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miércoles 18/5/22

El declive

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Asisto con verdadera pena a la descomposición de Podemos como fuerza política relevante en España. 

En las pasadas elecciones de diciembre de 2015 Podemos recibió un impresionante caudal de votos que los situó con 69 diputados en el Parlamento y aunque ya habían dado un aviso en las elecciones europeas de mayo de 2014, el resultado fue arrollador desde cualquier punto de vista para una fuerza que apenas contaba con un año de existencia.

El voto de diciembre del 2015 masivo y transversal, tenía dos componentes;  por un lado el reconocimiento a la inteligencia política que había supuesto articular la protesta del 15M en un partido capaz de canalizarla, por otro la no incondicionalidad de ese voto, era un voto exigente para una gestión eficaz capaz de frenar a una derecha corrupta que había destrozado a la clase media y al conjunto de los trabajadores al amparo de la crisis económica.

Desde un principio Podemos dio suficientes muestras de que se sentían perfectamente cómodos en su papel de agitadores en construcción y poco dispuestos a reconocerse como fuerza con suficiente potencial para intentar modificar una deriva que profundizaba en la desigualdad y no modificaba el status quo, para entendernos trabajar por el cambio.

Lo de menos fue esa pataleta inicial por la bancada que tenían que ocupar en el hemiciclo, igual hoy preferirían ser menos visibles, pero en la sociedad de la transparencia parece un agravio inaceptable no estar constantemente expuesto.

Lo grave ha consistido en esta posición política, a mi juicio estúpida, de intentar una nueva hegemonía en la izquierda para pasar factura de la Transición que siguen considerando como una traición de la izquierda de entonces que pactó con las élites franquistas la salida de la dictadura.

En ese análisis, descabellado desde cualquier punto de vista, sobra academicismo, hay exceso de Trilateral y de Departamento de Estado y falta un conocimiento mayor de la realidad de 1975; una España sociológicamente franquista y con una carga genética de temor en la mayoría de los españoles que miraban por el retrovisor y todavía veían restos del paisaje de la guerra civil. Bien es cierto que ese conocimiento de quienes hicieron la Transición fue fruto de la experiencia cotidiana y es de difícil acceso para los que por edad no pudieron protagonizarla.

Es probable que si Pablo Iglesias no hubiera tenido como maestro a Anguita, la visión de Podemos de la transición hubiera sido más ponderada y les hubiera permitido entender que con aquellos mimbres, yo no conocí  tantos rupturistas como al parecer había, la Constitución del 78 es una buena constitución teniendo en cuenta nuestra historia constitucional.

Esa visión más sosegada y realista hubiera permitida a Podemos tomar conciencia de lo que la gente esperaba de ellos, después de 40 años de uso es que hubieran remolcado la Constitución hasta el taller para una buena reparación, que incluyera caja de cambios y correa de distribución.

Podemos hubiera podido ser mecánico oficial de 1ª en esa reparación, pero eso hubiera significado mancharte de grasa, tirarse al suelo y que las manos se agrietaran.

Como no lo han hecho pagarán caro y el país con ellos su pecado de juventud de querer ser directamente maestros de taller.

El hartazgo que está produciendo en su electorado potencial su gesto grandilocuente y su retórica vacía como únicos instrumentos de acción política a menos de un año del comienzo de la legislatura es muy severo, puede que irreversible en términos de supervivencia política.

Porque como dice Nietzche  por boca de Zizek “la diferencia entre una verdadera política emancipadora radical y una política populista es que la primera es activa, se impone y hace valer su visión, mientras que el populismo es fundamentalmente re-activo”.

El declive