martes. 28.05.2024

Apuntes ante el nuevo curso escolar

Amigo Sancho, la educación es otro cantar cuyo son no quieren aprender los poderosos. Ellos, que se creen dueños de la batuta, quieren llevar el compás.

Amigo Sancho, la educación es otro cantar cuyo son no quieren aprender los poderosos. Ellos, que se creen dueños de la batuta, quieren llevar el compás.

Es tradicional en estas fechas el comienzo del curso escolar. Jóvenes y chicos se embarcan este mes, libros y carteras en bandolera, camino de la escuela, el colegio, la academia o la facultad. Comienza el curso. Un nuevo curso al que en la mayoría de los casos no corresponden nuevas instalaciones y si las hay, por eso de la necesidad y la masificación, son barracones prefabricados montados deprisa y corriendo para pasar el expediente, resultado de unos recortes en detrimento de la enseñanza pública y en favor de la privada, en los que no quiero entrar, pues la indignación me llevaría a escribir lo políticamente incorrecto. (Y nada más lejos de mi intención que dar mal ejemplo a los menores). Junto a los barracones de campos de concentración, frecuente en estos últimos años en algunas zonas, el nuevo curso va acompañado de nueva ley educativa, eso sí, como diría el gobierno (este gobierno que nos invade y nos acongoja), con el objetivo de mejorar la ley que había, una nueva ley cuyo nombre nada tiene que ver con la realidad: Ley de mejora de la calidad de la educación y enseñanza, o algo por el estilo. Calidad que se traduce en imponer y promover asignaturas obligatorias cuando debían ser libres, o no existir, o de lo contrario, ser transformadas, como es la religión, la católica, apostólica, romana, y española, que es la mejor… Con la iglesia hemos topado, querido Sancho. En dicha reforma de mejora educativa, se quitan otras materias que deberían ser obligatorias, como la de Educación para la Ciudadanía, cuya nomenclatura no me gusta, y se podría revisar, pero su contenido, mejorado y consensuado, se debe mantener, y otras adecuadas a los tiempos que corren, y que brillan por su ausencia.

Dejando aparte estas cuestiones de recortes y de leyes educativas, que todo gobierno, desde los tiempos de la Ilustración de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, las adapta a sus intereses e ideología, olvidando los intereses sociales, me gustaría tocar un aspecto que puede parecer superficial, pero que denota la falta de sensibilidad de nuestros gobernantes ante la formación y el futuro de un país al que se deben. Y así nos va. Resultado de esa formación deformada, son, pues, los políticos irresponsables con responsabilidades que toman decisiones erróneas porque carecen de criterio, cultura y sensibilidad, ausente en la educación recibida. En muchos de ellos se nota que cuando eran niños estaban torcidos e imbuidos de falsos conceptos, que no de sabiduría, víctimas del sistema correspondiente, nefasto hasta los años 80, y vuelto a las andadas del error de unos años acá. Y así nos han salido, amantes de lo ajeno, sin ética ni estética, pues los políticos no son seres venidos de otro planeta –qué más quisiéramos, suponiéndoles de inteligencia superior-, sino que son, como todo hijo de vecino, producto de la sociedad, de las normas, costumbres y planificaciones por las que se rige toda sociedad. Son ellos, y todos los demás, como dijo el filósofo, producto del entorno: “yo soy yo, y mis circunstancias”. Y son precisamente estas circunstancias los condicionantes que abocan a nuestros escolares al abandono escolar, al fracaso, a la negligencia y a la ignorancia, dando prioridad a unos valores falsos porque no se les educa en los auténticos.

