martes 1/12/20

Habitar el centro

En algunas ocasiones es inevitable echar mano de clichés o estereotipos para definir aquellos rasgos más característicos de algo o de alguien.

Por ejemplo, si trazáramos una línea imaginaria en el Baix Llobregat y preguntáramos de la línea hacia el sur cual es el rasgo más característico que define a la nación española, casi con toda seguridad ese rasgo seria la furia, antaño simbolizada en Viriato hoy en Sergio Ramos y en Rafa Nadal, una furia siempre acompañada del añadido, con dos cojones. Una ecuación a la que difícilmente podría acceder Carolina Marín, pongamos por caso, mujer por la que siento una enorme devoción, pero que a pesar de su empuje es difícil que acceda al olimpo de los atributos masculinos muy presentes en el imaginario colectivo de aquellos que acuden a la furia como el rasgo distintivo de la nación española.

Si la pregunta la dirigiéramos a quienes están al norte de la línea, también con toda seguridad, el rasgo definitorio constitutivo de la nación española seria la pereza. Y vale la pena en el caso de España detenerse en la pereza porque la inclinación a cometer este pecado capital ha tenido enormes consecuencias en nuestro devenir de los últimos 500 años, que se dice pronto.

Por impuntualidad perdimos el tren no de la estación del norte, sino de la carrera hacia el crecimiento económico moderno

La pereza, en sí misma, no tiene por qué tener consecuencia negativa alguna, pero los problemas se presentan cuando por ser perezosos somos impuntuales, es decir, llegamos tarde.

Llegar tarde es un vicio muy español que sigue funcionando en el extranjero. Llegamos tarde a las citas, a las reuniones, a los espectáculos, a misa. Digamos que llegar tarde es muy nuestro. Berlanga se hartó de escenificar esa tardanza constitutiva con hombres corriendo por los andenes de la estación del Norte de Madrid que acababan perdiendo el tren irremisiblemente después de haber tenido un pie prácticamente en el estribo.

La metáfora no puede ser más poderosa, España perdiendo el tren por impuntualidad, por pereza.

Para los usos sociales la pereza acaba por convertirse en un incordio, pero ¿Y para las prácticas económicas, cuando por pereza, España se mostró incapaz de acometer a finales del siglo XVIII principios del XIX, la revolución verde sobre la que los países noroccidentales de Europa fundamentaron la revolución industrial? Entonces, la pereza deja de ser un incordio para convertirse en un lastre demasiado pesado.

Por impuntualidad perdimos el tren no de la estación del norte, sino de la carrera hacia el crecimiento económico moderno.

Y si el desarrollo económico moderno estuvo presidido por la pereza, que  decir del desarrollo político, pues que aquí, la pereza siempre vino acompañada de la indolencia.

¿Cómo justificar sino que hasta ayer mismo (20 de noviembre de 2020), se sigue considerando en España por amplios sectores de la sociedad a la revolución Copernicana tan solo como una teoría cosmológica? ¿No han sido suficientes 500 años para comprender que cuando Copérnico desplazó a la tierra del centro del universo lanzó un  mensaje constitutivo de una nueva manera de estar en el mundo?

Así es, a partir de 1543 cuando Copérnico desmiente a Aristóteles demuestra que el centro no es la centralidad, que la centralidad se desplaza y podía estar en cualquier parte. Lo que hasta ese momento había sido el centro podía convertirse en la periferia.

Es inevitable pensar que por pereza todavía hoy en España son muchos los que no son capaces de entender que en nuestro país habitar el centro en 2020 es habitar la periferia.

Es muy elocuente en este sentido ver como la gerontocracia política española se revuelve en un intento desesperado de recuperación de un centro Aristotélico, fijo e inamovible, que nos sirvió de cobijo durante decenios, pero que se ha ido desplazando hacia los márgenes por el impulso Copernicano. Quienes reclaman hoy ese centro vehementemente ocultan interesadamente que ya en la antigua Roma, centro del imperio, los asuntos del poder se trataban en las letrinas.

Construir uno nuevo centro exige la valentía de pilotar una nave que cuenta con estaciones de avituallamiento repartidas por un espacio con contornos difusos para posarse en una superficie que todavía cuesta localizar en las cartas de navegación.

Contra pereza diligencia.

Habitar el centro