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sábado. 01.10.2022

Mentir es corrupción

Hasta las pestañas nos llega la corrupción. Uno respira un aire salado.

Siempre me han tachado de utópico. Lo acepto. En la soledad de mis reflexiones me he preguntado si esta visión de los demás se corresponde con la realidad. Y he llegado a una conclusión afirmativa acompañada de una pregunta: ¿Y qué hubiera hecho yo en mi vida sin la utopía? ¿Cómo hubiera vivido mi existencia sin esa amante? Porque ella ha sido un amor irreemplazable y espero que lo siga siendo hasta que la muerte me convierta en la utopía absoluta.

Hasta las pestañas nos llega la corrupción. Uno respira un aire salado. El viento tiene un sudor maloliente. Destila pus esta contaminación que llaman transversal y que se nos cuela por las cicatrices del alma envenenando tanta herida de soledad, tanta hambre, tanto abandono, tanta dependencia condenada al desprecio, tanta esclavitud dibujada intencionalmente, tanta miseria perfectamente diseñada. Y entonces uno va y cree en la utopía porque intuye que existen las estrellas y que hay una luna testigo del deseo y una brisa capaz de acariciar los cuerpos cuando el amor recorre las almohadas. Y entonces vienen los “prácticos” y te echan en cara tu utopía y te dicen que con ella no se come, ni se mueve la silla de ruedas, ni se hacen carne las caricias. Y uno pone en duda la alegría, el futuro, la derrota de la pena y el triunfo de la luz.

Estamos hundidos en corrupción. Pero la describimos de forma excesivamente restrictiva. La reducimos casi exclusivamente a la apropiación indebida de dinero público. Y duele porque esa apropiación resta posibilidades de bienestar a la ciudadanía. Conscientes de que nuestro aporte impositivo es la fuente principal del bienestar ciudadano, atenta contra ese bienestar todo aquel que desvía el dinero aportado por todos y  lo disfruta como de su propiedad. Ladrón y corrupto de la sociedad todo aquel que rebosa placer con lo que no es suyo mediante la usurpación de lo ajeno. Corrupto por tanto, con toda la gravedad del término y digno del castigo que debe entrañar el robo a la totalidad ciudadana.

Comprendo, pese a la acusación que recibo de teórico, que el dinero es importante. Pero defiendo que no es lo más importante. Por ahí andan los mandamientos que se suponen defendidos y observados por nuestra élite gobernante y frecuentemente proclamada como católica, apostólica y  romana. Pero parece ser que la mentira ha sido omitida del cumplimiento cuando se promete o jura “por mi conciencia y honor cumplir y hacer cumplir la Constitución”  Y se hacen promesas falsas a sabiendas de su falsedad con el propósito explícito de mentir y canjear la mentira por votos. Y después de haber sido elegidos, se trafica con la mentira sin importar si sus efectos son mortales para quienes votaron y dieron su confianza a un partido político. Mentir parece que forma parte del quehacer político y que es asumido por parte de gobernantes y electores como una cualidad de quien miente. Se oye decir que Esperanza Aguirre es una gran política, una política con instinto, con olfato suficiente como para que consiga sus metas aunque sea mintiendo. ¿Cómo se puede admitir este binomio si no es por alguien igualmente corrupto? 

Esa podredumbre de la Púnica o de la Gürtel nace en el ámbito de una comunidad. La presidenta de esa comunidad está rodeada de gente de su mayor confianza que son a la vez los fundadores de la trama Púnica. Y ella, la presidenta-política-por-excelencia no es consciente de su existencia porque no ha percibido ningún signo de anormalidad en las personas de su máxima confianza. Ella siente vergüenza, se abochorna, no elude su responsabilidad en el nombramiento de esos cargos. Encuentra una enorme riqueza de vocabulario para describir el sonrojo que le producen esos sujetos sobre los que exige que caiga la justicia con todo su peso, pero sigue afirmando que no debe cambiar su rumbo político porque nunca sospechó ni pudo imaginar lo que sucedía con aquellos individuos que la besaban, le regalaban los oídos, la condecoraban y la llenaban de  halagos. Ella se mira cada noche al espejo y recita el “bendita sea tu pureza…”  Y hasta se siente víctima de esos ladrones que están crucificados a su derecha e izquierda.

Casi nadie tacha de corrupción esta forma descarada de mentir. Nadie insta a cumplir desde el propio partido devoto de la Blanca Paloma de Báñez o de las condecoradas vírgenes de Jorge Fernández Díez a confesar la verdad. Muy por el contrario, se forma una alianza de corruptos que amparan la mentira y la disfrazan de legítima defensa.

El dinero es importante. La palabra, en cuyo vientre se fecunda la democracia y a cuyos pechos se amamanta, es mucho más importante que el dinero. ¿Por qué entonces damos tanta importancia al robo de la riqueza y ninguna al tiro en la nuca de la palabra?

A lo mejor esa defensa queda sólo para los utópicos.

Mentir es corrupción