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miércoles. 10.08.2022

Capitalismo, democracia y constitución

capitalismo

La base del capitalismo es falsa en sí misma, de ella se parte para llegar a ella: el dinero, cuando el dinero no es más que una entelequia. Hoy más que nunca.

El capitalismo, ha dicho alguien, es incompatible con la democracia. Y yo digo más: El capitalismo es incompatible con la vida. El capitalismo destruye la sociedad, destruye todo, mata la vida de los humanos y aniquila el planeta, porque rompe la armonía del universo y por ende de la Humanidad. Su objetivo es el lucro, el beneficio a costa de lo que sea, utilizando los instrumentos que se presten sin importar el perjuicio que puedan causar. Consecuencia de la prisa del lucro es la explotación del hombre y de la naturaleza, sin importar que sean niños, montes, aguas o tierras de cultivo, si de ahí se saca un buen producto a costa del menor esfuerzo y la mayor degradación ambiental y personal. Es la ley de la economía -nos dirán-, y es el síntoma -no lo dirán-, de la podredumbre de una sociedad que se está inmolando por una quimera. Todos pensamos que la sociedad a lo largo de la historia ha ido progresando porque se vive mejor cada vez, y se reconocen derechos hasta ahora olvidados. No nos engañemos. No es así. Una cosa es el papel, como el papel de la Constitución, tan bonito él y tan respetada ley ella, y otra cosa es su observancia y cumplimiento. Y eso no se da,  ni en la Constitución que acaba de cumplir 39 años, ni en otros derechos de toda democracia. Cada vez se nota menos que esta Carta Magna preside un estado de derecho y por tanto de bienestar. También se nota menos el respeto a los derechos de la Humanidad, el respeto y uso inteligente de la naturaleza y su cuidado o el uso y abuso de los animales, así como la explotación a costa de agostar la tierra por la extracción de minerales (En España se está aplicando una ley de 1973, de la dictadura, para conceder en toda nuestra geografía la explotación de minas a cielo abierto de feldespato, oro, cobre, uranio, etc.). Para los tres reinos del Planeta, el que se cree su rey, se ha convertido en el mayor depredador. Un depredador ingenuo, imbécil e ignorante que no sabe -y peor porque lo sabe- que todo eso que hace con los demás y con el entorno, le perjudica también a él. No respeta nada este rey. Se cree con derecho a manejarlos a su antojo sin prever las consecuencias. Un rey que persigue el capital, la riqueza, sin pararse a pensar que cuanto más ansía esa quimera, más infeliz se vuelve, más estresado se siente y más perjudicado acabará. La avaricia es mucho peor que un pecado o un vicio, es un cáncer psicológico que crea desigualdades y corroe las bases de la convivencia hasta hacer desaparecer y extinguir la sociedad y el medio ambiente. 

La base del capitalismo, y con mayor motivo de este capitalismo salvaje, llámese neoliberalismo, mercadotecnia, o como se quiera, dominado por el mercado, la falacia de la industria, y las ingenierías financieras, es la desigualdad y los privilegios de unos sobre otros, y de una zona sobre otras, sin importar degradar un lugar, para, una vez agotados sus recursos, buscar otro, y así sucesivamente, en una cadena que, de no romperla y pararla, nos llevará  a la destrucción total.

La base del capitalismo es falsa en sí misma, de ella se parte para llegar a ella: el dinero, cuando el dinero no es más que una entelequia. Hoy más que nunca. En el pasado se buscaba una base para que el dinero tuviera valor, su correspondiente cotización, desde fincas o enormes extensiones de tierras que cultivaban otros, a otras posesiones o tesoros. Nunca ha sido tan vil metal como actualmente, en estos tiempos en que el “patrón oro” o su reserva nacional, se sustituye por cifras en el ordenador de un banco, o acciones de valor fugaz en determinadas empresas.  De una entelequia, de una quimera, la estupidez humana ha hecho el fundamento de la sociedad, y la razón de ser de la vida, cuando la vida es todo lo contrario. Por el dinero se cometen las mayores atrocidades contra la vida. El dinero es el grillete que atenaza a pueblos y personas privándoles de la libertad, del bienestar que se supone que reparte una sociedad civilizada y progresista, dominada por la técnica y por la avaricia de quien promociona esa técnica y sus consecuencias, desde la guerra a la industria contaminante.

El dinero puede servir como instrumento siempre que no se convierta en un fin, medida clásica que se ha olvidado para justificar todo, incluso los genocidios.