Como no quiero pecar de filósofo con razonamientos teóricos, permítanme echar mano del chiste del político que anda recorriendo instalaciones con miras a las elecciones, y, acompañado de su cohorte de pelotas, palmeros y allegados, visita entre otros equipamientos, un parque temático –más fundamental que un simple parque-, y en vista del deterioro de sus instalaciones para solaz de pocos y negocio de menos pocos, decide apartar una partida, o sea, presupuesto de dinero, de cien mil euros para mejorar dicho parque y pueda contar con la última “montaña rusa”, que de montaña tiene poca y mejor que no tenga nada de rusa, en vista de cómo andan después de su “revolución capitalista”. Seguidamente, recorre e inaugura a bombo y platillo las aulas prefabricadas de un colegio en el que por falta de presupuesto, y por las prisas ante la convocatoria de elecciones, no se ha podido instalar todavía la calefacción, o si la hay, por eso de los recortes, no funciona al no poder comprar el combustible. Y nuestro político, solidario, comprensivo y magnánimo, ordena que se destine medio millón para su instalación o funcionamiento. Finalmente, decide inaugurar la nueva cárcel construida con los últimos adelantos para acoger a los presos y evitar su masificación. Todo está muy bien, pero él, comprensivo también, y además misericordioso con los presos, tratando de mejorar su encierro, echa en falta la piscina climatizada, el gimnasio y la televisión de plasma en cada celda. En un alarde de qué sé yo qué, ordena a los subalternos que anoten destinar un millón, sí, señor, un milloncejo, para paliar esas faltas en favor de los presos. Los asesores de su comitiva se extrañan de que haya tanta diferencia en las partidas, cien mil, quinientos mil y un millón, y destine precisamente mayor cantidad donde menos se necesita y por cosas innecesarias; y el político, listo y con las ideas claras, les responde:

-Calla, ignorante… ¿es que tú vas a volver al colegio alguna vez?

Abría el paraguas antes de que lloviera.

Eso ha ocurrido y sigue ocurriendo en muchos de los pueblos afectados por el desarrollismo del ladrillo, sobre todo en aquellos pueblos más o menos próximos a una ciudad. Se han gastado miles de millones en construir una nueva sede para dependencias municipales –el ayuntamiento o casa consistorial de toda la vida-, donde por no faltar no falta la tele de plasma, y a la hora de enfrentarse con la escolarización de sus nuevos y menudos pobladores, el futuro de un país, lo han arreglado con unos barracones que hacen de colegio como si fuera un redil de ovejas. Ahí han metido veinte o treinta cursos de treinta o cuarenta alumnos, han hacinado a niños y jóvenes en pupitres incómodos y con un frío que hiela hasta las hojas de los cuadernos y la tinta de los bolígrafos, y por si fuera poco, los han rodeado de una valla que no se la salta ni Rafael, el Gallo, famoso torero de las espantás, con el fin de evitar que los chicos se escapen en los recreos… Y ahí están en esa hora del relax, paseando en pequeños grupitos por unos diminutos patios de suelo de cemento, peores que los patios de la cárcel más vieja de cualquier país tercermundista. Sin una mísera canasta donde meter un balón porque los políticos han metido la pata y la mano y se han llevado el balón inflado, y no de aire, a Suiza. Así no hay quien estudie. No se formará. Se deformará. Y en cuanto pueda, el alumno ejemplar y rebelde ante tanta desidia de sus mayores, sin balón y sin canasta, sin libros y sin cartera, se escapará del colegio y mandará libros y profesores a tomar vientos, peores que los que él toma mientras no toma apuntes. Y con razón.

Además de periodista, he sido profesor, cuyo ejercicio me prohibieron por razones que ahora no vienen al caso, y sé de qué hablo y por qué lo digo. Que no me vengan con argumentos falaces y análisis del fracaso escolar, ni con cifras de escolarización e integración, con ratios y otras mandangas que no se cumplen, ni con que es necesario y fundamental en toda sociedad plural que los padres tengan libertad para elegir entre educación pública y privada, laica o religiosa… Una falacia más producto de intereses que nada tienen que ver con una sociedad ni plural y menos todavía democrática. Que no me hablen de fracaso escolar cuando mejor habría que hablar de fracaso gubernamental. No fracasan los chicos, sino los gobiernos que los dirigen, y donde se miran los pequeños imitando a los mayores.

Amigo Sancho, la educación es otro cantar cuyo son no quieren aprender los poderosos. Ellos, que se creen dueños de la batuta, quieren llevar el compás. 

Apuntes ante el nuevo curso escolar