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jueves. 11.08.2022

La muerte es de plástico

Ese plástico azul y blanco es la frontera que puede situarte en el mundo de los vivos o llevarte al inevitable pudridero de los pobres.

Todo es plástico. La botella de agua mineral y las prótesis mamarias. Bebes el contenido de un plástico y acaricias un derivado del petróleo. No iba a ser menos la vida y la muerte. Ese plástico azul y blanco es la frontera que puede situarte en el mundo de los vivos o llevarte al inevitable pudridero de los pobres.

Ana Mato venía de ninguna parte. Pero era una colaboradora necesaria de Mariano Rajoy y había que pagarla como se pagan las deudas del amor, como se pagan las deudas con Europa que para eso maltrataron entre él y Zapatero el artículo 135 de la Constitución con nocturnidad y descaro infinitos. Había que dedicar mucho dinero a pagar y eso significaba que había que quitárselo a los ciudadanos para que los bancos alemanes pasaran las noches contando billetes.  Quedaba así claro que los ricos sólo llegan a serlo a costa de los pobres. Y Mariano se rodeó de ministros que sólo supieran hacer eso: aplastar a unos para elevar a otros. No hacían falta más méritos. Y Ana Mato tenía experiencia de gürtel. Y la nombró ministra de sanidad. Y entre privatización y privatización, ella fue inyectando normas de destrucción masiva.  Y un día llegó el ébola. Y Ana, con su cabecita siempre inclinada al lado derecho, no supo qué hacer con la posible muerte de misioneros y enfermeras. Y dio ruedas de prensa al estilo Rajoy: sin preguntas u obligando a sus subordinados a responderla que para eso era jefa. Y cuando le llegó la hepatitis C aplazó la curación para cuando calculaba que ya no sería ministra, aunque mientras tanto murieran unos cuantos enfermos. Total la muerte no es más que el paso desde este valle de lágrimas a la gloria eterna según le había informado Rouco una tarde tomando el té.

No consta en los anales de Moncloa si fue la Blanca Paloma de Fátima Báñez o alguna otra virgen condecorada por el ministro del interior, pero seguro fue alguna deidad la que le hizo ver claro en una epifanía xenófoba que los inmigrantes no podían tener los mismos derechos que el resto de los españoles. Se lo ratificó Marhuenda que sabe de sobra lo que se hace en todos los países de Europa. Y decidió hacer un acopio de cartulinas blancas y azules. Como si fueran cromos intercambiables con lo que ochocientos mil inmigrantes se jugaban la vida y habría algunos que la perderían. Y con su bisturí eléctrico, que disimula la sangre derramada, fue sajando derechos. Y con el dinero ahorrado de esos 800.000 inmigrantes podría regalarle algo importante a su jefe Mariano y le devolvería la gloria de haberla nombrado ministra. Se ahorraría dinero. Ella no sabía cuánto porque no era matemática y porque las cuentas era mucho mejor encomendárselas a Correa o al Bigotes. Ella coleccionaría ochocientas mil tarjetas y los inmigrantes coleccionarían muertes, abandonos, dolor, desprecio y asco de vivir en un país que dice respetar y promover los derechos humanos porque sigue siendo la reserva de occidente.

La vida y la muerte estaban a uno u otro lado de un plástico. Por la tenencia de un plástico, unos teníamos derechos sobre la muerte y por la carencia de ese plástico la muerte tenía derechos sobre las vidas de todo el que no fuera un hijo de Isabel y Fernando. Se mejoraba notablemente la sanidad, se evitaban las aglomeraciones en las urgencias, se ahorraba dinero (el dinero es  cosa de ricos) y se recortaban derechos para estar a juego con la educación, los salarios, las libertades, las pensiones, la permanencia en el trabajo y las libertades. “Sigo confiando en Ana Mato como ministra porque lo está haciendo muy bien”  dijo Rajoy pocos días antes de despeñarla del sillón. 

Alonso venía de Vitoria, venía de los sillones del Congreso, venía de cabrearse con Rubalcaba. Estaba adelgazando a ojos vistas y Mariano empezó a preocuparse. Y le regaló el ministerio de sanidad, sin ébola, pero lleno de hígados que se apellidaban C y que exigían no morirse y gritaban pidiendo una medicación que existía y los curaba. Y empezó a prometer y no cumplir (lo había aprendido de su jefe). Un día, viendo un telediario, se enteró de que las urgencias estaban colapsadas. Y enseguida se dio cuenta de que la culpa la tenían los inmigrantes. Y decidió que Ana Mato no sabía nada de sanidad y ordenó que fueran a los ambulatorios porque aquí se respetaba a los venidos de fuera con heridas de cuchillas y alambradas. No sabía si debía autorizar análisis, cirugías, medicación. No lo sabía porque él era sólo el ministro y estas cosas la saben los asesores. Estaban todos de vacaciones, incluido Arriola que se había ido con la Villalobos conducidos por Manolo, el chofer que no era más tonto porque no se entrenaba, según decía Doña Celia.

Todo es plástico. Incluso la vida, el dolor, la pobreza, la miseria, la muerte.

La muerte es de plástico