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lunes 23/5/22

Alarmado

trabajar-carrefour

Katy es reponedora en CARREFOUR, repone chicles en la línea de caja, esos pequeños estantes donde se tienta al comprador con un último capricho.

Su despido me pilló desprevenido. Era un sábado a primera hora de la tarde y  me llamó  angustiada para decirme que al salir del trabajo le había pitado la alarma por un chicle que llevaba en el chaleco. La respuesta fue inmediata, el vigilante de seguridad le retiró la tarjeta y desde ese momento le prohibieron la entrada en el  CARREFOUR en el que trabajaba y en el resto de tiendas que CARREFOUR tiene en la Comunidad de Madrid. Su empresa le despidió por robo ese mismo día. Así va la cosa.

Katy llevaba trabajando cinco años como reponedora con un horario de 6 a 10 de la mañana y un salario bruto incluidas pagas extraordinarias de 630 € al mes. La inmensa mayoría de sus compañeros trabaja menos aún, de 6 a 9, y un buen número de ellos, en aumento, lo hacen de 6 a 8:50 con un salario proporcional equivalente. Así va la cosa.

Ni Katy ni el resto de los trabajadores de su empresa, ni de ninguna de las empresas externas de reposición que trabajan para CARREFOUR, tienen una taquilla donde poder cambiarse de ropa y tener sus objetos personales. Así va la cosa.

Katy no está afiliada  y no podrá demandar su despido con el Sindicato porque no tiene dinero para iniciar los trámites. Para que su asistencia jurídica fuera gratuita tendría que llevar 5 años afiliada. Así va la cosa.

En otro tiempo, es muy probable que el sindicato hubiera considerado su despido como la vulneración del derecho fundamental a la intimidad y hubiera asumido su defensa por la trascendencia que pudiera tener para miles de trabajadores en su situación. Hoy ese instinto parece haber desaparecido. Así va la cosa.

Algunos días me encuentro en el metro con algún trabajador de la reposición - es fácil reconocerlos, camisetas descoloridas y pantalones viejos- a las 11, las 12, incluso a la 1 de la tarde, van derrotados, sentados en el suelo de cualquier manera. Quienes conocemos el sector sabemos que esa prolongación se debe al cambio de catálogo, ese folleto que llega a casa mensualmente con las ofertas, o lo que es peor, toca inventario, lo que exige trabajar varias noches seguidas además de la jornada ordinaria. Estas condiciones hace mucho que dejaron de ser opcionales. Así va la cosa.

Este exceso de jornada lo denunciaron en la Inspección de Trabajo en marzo de 2016, en febrero de 2017 aún no hay noticia de la resolución. Así va la cosa.

La pregunta parece obvia ¿Está el sindicalismo de clase en condiciones de defender a Katy y por extensión a los millones de trabajadores que trabajan en España en condiciones parecidas?

No lo creo. No se percibe ningún síntoma que atisbe el cambio que lo haga posible. El sindicalismo de clase seguirá gobernado por las grandes federaciones industriales en declive que responden a la lógica de un mercado laboral residual en España.

Las mismas federaciones que hace ya unos años iniciaron  un proceso de fusiones que perseguía entre sus objetivos principales, racionalizar unos aparatos de dirección claramente desproporcionados en función a su realidad afiliativa y que transcurrido un mandato parece que no han conseguido. El mismo proceso, que con enorme torpeza está erradicando culturas sindicales de sectores, como el de la reposición, hoy emergentes e  imprescindibles para ese cambio.

*En latino provisto de alarma

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