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miércoles. 10.08.2022

El funeral de Rajoy

La muerte cumple años. Diez. El dolor cumple años. Diez. La ausencia cumple años. Diez. El odio cumple años. Diez...

La muerte cumple años. Diez. El dolor cumple años. Diez. La ausencia cumple años. Diez. El odio cumple años. Diez. Arrastramos diez años. Tiramos de ellos para que ellos no nos claven en los railes de Atocha. Ciento noventa y dos muertes remolcándonos, para que nos quedemos a su lado, para que no las dejemos solas, para que enjuguemos la sangre española, peruana, magrebí, negra. Sangre multicolor, como un arco iris macabro, anudado al mundo con hebillas de acero negro.

Diez años se han cumplido desde que a madres y padres le explotó el futuro de unos hijos, de que unos hermanos, de que unos amigos, de que unos compañeros, de que a todos se nos truncó la sospecha de que el mundo era habitable.

El 11-M último se celebró un funeral en la Catedral de Madrid. La presidió el Cardenal Rouco fuera ya de su nefasto papel de presidente de la Conferencia episcopal. Y con el fariseísmo  que ha ostentado durante su mandato relativizó la contundencia de la sentencia que dejó clara la autoría de ese atentado. Algunos fueron capaces de matar a personas inocentes persiguiendo oscuras metas de poder. Rouco sembrando la duda malintencionada.

Y en ese funeral estaba Rajoy. Y su presencia, como la de otros muchos, era un acto siniestro de hipocresía. Porque se cumplían diez años de sangre dolorosa. Pero también diez años en que unos cuantos se dedicaron a dinamitar la verdad, atribuyendo a ETA lo que necesitaban atribuirle aunque ello implicara mentir a Naciones Unidas, a Embajadas predicadoras de falsedades antes países extranjeros, a directores de medios de comunicación para que crearan conciencia de una autoría falsa. Y ahí estaba Aznar, Acebes, Cospèdal, Zaplana. Y ahí estaba Jaime del Burgo diciendo que el nuevo gobierno estaba asentado sobre una masa de cadáveres. Y ahí estaba Miguel Angel Rodríguez advirtiendo que los españoles tenían derecho a saber qué grupo terrorista había aupado a Zapatero a la presidencia del gobierno. Y ahí estaban todos los que vieron que peligraba su puesto político o mediático y prefirieron manchar con la sangre de los muertos sus manos sacrílegas.

Y  vinieron cuatro años de gobierno socialista. Pero la llama infame estaba ya prendida y había unos cuantos encargados de insuflarle odio. Y aparecieron los miserables Pedro J, Losantos, Terch, Luis del Pino, Pio Moa que afirmaban que las fuerzas y cuerpos de seguridad habían tramado el atentado obedeciendo órdenes del partido socialista.

Y Aznar, no contento con urdir la mentira y expandirla por el mundo, siguió manteniendo que los autores  del atentado no estaban en montes lejanos ni en desiertos deshabitados. Aznar tenía a su disposición todas las fuentes de investigación mientras fue presidente del gobierno y tenía conocimiento de la verdadera autoría cuando meses después dejó de serlo. Y permaneció en su falsedad con la conciencia clara de que estaba mintiendo al pueblo español y a los diputados en sede parlamentaria. Pero su egocentrismo enfermizo no consiguió desviarlo de su empeño patológico de mentir a la ciudadanía.

Aún hoy, en los momentos en que escribo, el presidente de la Comunidad de Madrid asegura que hay que buscar a quienes originaron un dolor tan fuerte a los españoles. Y Cospedal, que ostentaba un puesto relevante en el ministerio de Acebes y que colaboró decididamente a urdir y difundir la mentira, se afirmaba hoy en su actitud de seguir persiguiendo la verdad de aquel 11-M. Y Alonso, portavoz del PP. En el Congreso, aún hoy dice que son compatibles la sentencia y la búsqueda de la autoría. Es una forma eufemística de amar la calumnia.

El funeral de Rajoy, se titula este artículo. Durante el tiempo en que era presidente del PP y jefe la oposición instó a que se anulara toda la investigación judicial y se ahondara en la búsqueda de culpables porque lo realizado por jueces y fiscales no respondía a la verdad de los hechos. Y a día de hoy, tras asistir con rostro compungido al funeral por las víctimas, ha respondido con un “muchas gracias”  a la pregunta de un periodista sobre si estaba conforme con dar por terminada la cuestión después de la sentencia pronunciada por la justicia.

Este hombre, que hundió también sus pies en la sangre de los muertos y heridos del 11.M, es hoy nuestro presidente. Y cuando las fuerzas políticas ajenas al PP le han pedido en el Congreso que pidan perdón al pueblo español, a las víctimas y a sus familias por haberse empotrado en la falsedad más hiriente, encargan  al Presidente del Congreso que tranquilice a la opinión pública asegurando que no es hora de pedir perdón ni de condenar lo que pudo suceder en el pasado.

El dolor, la angustia, la muerte, el odio cumple diez años. La calumnia, la hipocresía, la mentira, el asco, el vómito cumple diez años. Que alguien me preste un rincón. Me queda mucho llanto solidificado en las pestañas.

El funeral de Rajoy