relaciones mantenían cuando estaban a sus órdenes. Favor con favor se paga. Cara dura no les falta, convertida ahora en cara de circunstancias para mover a compasión. Tampoco mano larga, con que tocar las teclas convenientes e intercesoras que suelen causar su efecto y obtener resultados de salida, aunque sea por unos días, que luego el pasaporte dirá. Y a vivir de nuevo, que la vida es corta, y largo el tesoro escondido.

LA CARA REFLEJO DEL ALMA

¿Se han fijado en la cara de nuestros políticos? Muchos de ellos parecen sacados de un cotolengo (con todos mis respetos a los cotolengos). Rostros marcados (o así lo hacen ver) por la desgracia de verse privados de libertad. ¡Pobrecitos!

Dice un dicho vulgar que “según san Andrés, el que tiene cara burro es que lo es”. Que finamente equivale a “Imago animi vultus, iudices oculi”, o sea, “la cara es imagen del alma, y los ojos, sus jueces”. Lo decían en tiempos remotos los clásicos latinos, copiado de los griegos, más cultos aunque menos prácticos. Igual que hoy, que la cultura no va a ningún sitio. La ignorancia, con su adosado atrevimiento, impera y triunfa por doquier. De la misma manera que con la cultura, sucede con la honradez, no sirve sino para seguir siendo pobre, mientras la corrupción reviste al político de un halo plebiscitario que atrae más votos que el honrado, el que cumple lo que promete, cuyo comportamiento es conforme al interés social. Es creencia común que para abandonar la cara de pobre, hay que echarle cara y hacerse político, cuanto más inútil e ignorante, mejor, más posibilidades de ascenso, dado el atrevimiento intrínseco de la ignorancia. La cara, como demuestra la evolución de la mayoría de los políticos españoles, se hará cada vez más dura hasta acabar teniendo más morro que una manada de elefantes. Acompañan al careto las manos de prestidigitador que saca gaviotas de la chistera. Su cara es su espejo, y sus manos las mete donde sea porque luego van al pan de los demás, que se lo zampa el susodicho sin escrúpulo alguno. Manos de vivo retrato de trilero callejero.

Viene de antiguo, digo, la cara como espejo del alma, pero parece que los españoles, tan romanizados como nos dejaron los invasores romanos, para bien y para mal, ponemos oídos de mercader y ojos de cegato para no ver ni oír la que nos ha caído encima, unos representantes, es un  decir, con más cara que espalda, mintiendo, robando, vendiéndose a las grandes empresas por un plato de lentejas. Las lentejas es otro decir, teniendo en cuenta que son perlas en platos de oro y plata, cuando no en vasos de diamantes escondidos en cajas selladas por el anonimato. Y por si alguien no lo sabe, un plato es un plato, y un vaso es una caja fuerte evolucionada a partir de una bolsa de basura. Dicho así, con toda la cara, demostrando la sabiduría infusa de quien no sabe o no contesta, de quien no ve o no le consta. Respuestas “a la gallega”, que si de manjar se tratara, otro pulpo nos tocaría con los tentáculos de las tramas y corrupciones que no existen porque no se dicen. Es sabido, y hay quien se lo cree, que si la tele no habla de algo, ese algo no existe. Si no hay mención en el Parlamento, parlamentando de bueyes perdidos, ni tampoco sale en la manejada televisión, no existen ni tramas, ni corrupciones, ni Gürteles, ni leches...   

Eso no es cara, es careto; un careto maquillado por un partido o una barba que debería estar en remojo, por eso de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon la tuya a remojar. Pero no. En este país nadie se moja, ni remoja, por las consecuencias de rebelarse contra la mordaza; ni nadie canta por temor a desafinar y que el capo dé la orden de que parezca un accidente o un suicidio. Por eso, prefieren esperar. La esperanza es lo último que se pierde. Con mayor razón en la cárcel. Eso sí, sin dejar de mover los hilos, que se han dado casos, desde el Blesa de Cajamadrid, hoy en otra caja, al Bárcenas, el tesorero liberado, y otros de equiparable importancia, que han entrado por una puerta y han salido por otra.

Aunque sea poco el tiempo que uno pasa entre rejas... la cárcel marca. Y en ella se sufre, dicen. Claro, para eso está. Y mucho más deben sufrir cuando saben que pasada la condena, podrán disfrutar del dinero robado... Esa espera, añorando el tesoro escondido, es lo más terrible. Por eso me parecería acertado hacer lo posible para cambiar las leyes, y cuando un político sea pillado con las manos en la masa, sea privado para siempre de todos sus bienes, incluidos los anteriores. Es la única manera de aliviar esa espera, y evitar la tentación a otros que vengan. No es sólo ocurrencia de quien esto escribe, sino propuesta tiempo ha del ex fiscal general anticorrupción, y persona de la talla de don Carlos Jiménez Villarejo.  

