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martes. 04.10.2022

Rubalcaba

“En España se entierra muy bien”, dijo recientemente Rubalcaba, en una de esas frases célebres que le han...

“En España se entierra muy bien”, dijo recientemente Rubalcaba, en una de esas frases célebres que le han convertido en el mejor comunicador de la política española. La alusión es tan certera como dura: en este país solo se elogia a los políticos cuando anuncian su marcha. Y solo a algunos. Al secretario general del PSOE se le regatearon muchos reconocimientos en activo, y albergo la esperanza, posiblemente vana, de que al menos reciba algo de la gratitud merecida cuando se despide.

La leyenda que acompaña a Rubalcaba habla también de su afán por dominar los tiempos y los símbolos de la tarea política. Por ello podemos concluir que no fue casual que abandonara el último pleno del Congreso caminando junto a Alfonso Guerra, o que dejara claro su próximo destino en la docencia universitaria, o que hiciera coincidir el hecho noticioso de su despedida con el debate incómodo sobre el aforamiento del último rey.

Rubalcaba ha sido responsable fundamental en muchos logros colectivos que dieron lugar a unas cuantas medallas ajenas. Puede que se recuerde a Maravall y a Solana como grandes hacedores de las reformas educativas de la democracia, pero el muñidor perenne de aquellos avances, con un ministro o con otro, se llamaba Alfredo. Y en la historia quedará que ETA dejó las armas bajo mandato de Zapatero, pero hasta él sabe que aquello no hubiera sido posible sin su ministro más listo. Y si hay un ingeniero que ha levantado una y otra vez los frágiles puentes entre Cataluña y Madrid, para que otros pasearan banderas y palmitos, ese ha sido también Rubalcaba.

Eso sí, jamás faltó a una cita bajo los focos cuando se trataba de poner la cara en nombre del partido, del Gobierno o del sistema, especialmente en los momentos en los que las cosas venían mal dadas. Fue él quien daba rostro a las explicaciones de los últimos gobiernos de Felipe cuando “caían roldanes de punta”. Y fue Alfredo el que acudió al grupo parlamentario socialista para defender la reforma del 135 de la Constitución que otros negociaron contra su criterio, consciente de que arruinaría las escasas expectativas electorales de 2011. Y después puso su nombre en las papeletas de aquellos comicios convocados para perder. Y tampoco dijo no cuando muchos le pedimos que volviera a someterse a la picadora interna del PSOE para encabezar el tránsito a la recuperación.

Es hombre de símbolos, sí. Bajó las escaleras del hemiciclo en su último día junto a Alfonso Guerra, respetado rival de antaño y confidente leal en los últimos tiempos, los más difíciles. Un gesto de reconocimiento y de agradecimiento que le honra. Y una reivindicación en clave generacional. La que corresponde a aquellos pocos que dieron lo mejor de sí para que todos pudiéramos quejarnos del pasado, del presente y del futuro, como toda la vida, pero ahora en libertad y en democracia. En su última comparecencia mediática en el Parlamento situó deliberadamente también su destino en la universidad y en la ciencia, que han sido dos constantes prioritarias en su conciencia inquieta y en su trabajo incansable durante toda su vida pública.

¿Fue casual que Rubalcaba lograra colocar en segundo plano de los noticiarios el feo debate sobre el aforamiento del rey abdicado? Si realmente fue casual, no le gustará leer esto. Y si no lo fue, aún menos. Pero la simple sospecha que albergamos muchos lo dice todo sobre su reconocida vocación de servicio al Estado y al interés común. Como también lo dice que el Parlamento entero, de la izquierda a la derecha, de la oposición al Gobierno, de los amigos a los adversarios y los enemigos, se pusiera en pie para aplaudir a este servidor público en su despedida.

Muchas crónicas identifican estos tres últimos años como los peores en la vida política de Rubalcaba. A mi juicio se equivocan de cabo a rabo. El PSOE necesitaba sujeción interna para combatir el riesgo de desbandada y conflicto que suele acompañar al fracaso electoral, y la autoridad política y moral de Alfredo han sido ese cemento imprescindible. Los socialistas necesitaban también de su solvencia y su crédito personal para mantener la influencia pública de un partido con solo 110 diputados y apenas dos gobiernos autonómicos. Y el PSOE ha sido influyente durante este tiempo gracias al trabajo de mucha gente, pero en muy buena medida también gracias a la capacidad y el prestigio de su secretario general.

Ahora muchos le echarán de menos. Desde luego sus amigos y quienes le hemos acompañado en momentos dulces y amargos. Pero muy especialmente sus rivales internos y sus adversarios externos. Los primeros porque ya no podrán confiar en las anchas espaldas de Rubalcaba para sujetar un edificio sometido en demasiadas ocasiones a los empellones del interés personal. Y los segundos porque ya no contarán con ese contrincante temido en la contienda partidaria, pero siempre dispuesto para el auxilio discreto y el acuerdo leal en los momentos más difíciles, cuando está en juego el interés de todos.

Sí. Yo he tenido la suerte y el orgullo de estar ahí. Con Rubalcaba.

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