El capitalismo ha desvirtuado el trabajo para convertirse en nueva fórmula de esclavitud extendida por todo el mundo, en algunos lugares con los métodos más abyectos de degradación humana, la explotación del hombre por el hombre, del niño por el mayor, y de la mujer por el varón. No se plantea en el trabajo la máxima de la creatividad o el gusto por hacer, construir, lo que en épocas pasadas se denominaba, no sin cierta retórica y utopía, la “realización personal”, que no es otra cosa que aportar cada cual dentro de sus posibilidades algo a la sociedad, para que ésta y el sujeto que aporta vivan mejor, en mayor armonía y recíproca productividad. Hasta los animales trabajan, construyen su nido, vuelan, cazan y se posan juntos, se comunican para favorecerse y se avisan si el peligro acecha. Son más solidarios que los humanos.

En la mayor parte de la gente ya no se puede escuchar aquello de trabajo de tal cosa o en tal oficio, o hago esto porque me gusta, y como consecuencia de mi labor, consigo un instrumento, eso es el dinero, que me sirve para vivir y seguir trabajando, y luchando porque todos tengan mejores medios de vida y un entorno acorde con nuestras necesidades físicas, mentales y naturales. No. Eso está desfasado gracias al capitalismo y su concepto de la vida y del trabajo, en que se concibe al productor como mercancía y no como valor. Ya ni siquiera se habla de plusvalía, como dijera el pensador judío Carlos Marx. Ni el empresario concibe a su empleado como valor empresarial que sumar a su iniciativa, sino como un número más que en cuanto pretenda cambiar las condiciones laborales, se le quita de encima y se le echa a la calle, en la seguridad de que la productividad no decaerá y conseguirá otro número más barato todavía, aunque no esté tan preparado como el anterior. Así lo hace porque está protegido por el capitalismo, mientras el empleado se siente cada vez más desprotegido y tiene que aguantar y hacer lo que le pidan, no lo que le guste hacer. He aquí la raíz del desbarajuste de la sociedad dominada por esta lacra de nuestro tiempo: la economía del capital, del marcado. El humano es una mercancía más, como en tiempos eran los negros para la esclavitud.

Cuán lejano queda el gusto por el trabajo, porque estoy preparado y porque como consecuencia saco dinero para sentirme bien y satisfecho al ver mi producto terminado, fruto de mi creatividad. Una labor que a su vez es reconocida por la sociedad, y ésta necesita, devolviéndome y reconociendo mi trabajo con el sistema monetario imperante. Trabajo para vivir, no vivo para trabajar. Y cuando se altera este parámetro por la política imperante, los ciudadanos dejan de ser felices, pierden su libertad al verse obligados  a hacer lo que no quieren por culpa... del capital.

Porque el fin de toda persona es la felicidad y no hay mayor felicidad que la conformidad con uno mismo y con la explotación de los talentos de cada cual. En su lugar y en su medida. Así se forma la sociedad que debemos construir cada uno  desde su sentido, sus talentos, y sus cualidades.

Todos los derechos, todas las reformas en pro de una sociedad justa e igualitaria, toda legislación que contemple la protección de los más débiles frente a los poderosos, sean empresas o personas, se las carga el capitalismo, cuya cualidad intrínseca es la inmovilidad, nada de reformas, nada de libertad de elegir o para elegir, nada de reivindicaciones... La pirámide es la pirámide y así ha sido siempre, con Constitución o sin ella. (Eso sí, no olvidemos que las pirámides son monumentos dedicados a la muerte).

Y peor cuando existe una Constitución, que como la española, ni el mismo gobierno cumple. Este gobierno del PP, por otra parte, ilegal, corrupto y dictatorial, la incumple sistemática y puntualmente: desde el derecho a una vivienda digna (desahucios), o reconocer las nacionalidades (Art. 155), hasta la libertad de las autonomías o la primacía de las personas sobre los bancos (Art. 135)... Actitudes lógicas en un gobierno que atenta contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) que el próximo año cumplirá 70 años. Parece que no se ha enterado de su existencia, al vulnerarlos con su “Ley Mordaza” (ver mi artículo del 26 de junio de 2015), propia de hace 81 años, cuando un general chaparrito se levantara contra un régimen constitucional. Este gobierno parece imitarlo.

¿Para qué sirve entonces una Constitución, si el primero que debe acatarla, respetarla y cumplirla, es el gobierno? Ante esto sobran mandangas y homenajes. Con qué cara se presentan... Con su caradura reflejo de su dictadura. Con gobiernos así sobran Constituciones. Papel mojado.

Capitalismo, democracia y constitución