DE LA CARA DE AYER A LA DE HOY

Que la cara es el espejo del alma, por seguir con el tema, lo divulgó Marco Tulio Cicerón hace dos mil años, senador de amplia y certera oratoria. Abogado joven e ilustre, tuvo que defender a los sicilianos que acusaban de tirano a Verres, personaje de mucha influencia, de grandes y poderosos amigos en el senado y entre la nobleza ilustre, perteneciente a la alta sociedad romana; y como muchos de los políticos y poderosos, ayer y hoy, también corrupto (de antiguo, pues, nos viene esto de la corrupción). Cuanto más alto, más corrupto. Cicerón se hizo cargo del caso ante la denuncia del pueblo, a sabiendas de que se jugaba su prestigio y su puesto en el senado. Tenía pocas posibilidades de salir airoso, debido al poder del acusado, y su posible influencia en el tribunal. Pero, guiado por su honradez y protegido por la verdad, el gran Cicerón demostró la culpabilidad con hechos y argumentos en el proceso contra Verres, gobernador de la provincia de Sicilia, que la había saqueado en su propio beneficio. Asumió el riesgo -siempre hay alguien que no se vende- pese al poder e influencia del acusado, defendido por amigos poderosos. Ganó Cicerón, y Verres tuvo que exiliarse, incluso antes de acabar el juicio. Con 33 años se convirtió Cicerón en el abogado más reputado de Roma.

Historia antigua que se repite a diario en la actualidad de esta España nuestra, donde también ha habido y hay abogados, fiscales, y jueces, que han querido aplicar la ley a pesar del poder e influencia que tuviera el acusado. Y periodistas que calladamente, sin alharacas ni platós -las mismas letras que platos-, no se han vendido, ni acomplejado a la hora de dictar su sentencia condenatoria, o  denunciar los hechos delictivos, fuera quien fuera el poderoso cuando las pruebas eran demostrativas y concluyentes. Claro que son gentes, de la prensa y de la justicia,  que van en contra de sus carreras por las presiones y amenazas que deben superar por quienes no consienten que se les contradiga. Es peligroso tener razón, cuando el gobierno está equivocado, apuntó Voltaire. Valientes que, fieles al dictado de su ética y su deber, denostados y olvidados, siguen en la brecha.

No ocurre lo mismo con los acusados que en el banquillo se sientan, y, pese a las pruebas contundentes, no admiten su culpa, ni devuelven el dinero robado, ni dan cuenta del capital evadido. Además, padecen amnesia, no se acuerdan, no saben, no contestan, y encima reclaman sus derechos y abogan por su dignidad, cuando no la tienen. De cuando en cuando, aparecen pidiendo clemencia, cargando su demacrado estado por el sufrimiento en la cárcel. Parecen pollos apaleados, inocentes víctimas de la política en su contra. No hay que dejarse engañar. No son más que gente de baja estofa que nunca deberían haber ejercido cargo alguno. Son una célula cancerígena para la sociedad. Ni dimiten, ni saben, ni devuelven lo robado, ni se van lejos, como hizo Verres, incluso antes de acabar el juicio. No nos representan. Son gente que debe estar exiliada, apartada de la sociedad, sin ninguna prebenda, derecho, ni miramiento, porque no se merecen nada, ni compasión, porque ellos nunca la tuvieron. Algunos de esos políticos, amantes de lo ajeno y de lo público en su beneficio, pueden ser considerados asesinos y criminales. Por su culpa, por su avaricia, por su apropiación del poder y su mal uso, muchas familias han perdido sus posesiones, alguno de sus miembros se han suicidado o han caído en la miseria, perdiendo su dignidad. Su sangre mancha el cargo de esos desalmados (sin alma), y cae sobre su conciencia. Lástima, porque esta gentuza no tiene conciencia, solamente avaricia. Cuando ésta ha roto el saco de su provecho, y se han visto juzgados y condenados, tratan de eludir su responsabilidad, tanto política como penal, y hacen lo posible por librarse de la pena, de la cárcel o de la multa. Escondidos en sus influencias no devuelven nunca el dinero robado. Pero eso sí, lloran y prometen que si les sueltan, serán buenos. Desde la cárcel lloran y suplican clemencia. Su cara de perros apaleados, compungidos, contrasta con la que anteriormente, mientras mentían y robaban, mantenían, ufanos, soberbios y prepotentes. Con todo el morro suplican y escriben cartas al juez solicitando clemencia, argumentando que la cárcel les marca, que no pueden vivir en la cárcel... Y eso que las cárceles no son como eran; hoy parecen hoteles de primera, precisamente porque en ellas pensaron estos delincuentes cuando delinquían con guante blanco.

Recuerdo el chiste, que viene como anillo al dedo: Un político de alto cargo, visita en campaña electoral, la plaza de un pueblo olvidado. Ante el estado calamitoso de la misma, ordena a su segundo que anote entregar a ese municipio, 200.000 euros para su reforma. Luego visita un colegio, hecho un desastre, sin calefacción, sin aulas suficientes, sin un patio decente para el recreo, y ante la solicitud del profesorado, ordena a su segundo que anote medio millón para su acondicionamiento. Finalmente, visita una prisión recién construida en un paraje idílico, y ante la petición de los presos y los funcionarios de prisiones de mejorarla, calefacción, pintura en los pasillos, y arreglar otras deficiencias menores como televisión en cada celda, juegos para todos, etc., manda anotar a su segundo que provea un millón de euros para invertirlos en la cárcel. El ayudante, estupefacto ante tales cantidades, conociendo las menores deficiencias en la cárcel, a la que, sin embargo, destina el doble que al colegio, le pregunta, por si se ha equivocado:

-Señor, al colegio va la mitad del dinero, y tiene mayores desperfectos que la cárcel.

Y responde el político:

-Calla, ¿cuándo vas a volver tú al colegio?

Acabo remedando otra evidencia: No están todos los que son, pero son todos los que están. (Salvo algunos casos. Fin de la cita).

Caraduras y llantos en cárceles de lujo