viernes. 12.07.2024

Vísperas

¿Que hay que desdramatizar? Sea. No le llamemos traición. ¿Desprecio, quizás? ¿Que sigue siendo fuerte? ¿Abandono, entonces? ¿Que tampoco? Pues pongamos que quiebra, si los más sensibles lo prefieren, de la lealtad. Porque en estas vísperas, como si recogidas a la tarde en oración, un grupo de sus señorías elegidas en las candidaturas socialistas se debatirán entre dos lealtades. A saber: la lealtad al comité que con su bendición las puso en las listas, y la lealtad a los electores que con nuestro voto las pusimos en los escaños del Congreso de los Diputados que ahora ocupan.

Y aunque en estos días cunde entre los bienpensantes la curiosa, si no estrafalaria, teoría de que militantes y asimilados no estamos capacitados para la deliberación compleja de asuntos de muchos matices, y que por ello preservada ha de quedar y reservada a esa categoría de los llamados representantes, es evidente que la decisión de lo que vayan a hacer mañana les corresponde en exclusiva a sus señorías. Esas que, no por casualidad sino por constitucionalidad, no están sujetas a mandato imperativo alguno.

Y una lealtad quebrará. Seguro. Porque se encuentran en una disyuntiva que, salvo ausencias o renuncias, les obliga a elegir entre dos únicas opciones, alternativas y excluyentes. En este caso, o con el comité o con sus representados. Con los que los han puesto en las listas, o con los que los hemos puesto en los escaños.

Quizás sean estos momentos propicios para pensar que la calidad -y la permanencia, y el robustecimiento- de la democracia tiene que ver cada vez más con el respeto a la palabra dada, al compromiso, a la promesa. Al contrato en que consiste el voto. Tú me dices para qué y yo delego en ti. Y no para cualquier cosa, sino justamente para aquello en lo que has empeñado tu palabra, en lo que te has comprometido conmigo. Y para eso están los documentos programáticos, y los pronunciamientos públicos de candidatos y dirigentes.

¿Que han cambiado situaciones, que hay nuevas circunstancias? ¿Que se presenta sin esperarlo un hecho que obliga a una reconsideración? Es posible. Pero entonces, hazlo conmigo, no sin mi. No contra mi. Porque fui yo, fue mi voto, señoría, y no tu comité, el que te convirtió en representante y te dio la voz y el voto que emitirás mañana.

Sabemos de antiguo que las palabras, que el lenguaje, tienen esa capacidad asombrosa de hacer emerger la realidad, y también la de crearla e, incluso, la de ocultarla y hasta negarla. Que a veces las palabras son, devaluadas, medias palabras. Hace mucho que perdimos la inocencia original -si es que alguna vez la hubo- pero tenemos viva la memoria de la palabra que por las calles y las plazas de toda España, en todo tipo de escenarios, durante la campaña electoral, antes del voto, y aún después, hasta ayer mismo, empeñó el PSOE. Un partido -y unos militantes, y unos candidatos- de palabra.

Quizás mañana optéis por ser leales al comité que os puso -y puede que os mantenga- en las listas. Pero entonces debéis saber que quizás no nos encontréis para poneros en el escaño. Que esa capacidad por ahora le está únicamente reservada a ciudadanos -y por ende, políticos como vosotros- con derecho a voto.

Ojalá no. Para que no se haga verdad ese latiguillo -que azota, claro que sí- que ayer oí una vez más, puesto esta vez en boca de un personaje de serie argentina, de que ‘los políticos’ son expertos en hacer desaparecer lo evidente. Para que el PSOE siga siendo -y lo sea por muchos años- un partido de palabra. Es decir, de fiar.

Ojalá no. Para que así conciliéis convicciones y responsabilidad. Para que no tenga que deciros mañana a la tarde, hora de vísperas: ‘Me representábais porque os elegí con mi voto. Ahora ya no’.

Vísperas