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miércoles. 28.09.2022

Cinismo

Los ciudadanos siempre tienen razón cuando eligen a sus representantes. Las elecciones son la fiesta de la democracia. Los votos no se equivocan...

Los ciudadanos siempre tienen razón cuando eligen a sus representantes. Las elecciones son la fiesta de la democracia. Los votos no se equivocan y dan la supremacía del gobierno a quien el pueblo quiere. Somos pueblo viviente y dinámico en esa plaza de infalibilidad democrática. No seré yo quien ponga en duda esta verdad pisoteada por dictadores y demás usurpadores de la historia cuya médula se alimenta del desprecio por la opinión pública.

Si es verdad lo anterior, y sin duda es verdad, los políticos elegidos deben asumirla como tal y no deben permitirse hacer de sus cargos un perjurio, ni de su oficio una mentira, ni de su quehacer un cinismo. “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”Lo dice la Real Academia.

Ultimamente estamos soportando un cinismo desmesurado, por encima de nuestras posibilidades. Y eso conlleva recortes en la implicación política, desprecio por la tarea de nuestros políticos y una confusión destructora cifrada en que todos son iguales. La ciudadanía pierde confianza y empiezan a surgir movimientos totalitarios, añoranzas de ese poder dictatorial ensalzado por jóvenes, y no tan jóvenes, que no vivieron la sangre por las calles. Pero no sólo son abominables los saludos fascistas, la proximidad a banderas humillantes, sino que la fraseología de algunos diputados y senadores nos lleva al resurgir de aquellos tiempos de pistolas con cachas brillantes de muerte. Y son igualmente abominables los saludos fascistas y quienes dicen que la República propició un millón de muertos y equipara la ilegalidad de banderas franquistas y republicanas. No hace mucho, Rafael Hernando, ese pigmeo intelectual del PP, logritaba con una chulería idéntica a cuando calumniaba a los padres como responsables del hambre y desnutrición de sus hijos. Y nadie en su partido ha sido capaz de reducirlo  al rincón de la indignidad. ¿Consentimiento? ¿Comunión de ideas? Y esto es cinismo tal y como queda definido anteriormente. Repugnante, mentiroso y vituperable. En un estado democrático, y por respeto a una libertad invocada, no puede haber políticos que hablen desde la ignorancia, la mala voluntad y ensoñaciones dictatoriales.

Cuando Marhuenda, Floriano, Pujalte aseguran que se destruyen los discos duros de los ordenadores como cumplimiento de la Ley de Protección de Datos es puro cinismo porque saben que se destruyen elementos que pueden tener información sensible y que por ello son requeridos por un juez.Cuando Fátima Báñez afirma que la reforma laboral ha evitado el desempleo, hace un ejercicio de puro cinismo. Cuando Wert pontifica sin inmutarse de que su ministerio ha aportado más dinero en becas y educación es puro cinismo. Cuando Lasquetty dice que la privatización de la sanidad no es un negocio, sino una mejora de cara al paciente, es cinismo. Cuando Cospedal nos habla de indemnización en diferido y Rajoy dice que cuando llegó a la presidencia del gobierno Bárcenas ya no estaba al frente de nada, es puro cinismo. “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”Predicar un programa electoral a sabiendas de que no hay voluntad de cumplirlo, se está especulando con necesidades vitales del pueblo con un cinismo que llega incluso llega a los sótanos de perjurio.

Y cuando se actúa cínicamente se socavan los cimientos de la democracia porque la democracia surge de la honradez de la palabra. La palabra es el vientre limpio de la democracia. Cuando se prostituye se pone en venta la libertad por cada esquina. El cinismo por tanto no es una actitud venial. Más bien es el arma homicida, manchada con sangre de desencanto y frustración.

Que nadie me argumente ahora que el cinismo se da en todos los gobiernos y en todos los partidos. Es posible, pero no todos son iguales. Y sobre todo estoy hablando de un partido que está sustentando a un gobierno y de un gobierno que alberga los nombres mencionados, menos el de Francisco Marhuenda que anda arrastrándose por las cloacas más sucias del halago y servilismo con la esperanza de que Mariano Rajoy le condecore con puesto de guardia jurado en las puertas de Génova, 13.

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