lunes 21/9/20

A vueltas con la pandemia y el sensacionalismo

Hay muchos, pero me centraré en uno, un periodista con una dilatada y brillante carrera que dirige un informativo matinal en la Sexta. Con el énfasis que le caracteriza lleva semanas contándonos uno por uno los nuevos casos de la enfermedad que van surgiendo en España. Llama la atención de los televidentes, atención, atención, última hora, nuevo caso en Vitoria, compañero cuéntanos, qué se sabe, cómo ha sido, dónde vive. Incansable, esa es la verdad, narra con su vehemencia habitual las novedades sobre la epidemia como si fuese la gota malaya, demostrando fehacientemente como no se debe hacer periodismo en un país democrático. Si esto es lo que hace Ferreras, no digamos nada de lo que hablan en otras emisoras de radio y televisión que quieren presentar una epidemia grave pero con una mortandad baja como si fuese la conocida como “Gripe Española” de 1918, pandemia que no habrían podido narrar hoy del mismo modo dada la incidencia brutal que tuvo -entonces sí-  en la población.

En 1917 aparecieron los primeros casos de “Gripe Española” en Francia y China, pero se cree que el contagio masivo -entonces no existía la globalización- vino de Estados Unidos, concretamente de la base militar de Fort Riley donde se adiestraban soldados para enviarlos a combatir. Europa estaba siendo arrasada por la Primera Guerra Mundial y los gobiernos decidieron ocultar datos para no diezmar la moral de las tropas que se mataban a mayor gloria del capitalismo mundial sin que a ellos, tal como decía el gran Jean Jaurès, les fuese nada en ella. Fue la España neutral, y por eso se conoció como gripe española, el primer país que denunció en foros internacionales la existencia de la epidemia y las consecuencias devastadoras del nuevo virus. La gripe se extendió de forma exponencial entre 1918 y 1920, desapareciendo tal como había surgido. En dos años infectó a decenas de millones de personas -casi un tercio de la humanidad-, muchas de las cuales morirían antes de llegar al cuarto día. Ochenta millones de fallecidos en todo el mundo de una población total de 1800 millones. En España, que tenía en 1918 veinte millones de habitantes, enfermaron casi ocho millones de personas, muriendo trescientas mil, un 1,5% de la población total. Además, aquella enfermedad se cebó en niños y población comprendida entre los veinte y cuarenta años, lo que incidió sobremanera en la economía mundial, ya destrozada por el conflicto bélico. La ausencia casi total de sistemas públicos de salud provocó que la enfermedad se propagase de forma aniquiladora. Se trató, sin duda, de una de las más terribles pandemias de la era contemporánea, tanto por la rapidez de su expansión como por su capacidad mortífera.

El Gobierno español y las autoridades sanitarias están haciendo las cosas bien. No creando alarmas ante una enfermedad que no tiene las características devastadoras de otras que asolaron el mundo en otro tiempos

En ningún momento se trata de minimizar los efectos que está teniendo la actual epidemia viral, ni mucho menos, pero sí de -con los datos que suministran los especialistas- de ponerla a día de hoy en sus justos términos. No estamos ante algo parecido a la “Gripe Española”. En poco más de dos meses de desarrollo de la enfermedad se han contagiado en España 1236 personas y han muerto 30. En ese mismo periodo de 1918 habían contraído la gripe casi un millón de españoles, de los que treinta mil murieron en pocas horas. Si a eso añadimos que hoy tenemos -pese al empeño de la derecha cavernícola española de todas las tendencias, incluida la de Puigdemont, Torra y Pujol, en destruirla para dársela al negocio y a los negociantes sin escrúpulos- uno de los mejores sistemas públicos de salud, estamos ante un panorama radicalmente diferente para bien. 

Actualmente sabemos que el virus está siendo controlado en China, donde los casos van disminuyendo drásticamente y ya se habla de levantar las medidas que restringían los movimientos de la población. La disminución es de tal envergadura que en las últimas veinticuatro horas sólo se han registrado 24 casos, la mayoría importados, lo que nos indica por donde pueden ir las cosas en España y en Europa. También sabemos que su capacidad mortífera es baja y afecta principalmente a personas mayores de  ochenta años con patologías previas. Es en esas personas en las que se deben centrar todos los esfuerzos y todas las atenciones preventivas y medico-sanitarias. 

Ante esta situación creo que debemos evitar el sensacionalismo, crear situaciones de nerviosismo que puedan derivar en pánico, contar todo lo que se sabe y se vaya sabiendo pero con verdad, sin alarmar a nadie porque no hay motivos para ello. Debemos obedecer tranquilamente todas las indicaciones que nos den las autoridades sanitarias y hacer vida normal. Sin embargo, la actual crisis está dejando en evidencia varias cosas muy importantes. La primera es la necesidad de fortalecer las instituciones internacionales de forma y manera que sean capaces de coordinar lo que se hacer en el mundo ante una situación así; la segunda, el fracaso absoluto de la globalización neoliberal que sólo pretendía abaratar costes para maximizar beneficios desplazando la producción a países con salarios bajos y nulos derechos laborales, dejando al mundo a merced de una “mano invisible” que es muy visible para desorganizarlo todo y favorecer sólo a los que ya han sido muy favorecidos; la tercera, la urgencia irreemplazable de ampliar y mejorar todos los sistemas públicos de salud, que están demostrando -allí donde los hay- su inmensa eficacia y ser el mejor instrumento para proteger la vida. Por último, a partir de ahora y contrariamente a lo pretendido por los grandes manigeros de la mundialización destructora de derechos, no quedara más remedio a Estados Unidos y Europa que prestar toda la atención posible a China, país que ya no es un mero productor subsidiario, sino una potencia en toda regla.

Creo que el Gobierno español y las autoridades sanitarias del país están haciendo las cosas bien. No creando alarmas ante una enfermedad que no tiene las características devastadoras de otras que asolaron el mundo en otro tiempos. Por el contrario, me parece que una parte de la prensa y de los periodistas deberían reflexionar y pensar que la información no es un circo, ni el sensacionalismo una característica loable de la profesión. Desde hace años, al calor de la aparición de las nuevas tecnologías y del amor por la inmediatez, el periodismo se ha degradado hasta convertirse en una caricatura de sí mismo. No creo que eso sea bueno ni para la profesión ni para las libertades ni para el bienestar de la Humanidad.

A vueltas con la pandemia y el sensacionalismo