#TEMP
martes 17/5/22

El 155 y los acólitos de la ilegalidad

constitución

El PP ha conseguido lo que quería sin necesidad de votos, el gobierno de la Generalitat (ha dejado de llamarse así). Es prou.

Característicos de la izquierda son el debate y la confrontación de ideas, y no porque la izquierda no tenga las cosas claras, sino porque la izquierda tiene menos poder/fuerza que la derecha. Así ha sido y así sigue siendo, desde los remotos tiempos en que las ideologías se dividieron, y con ella, los sistemas encaminados a encauzar la sociedad. La razón es obvia: la derecha, persigue la estabilidad a fuerza de tener al pueblo quieto, anquilosado, y la izquierda persigue la igualdad a fuerza de repartir la riqueza, que todo el mundo tenga los mismos derechos, las mismas oportunidades, y parecidas, cuando no iguales, formas de vida. Ninguna persona explotada por otra, ni con derechos ni privilegios sobre la otra, sin apenas diferencias en el “estatus”, todos en igualdad de derechos y deberes, disfrutando de las mismas condiciones de bienestar que debe proporcionar el Estado. Estos son a grossso modo los principales objetivos de un Estado que se precie de ideología de izquierdas, donde caben corrientes y debates, por eso su denominación más común es en plural, porque la izquierda debe ser plural.

Por el contrario, el bienestar para la derecha no es un objetivo, sino un privilegio, o cree que es un privilegio, mientras, repito, para la izquierda es un derecho. He aquí el busilis de distinción cuando la teoría se lleva a la práctica. Toda ideología conlleva como consecuencia de su ideario un determinado comportamiento. Cuando ese comportamiento no se ajusta a sus principios, se dice que se traiciona a sí misma, o que da bandazos, como una veleta, apuntando al aire que sopla más fuerte, quedándose fija sin otro horizonte que el que le marca el viento. En el caso del PSOE parece que esos bandazos se suceden según los vientos que desde la derecha, PP y C,s, le han marcado en estas últimas fechas, sobre todo en el conflicto de Cataluña, que no deja de ser menor, comparado con el conflicto, como he apuntado en anteriores artículos, de España, el problema de España entera.

Me podía referir a otros muchas situaciones, incluso a reformas constitucionales, a las que tan reacios se muestra la derecha cuando no la conviene, pero no han dudado en apoyarse mutuamente cuando está el capital por medio (Art. 135), aliándose el PSOE de la noche a la mañana con el PP. En esta ocasión, me refiero a la aplicación del Art. 155 sobre la intervención del gobierno central en las autonomías que quieran sacar, como se dice en mi pueblo, las patas del fardel, en este caso, Cataluña, la díscola. Y es que el fardel ha sido siempre propiedad de la derecha y bien está que quien se arrime a él pretenda sacar también su beneficio, aunque sean migajas, o sea, votos. Estas cosas de intervenciones, del uso de la fuerza, del palo y tente tieso, del se acabó la dictadura y ahora mando yo, de la exaltación de la bandera y el chovinismo, del sentimiento de orgullo de ser español por encima de todos y de todo los demás, de la unidad de España, y otras cegueras ante la diversidad de sus pueblos -desde la prehistoria- da alas a la gente -la manejable masa, contradiciendo al filósofo de la rebelión de las  masas, pues las masas nunca se rebelan- da alas y votos a quienes la manejan.

Bien sabido es que el señor Rajoy es poco amigo del diálogo, no en vano viene de donde viene, y es hijo predilecto del franquismo más rancio, y prefiere sentarse en el dintel de la Moncloa a esperar el paso del cadáver de su rival, y cuando pide apoyo, pide un apoyo sin condiciones, que para eso él es quien es y hace lo que puede. No hay que pedirle más. Y el PSOE, lo mismo que hizo el C,s, su acólito, se ha entregado a esa intervención sin pararse a pensar que surge de un partido anclado también en la ilegalidad, en la corrupción sistémica, y en la incapacidad y la desidia de una gestión que está llevando al país, no sólo a Cataluña, al desastre, pero no al desastre de la independencia de las autonomías rebeldes, sino al desastre de la gran mayoría de familias que pueblan esta nación llamada España. A cualquier español que se le pregunte, le trae sin cuidado que Cataluña siga dentro de España, o que se separe Andalucía o Segovia, si los problemas realmente graves, los de la subsistencia, no se solucionan. Y hablo de subsistencia, no de riqueza, donde los datos son escalofriantes, casi la tercera parte de los vecinos, de cualquier región y de Cataluña, está al borde de la pobreza extrema (más del 33%), y un 90 % de ciudadanos sobrevive con menos de 800 euros mensuales. Este es el verdadero problema. Los de diario. Lo demás son mandangas. Ganas de marear la perdiz, manejar al pueblo, para que no piense que si seguimos así no quedará nada, ni Cataluña, ni España, y acabaremos siendo un colonia de verano de Alemania o de los buitres ricos de Europa y Norteamérica. Pero claro, en estos problemas cotidianos no se ponen de acuerdo, ni la derecha ni la izquierda (falsa izquierda). Y digo bien, la izquierda. Parece que ni el mismo PSOE se lo cree, al posicionarse al lado del C,s y junto al PP. Y necesita creérselo, más que nada por buscar un hueco de donde sacar votos. Fíjese el lector en este detalle: siempre que últimamente salen a dar ruedas de prensa o aparecen su dirigentes en la tele, lo hacen delante del lema “somos la izquierda” sobre fondo rojo. ¿Será para disimular lo que no es? Es cierto que a fuerza de publicidad y propaganda, siembran en la mente del vulgo la creencia de que sea así, y acabe la gente creyéndose lo que le dicen, con mayor motivo, si cada día, a cada minuto, lo ve en un pantalla de la que piensa surge la verdad.

Déjennos de manipular. Y ciñanse a los problemas reales. Ocúpense de los avatares diarios, que  los grandes acontecimientos nos pillan lejos. Lo he dicho y lo repito: el problema no es Cataluña. El problema es España. Y más problema es todavía la aplicación de un artículo que guarda semejanzas con la invasión en el 1938 de Austria, con su plebiscito manejado por Hitler, y el famoso círculo grande del “SI”, frente al círculo pequeño del “NO”. Como iría para largo, emplazo al lector a la próxima semana en que hablaré de este tema, la otra cara de la moneda de una intervención que acabó en una Guerra Mundial.

Para que luego condenen a quien se salta la legalidad, precisamente los que viven en el fango de  su vulneración. Como final, un apunte: El PP ha conseguido lo que quería sin necesidad de votos, el gobierno de la Generalitat (ha dejado de llamarse así). Es prou.

El 155 y los acólitos de la ilegalidad