lunes. 04.03.2024

Creer en la política

Comenzamos hace unos años a hacer política. La sacamos a la calle en parihuelas de libertad y la paseamos gozosos...

Refiriéndose a la visión cristiana de la vida, alguien ha dicho que la fe no consiste en creer en una cantidad determinada de dogmas. La fe, como relación interpersonal, debe formularse como la entrega amorosa de alguien a alguien. No se trata de creer algo, sino de creer en ti.

El amor es siempre una relación interpersonal. Cuando amo, estoy fortaleciendo mi gusto por esa persona. Cuando ahondo en los adentros, estoy personalizando mi amor y distinguiéndolo del simple placer del gusto. Me gustas porque te quiero.

No meterse en política era el consejo de un dictador. Porque los dictadores tienen que disuadir por definición a los pueblos de su contenido político, como forma de centrarlos en el personalismo, alrededor del cual debe girar la veneración de los esclavos. Sabemos mucho de esto.

Comenzamos hace unos años a hacer política. La sacamos a la calle en parihuelas de libertad y la paseamos gozosos por las aceras llenas de geranios. Sopló el viento. Vino el frío. Cayó la nieve. Y nuestra imagen se fue deteriorando. El entusiasmo por la política, así, en general, se nos fue desconchando, se le dañó el barniz y dejamos de sentir el atractivo primitivo. Estábamos gustando la hermosura de sus caderas, la brillantez de sus pechos, la tersura de sus muslos. Pero se nos puso vieja la Constitución y sólo nos acercábamos a verla al asilo los seis de diciembre para llevarle unas flores con chocolatinas.

Y los que en tiempos del dictador exigíamos nuestro derecho de opinión, nuestro derecho a ser responsables de nuestro destino con un quehacer propio e inalienable, resulta que ahora estamos de vuelta de aquel camino alcanzado. Cuando alguien está de vuelta es porque no tiene camino por delante y no le queda más remedio que desandar lo andado para evitar el choque frontal con la nada. ¿Y si estamos hartos de política y volvemos sobre nuestros pasos, será que añoramos una dictadura que nos evite el trabajo de pensar, la tarea de ser libre, la dureza de sentirnos responsables de nuestro destino? La pregunta encierra más dureza de la que parece. Y las consecuencias ahogan el futuro apretado por el nudo de la comodidad que se desentiende de la propia responsabilidad

Rajoy y su partido hicieron una campaña electoral llena de promesas que le llevaron a la Moncloa. Al día siguiente, cuando no se había hecho la mudanza del colchón latex, Rajoy se revolvió en la moqueta y todas las promesas se  volvieron incumplimientos. Impuestos, enseñanza, negación de dinero a la banca, sanidad, pensiones, reforma laboral, dependencia…todo se volvió del revés.

Hace unos días, se celebró (qué ironía este término) el debate sobre el estado de la nación. Todos sabemos cómo se encuentra el país. Hambre, desahucios, sanidad empobrecida y convertida en negocio, desamparo vergonzoso de los dependientes, pensiones que suben un euro al año, caja de pensiones venida a menos, pago de un rescate disimulado, alineación con las leyes impuestas por Merkel, enfermos terminales a los que se les sustrae el derecho a la medicación salvadora, aumento de parados, aumento de trabajo con salarios de hambre, despidos a gusto del consumidor. ¿Seguimos?

Y en paralelo un Partido Socialista mirándose el ombligo, luchando a brazo partido por alcanzar una parcela de poder, dando a entender que a cada cual le interesa más el puesto de relieve que la marcha del país. Aquellos del 82 que tanto hicieron hasta construir un país moderno, embarcados ahora en multinacionales, con el cohiba en los labios, impartiendo lecciones de añoranza, como frenando la historia para que nada sobrepase sus propios monumentos. Aquellos del 82 reivindicando que cualquier tiempo pasado fue mejor, menos la pana de entonces que hoy huele a naftalina rancia.

Y Rajoy sube a la tribuna mientras Villalobos  juega con su tabla pagada por el Congreso y nos dice que va a crear tres millones de puestos de trabajo, y que va a mantener la sanidad porque es la mejor del mundo, y que en España no hay hambre, que se cumple con el deber constitucional de una vivienda digna para todos, y que no se ha aportado dinero a la banca mediante el dinero conseguido por un rescate y que la crisis se ha superado y que crecemos por encima de todos los países del mundo mundial y que somos un ejemplo que se estudiará en los textos de historia.

Y todo esto lo dice Rajoy sin el más mínimo sonrojo, sin pedir perdón por su empeño en cambiar el modelo social, por su esfuerzo en conseguir que los pobres sean más pobres para que los ricos sean más ricos. Ha hecho lo único que se podía hacer, lo único que se debía hacer. Por eso somos el espejo en el que se mira el mundo.

¿La gente no cree en la política?  ¿Está harta de política?  ¿Añora en consecuencia una dictadura?  No. Los ciudadanos exigimos nuestros derechos cortados de raíz. Exigimos honradez, entrega, lucha en defensa de los más pobres.

Exigimos más política porque ella es la construcción de esta ciudad universal que se llama mundo.

Creer en la política