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jueves. 11.08.2022

Bono tiene miedo

José Bono es un viejo político. Todos están de acuerdo. Socialista, dicen. Y en eso hay muchas discrepancias...

José Bono es un viejo político. Todos están de acuerdo. Socialista, dicen. Y en eso hay muchas discrepancias. Aspiró a todo y consiguió algunas metas: Presidente de Castilla La Mancha durante muchos años. Llegó incluso a ser lo que asegura no quiso ser nunca. Por ejemplo, ministro, presidente del Congreso de los Diputados. Por el contrario no consiguió alcanzar lo que se propuso: secretario general del Partido Socialista y candidato a la presidencia del gobierno. Lleva por tanto dentro de sí las contradicciones más lacerantes. Quiso ser lo que nunca fue. Y fue lo que nunca quiso. Y de ahí su ambigüedad en todos los órdenes de la vida. Socialista muy cercano a postulados retrógrados de la Iglesia católica (no confundir con cristianismo), a doctrinas medievales del “progresista” Gallardón, de Aznar, de Rajoy. Defensor incluso de pactos entre los dueños del bipartidismo para mayor gloria de la patria. Nacionalista español, muy español de puro nacionalista y por ende frontalmente situado frente a otro tipo de nacionalismos.

Pablo Iglesias es un político (¿habría que denominarlo anti político en el sentido clásico del término?),  joven, coleta actual con antigüedad desde lo quince años, camisa remangada de Alcampo (una ofensa para los de Tucci, perfume Paco Rabanne y gemelos de oro), profesor universitario, rostro en paz consigo mismo, escasa gestualidad y un hervidero de verdades insoportable como todas las verdades. Un dios minúsculo ante el que se ha postrado una parte importante de votos en las elecciones al Parlamento europeo. Cinco parlamentarios, cinco, como los anunciados en un cartel bravo. Habló de desahucios, de hambre infantil, de la desesperanza de lograr el primer empleo y de la angustia de conseguir el último, de una economía que convierte al mundo obrero en un campo de concentración donde hay que dejarse violar por un mendrugo de pan, de pensiones miserables, de derechos arrasados, de emigración vergonzante, de inmigración pasada por cuchillas desgarradoras que abren en dos la piel del hambre.

El 17 de Julio José Bono estuvo en el programa “Al Rojo Vivo”. Enfrente, Pablo Iglesias. Y Bono, expresidente de una cosa, exministro, expresidente de otra,cosa confesó lo inconfesable para alguien que fue perseguido por un Franco que disparaba en la nunca, soplaba el cañón de su pistola, se la entregaba al edecán de turno y se comía una langosta porque las muertes en una dictadura se recompensan con langosta. José Bono confesó que tenía miedo. Miedo de un muchacho joven, con camisa de Alcampo y coleta creo que rubia desde los quince años. Y le acusó de sembrar odio y de que la sociedad sintiera, como él, miedo al escucharle. Y le dijo alto y claro que los socialistas que habían votado al joven profesor los había hecho por error, que no se habían dado cuenta o a lo peor, digo yo, lo votaron por miedo, por el susto que provoca oír hablar de hambre, de miseria, de potencia bancaria, de primacía del dinero sobre la política. Pobres socialistas errados votando a alguien que usa colonia nenuco y se remanga la camisa porque tiene los puños rozados.

No voy a desvelar aquí si Pedro Sánchez es más guapo que Pablo Iglesias. Me lo prohíbe mi heterosexualidad ideológica. Confieso que critico abiertamente a Rajoy y que Gallardón me repugna por expropiador de úteros y vaginas, por usurpador de derechos femeninos, por pirata y parche en el ojo cuando de robar la independencia de la mujer frente al autoritarismo masculino se trata. Y como ellos, de todos los que dicen que la recuperación va sobre ruedas mientras lo chavalines cambian una pelota por un vaso de leche, mientras las madres lloran porque no tienen un pedazo de paz para la cena de una niña sin derechos a una muñeca. Y me opongo a los que dicen que se está creando empleo, a los que afirman que el estado de bienestar funciona mejor que nunca y a un Marhuenda que asegura que las ONG son el refugio de jóvenes pijos, de izquierdas, con dinero y aburridos.

No me da miedo ni Pablo Iglesias ni su mensaje. No admito que esté sembrando el odio en la sociedad. Me da miedo el futuro de los jóvenes, de la investigación, de los albañiles, los mecánicos. Me da miedo el porvenir sin futuro de muchos españoles más preocupados por la cola del paro que por la independencia de Cataluña. Me dan miedo los empresarios que suprimen el sueldo mínimo interprofesional, que exigen el despido sin indemnización, que están en la cárcel por robar, que le dicen al obrero que cuatrocientos euros por ocho horas por siete días o que hay cientos esperando. Me dan miedo las Aguirres, los Florianos, las Cospedales.

Incluso me da miedo, un poco de miedo, José Bono.

Bono tiene miedo