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miércoles. 10.08.2022

¿Por qué votan los pobres?

Todavía aplastaba fuerte el dictador. Los dictadores cuando andan, no pisan aplastan siempre que para eso son dictadores.

Todavía aplastaba fuerte el dictador. Los dictadores cuando andan, no pisan Aplastan siempre, que para eso son dictadores y se distinguen de los demás. De Tierno Galván se cuenta que le dolía pisar las hojas caídas de los árboles. Juan Ramón Jiménez sufría cuando se caía una flor. Una flor herida golpea la sensibilidad de los que tienen alma de seda. Los dictadores tienen corazón de esparto y hunden sus tacones brillantes para que todos tengan en cuenta lo que unas botas pueden llegar a hacer.

Por aquel entonces, cuando las botas se clavaban en el vientre de España, muchos echábamos en falta la libertad. Sólo la llegada de la democracia nos traería esa sensibilidad que nos haría libres, dueños de nuestro destino y hasta capaces de escribir un poema en la mirada amante de quien fuéramos amantes.

Concebíamos además la democracia como una categoría de universalidad, sin límites que la redujera a un coto, a una propiedad privada donde sólo unos privilegiados pudieran disfrutarla, como esas fincas dedicadas a la matanza legal de animales sustraída del dominio de la  sociedad o esas playas que no pertenecen a la amplitud del mar sino al malecón de billeteras cargadas de dinero. Porque divisábamos la democracia como el amor, que ni se compra ni se vende y que por tanto excluye la dependencia del dinero.  Eramos los Rodríguez de Triana, los Colones ilusionados con la tierra prometida, los Moisés que besarían el suelo antes de que los conquistadores lo mancharan de sangre india.

La democracia olía a fruta madura. Sabía a libertad, a anchura, a mar abierto. Brotaron urnas, listas electorales, responsabilidad asumida, quehacer comunitario. Surgieron ciudadanos donde había súbditos. Se nos llenaron las manos de exigencias lícitas, de derechos, de libertad. Cayeron barreras. Se imponía una igualdad frente a la ley. Los otros no eran el infierno que anunciaba Sartre. Eran hombros dispuestos a cooperar en el quehacer común, de todos. La Constitución fue un abrazo.  Quedaron atrás miles de muertos, sangre condecorada, lucha aplastada por el alma de estropajo.

En estas estaban los vencedores de la dictadura. Los que arrancaron estrellas de ocho puntas, los que convirtieron los fusiles en jardines poblados de claveles. Estaban en una lucha por la perfección, por una existencia digna, por el pan caliente de trigo y la educación que lubrica los cerebros. Empeñados en investigar, en cooperar en la hechura de un mundo mejor. En estas estaban. Acechaban los mercados, los poderes económicos, los salvapatrias, los gurús religiosos con su afán de secuestrar las conciencias, los miedos que debidamente inyectados, debilitaban la confianza de la ciudadanía en sí misma. Poderes fuertes, con músculo suficiente como para que al menor descuido se poblara el país de ricos a costa de pobres, el hambre se clavara en los estómagos, las expropiaciones de las propiedades sudadas de trabajo y tiempo, los políticos que sustituyeran el servicio por el saqueo.

En estas estábamos, cuando aparecen los tertulianos que saben discutir y opinar sobre la fecundación in vitro, la economía predicada por el último Nobel de la materia, la mejor utilización del marfil o los intrincados vericuetos de la política. Siempre me han impresionado compendios de sabiduría múltiple, estos Isidoros de Híspalis, Sócrates del siglo XXI, Copérnicos del aquí y el ahora.

Y hace su aparición triunfal el mitrado Alfonso Merlo. De casta episcopal le viene al galgo. De ahí tal vez el semen dogmático, infalible y unidireccional del individuo. Sus genes de báculo que daña el suelo que golpea, sus feudales neuronas incapaces de romper los muros de su castillo episcopal. Albacea del obispo de Alcalá de Henares, distribuye su homofobia como quien siembra odio entre los componente humanos, tratando a zoofilizar el amor de quien ama a quien desea y entrega su cuerpo a quien su libertad le lleva.

Y en el orden democrático, o predemocrático, heredero universal de una aristocracia descatalogada, opresora y que produce vómito expuesta en su gran enunciado, grita: “Pienso que la gente con bajos ingresos y/o obreros, no debería votar”.

Ahí tienen ustedes a un inquisidor testicular mandando a la hoguera los derechos de los pobres o de los trabajadores (que en este momento en el que nos han metido nuestros gobernantes son la misma cosa), empujándolos a soportar una dictadura. Debe pensar este sucedáneo de Sabonarola que si no  tienen  derecho a votar deben estar sometidos a unas botas brillantes. Ahí tienen ustedes a un encorbatado con mitra embistiendo contra los derechos de los pobres y los trabajadores. Les hemos quitado la vivienda, la educación, la sanidad, la ayuda a sus dependientes, a sus viejos. Vamos poco a poco poniendo las cosas en su sitio, haciendo una democracia como quiere un dios de derechas. Alfonso está ahí dispuesto a terminar la obra: arrancar a los pobres y a los obreros su derecho a ejercer la democracia.

¿Pueden votar los que no tienen vergüenza? Pregunto, sólo pregunto.

¿Por qué votan los pobres?