jueves 21/1/21

Jarrones rotos

Felipe González dejó una frase para la posteridad: Los expresidentes son jarrones chinos. Todos alaban su hermosura, pero nadie sabe dónde colocarlos. 

Felipe González es autor de frases que han pasado a la historia. Sobre todo porque correspondían con exactitud a ideas atractivas de un hombre que sabía defender lo que pensaba. Con la serenidad que da el tiempo, les aseguro que mantengo la visión positiva de su mandato presidencial durante una etapa en que la democracia había que inventarla a fuerza de utopía, de futuro y de implicación de la ciudadanía para que tomáramos conciencia de que  era una tarea que nacía diariamente del esfuerzo y responsabilidad de cada uno. Y a la sombra de esa serenidad, agradezco el comienzo de un estado de bienestar, una universalización de la sanidad y las pensiones, la construcción de autovías, la integración en Europa y la concienciación de un quehacer histórico capaz de enfrentarse a la bota militar. Tal vez hoy no seamos demasiado conscientes de lo que significó para muchos de nosotros ver a un general cuadrarse militarmente frente a un ministro civil. Lo que hoy es naturalmente lo que debe ser, era entonces un temblor de grandeza del papel de subordinación de unas fuerzas armadas al poder civil que nunca antes hubiéramos soñado y por lo que tanto habíamos luchado. Que nadie crea en una adhesión incondicional. Recuerdo muchos aspectos negativos: Roldan, el Gal, Filesa…Casi todo quedó sepultado bajo la absolución de las urnas, aunque yo me declaro contrario a esa gracia proveniente de una simple repulsa ciudadana y exijo una responsabilidad posterior a esa absolución. Amparados en esa indulgencia plenaria, muchos políticos esquilman a sus electores conscientes de que cuando dejen de ser elegidos se irán coronados de aplausos a sus casas, pero sobre todo a otros puestos.

Felipe dejó una frase para la posteridad: Los expresidentes son jarrones chinos. Todos alaban su hermosura, pero nadie sabe dónde colocarlos. Tal vez esta visión tenga una parte de verdad, sobre todo en los primeros años de posmandato. Pasado un tiempo, menos del deseado, son conscientes de su valía desperdiciada y casi sin buscar, encuentran acomodo en empresas importantes con cargos pagados sin miramientos. Porque yo lo valgo, dicen los jarrones que han sabido encontrar dónde ornamentar la billetera, aunque pudo parecer que nadie sabía dónde ponerlos.

Aznar anda hablando por el mundo, aunque si al mundo le dice lo que dice en su país, no me extraña que nadie lo oiga. Porque D. José María no se siente sólo un Carlos primero de España, sino también quinto del universo y es ese universo el objeto de su redención.

Y está la etapa final. A los jarrones se les cae el esmalte, se deterioran las miniaturas que embellecían su cintura y se convierten en recuerdo, sólo recuerdo con una leyenda colgada que asegura que fue bonito mientras duró. Los expresidentes quieren aportar a sus partidos respectivos un supuesto valor acumulado, pero se han puesto viejos. Aznar entonces grita. Le grita a Mariano, se arrepiente del orgasmo de su propio dedo nombrándolo sucesor y le amenaza con exigirle la devolución del rosario de su madre aunque se quede con todo lo demás. Aznar vive amenazando al actual presidente, a su partido, a la economía, a las autonomías, a la inmigración, a los que buscan refugio y a todo el que pasa por FAES. Aznar está viejo y sólo forma parte del pasado (no sé si de la historia). El olor a naftalina resulta mareante.

Felipe fue brillante. Te envolvía y terminabas sucumbiendo a sus argumentos, asumidos como propia convicción. Pero Felipe huele a armario cerrado desde tiempos de la abuela, con ese perfume de manzana que daba aroma de campo y amapolas al roperío guardado desde que ella se fue de puro viejita. Cuando uno compara al Felipe que enamoraba a media España y escucha al Felipe que despotrica argumentos rancios contra los adversarios políticos del PSOE en estas elecciones de 2.015, uno llega a palpar que el tiempo no admite cirugía estética, que se le arruga la frente, que le salen manchas en las manos y que olvida que el ayer sólo existe en la nostalgia triste del pasado.

Ahí está la vieja política. Radica en ella esa casta con complejo de superioridad que se niega a entregar los trastos porque ha salido un toro nuevo, porque el mundo se estrena cada día, porque no quedan privilegios que inmortalicen a héroes que uno no sabe dónde colocar para que no estorben. Aceptar la propia finitud es un rasgo de dignidad. Hay que tratar de morir con elegancia para que nuestro cadáver sea bonito y salgan espontáneas esas frases escritas en las paredes de los tanatorios: “Parece que está dormido” “No puedo creerlo. Si ayer tomé café  con él y estaba lleno de vida” “No somos nadie…”

Los jarrones chinos. Escuetos unos, barrocos otros, elegantes todos. Pero descascarillados por el paso del tiempo. La verdad es que uno no sabe dónde ponerlos.

Jarrones rotos